martes, 1 de junio de 2010

LAS ARTES MENORES

Si Teolinda no le hubiera preguntado cómo andaba el trabajo, Julia, a lo mejor no encontraría la forma de desahogarse de lo acontecido la noche anterior. Ahora, a las ocho y treinta de la noche, tras un montón de exámenes, no sabía si narrar una historia que necesitaba para sí o dedicarse a finalizar una tarea, luego de veinte y cuatro horas sin descansar. Si tuviera alguien que me ayudara -pensó- y volvió a cruzar por su mente la telenovela de la tarde que en los días de asueto o cuando tenía la oportunidad de enfermarse podía verla, de lo contrario se alimentaba con las narraciones de su madre que ya no eran exactas, según Julia, puesto que ella siempre tomaba partido por lo menos afortunado del relato.


Jamás pensé que fueran tan tontos o tan irresponsables -se dijo una vez más- mientras colocaba un catorce sobre un examen de letra incomprensible y no atinó a saber a quién se refería, si al alumno o a ellos. En ese momento Teolinda le dirigió la palabra para recordarle la elaboración de los horarios de la universidad, las casillas correspondientes a los días hábiles, inhábiles, y el peso de la fatiga y la responsabilidad la encaminaron otra vez al suceso. Si no fueran tan tontos o tan irresponsables -se volvió a decir- y arrellanó todo el peso de su cuerpo y sus cincuenta y dos años en la silla. En ese instante toda la gente que transitaba por su delante era su enemiga, los unos llevaban brochas, los otros pinturas, vestimentas manchadas del trabajo y recordó la cara de don Fito, ojillos achinados, trigueño, sonriente, todo quedará bien señorita, basta que doña Blanca la haya enviado, le aseguró, y ella con mirada desconfiada le recordó el color, trató de regatearle algo más sobre el precio y le dio la dirección y la hora de la cita, a las once de la noche porque antes me es imposible, salgo después de las diez y hasta que llego a casa, pero don Fito siempre sonriente le aseguró que allí estaría que no se preocupe.

Cuando eran casi las once de la noche, Julia detuvo su carro frente a su villa esquinera y se sorprendió de la puntualidad de don Fito; éste le presentó a su ayudante, es mi oficial y lo llevo a todos mis trabajos, y el oficial extendió la mano y dijo ee, afasia comentó Julia con tono magisteril, pero el oficial no entendió lo que ella dijo y se limitó a sonreir, mientras ella supuso que había tratado de decir algo así como encantando.

Deseaba terminar la cena, apresuradamente, para instalarse frente al televisor a escuchar el último noticiero, aunque su mdre le iba informando las noticias que ella asimilaba de cucharada en cucharada, la importancia que aquella daba a los acontecimientos no estaba de acuerdo al punto de vista de Julia, en ocasiones un gran acontecimiento de su madre y que lo transmitía con voz estridente era respondido con un ¡oh! Por Julia.

Instalada frente al televisor para escuchar lo que quedaba del informativo le parecieron pequeñas cosas el millón de muertos en la guerra Irán-Irak, los bombardeos de Líbano, pero no fue así cuando escuchó en la sección deportiva que Andrés Gómez había ganado un encuentro importante y que encabeza la copa marlboro, automáticamente encendió un cigarrillo para sentirse de tono y escudriñó por el sitio estratégico que había elegido para controlar a los pintores y alcanzó a ver a uno de ellos que pasaba la brocha de arriba hacia abajo con cierto ritmo, era don Fito, y se sintió segura y pensó en la recomendación que le había hecho su amiga, aspiró el cigarrillo con tanta fuerza que se confundió con el revés conque Gómez derrotaba a su contrincante. Ahora tendría que esperar la finalización de la obra que ella había empezado y elegir, otra vez, entre seguir la corrección de los exámenes del colegio o ver el cine de medianohce que anunciaba la televisión con una película de terror; el terror no era su predilección, prefería las telenovelas, pero a esa hora imposible, además el terror nos hace sentir acompañados de nosotros mismos o por lo menos con la sensación de que alguien nos persigue y eso es bastante, había dicho con aire de complacencia en un instane de descanso en la clase de la universidad, esos instantes en que el profesor aprovecha para contar alguna cosa que no tiene nada que ver con el tema tratado pero que a todo el mundo le interesa por salir del tema.

Entre sobresaltos y bocanadas de humo, Julia controlaba a los pintores que se iban alejando de su vista a pesar del sitio estratégico que había elegido y sólo la suavidad y el ritmo de los brochazos de don Fito la percataban de la continuidad del trabajo. La persecución de Jackeline O’Hara por la secta diabólica se hacía más tensa, miles de gusanillos recorrían el cuerpo de Julia que a veces se incorporaba con intenciones de apagar el televisor, pero eso era la única posibilidad de mantenerse despierta para controlar a los pintores, además el terror era a veces atenuado por alguna cosa de la vida familiar que don Fito preguntaba a su ayudante y éste trataba de responderle apresurado aunque siempre se quedaba con la primera sílaba y don Fito le ayudaba a construir la respuesta sin inmutarse. Julia sonreía suavemente mientras en la pantalla Jackeline O’Hara buscaba un sitio para esconderse de sus perseguidores, la noche oscura se iluminaba a ratos, por las centellas que caían a granel y entonces se podía observar el pelo rubio, largo, de Jackeline que se introducía por sus labios, su vestiod empapado daba cuenta de su esbelta figura, cuando el camarógrafo la tomaba volteándose para ver a sus perseguidores, entre gemidos y continuas caídas, a la distancias una casa blanca de madera que parecía la única alternativa y Julia deseando que haya alguien allí para socorrerla.

La fatiga de la doble jornada, los brochazos de don Fito y las constantes ayudas que se encontraba Jackeline, surtieron un efecto sedante en Julia, que instalando toda su humanidad en el sofá se durmió profundamente, sus lentes que parecían haber nacido con ella se acomodaron a la posición de su rostro y en poco tiempo Julia, el sofá y los lentes roncaban al unísono.

De no ser por la gata, paquita, que maullaba erótica en el tejado, Julia no se hubiera despertado sobresaltada. En el televisor ya no estaba Jackeline O’Hara, sólo una serie de puntitos y el sonido desagradable de la imagen no presente. Restregándose la modorra de los ojos miró el reloj que marcaba las tres y veinticinco y ya no se preocupó por el desenlace que pudo tener Jackeline en la película, no se escuchaba el sonido de las brochas y pensando que habían terminado salió en bata de dormir. En la esquina de la villa don Fito cerraba los ojos y llevándose las manos a la cabeza le decía no así al oficial que ahora tenía mayor dificultad para formular palabras, éstas se le encerraban con egoísmo en la garganta, gesticulaba, movía la cabeza y levantaba el tarro de pintura tratando de explicarse ¡Dios mío!, dijo ella, cómo es posible, y reclamó airada a don Fito, le recordó las indicaciones precisas que le había dado, el color de la villa era blanco hueso y la pintura café debía utilizarse para decorarla con dos franjas en la parte inferior. Don Fito contestaba que sí, que era un hombre competente y que era la primera vez que lo hacía quedar mal, además como cada quien había empezado el trabajo por su lado sólo cuando se encontraron en la intersección advirtieron la falla. El oficial seguía gesticulando, tomando el tarro de pintura para mostrarlo a manera de explicación, a momentos llegó a construir palabras enteras y algo más, hasta pudo decir el error es humano, mientras miraba los protuberantes glúteos de Julia que se dibujaban a través de su camisa de dormir.

Serían las cuatro de la madrugada cuando llegaron al acuerdo de despintar la parte café de la villa que el oficial había efectuado equivocadamente; tendá que ser ahora mismo, aseveró Julia, explicando que en la noche siguiente terminarían la jornada y así ella ahorraría un día ya no que no tenía tiempo. El trabajo de despintar se hizo tedioso, el cansancio de los tres se hacía cada vez más presente; Julia, que se había incorporado al trabajo, susperaba en cada tramo que dejaba en blanco su espátula, don Fito que era más profesional, conservaba la tranquiliidad y trabajaba como si el despintar hubiera siod parte del contrato. Cuando pasaban los estudiantes y el sol se instalaba casi definitivamente el oficial limpiaba el último tramo de pintura, mientras miraba de soslayo los glúteos de Julia que ya no eran los mismos, ahora con un bluyín holgado y manchas de pintura.

La chica regordeta debió estar mucho tiempo frente al escritorio de Julia, pidiéndole le diera una nueva oportunidad para hacer el examnen y explicándole las razones de su baja nota. Los lentes de Julia que habían estado fijos en la chica dieron a ésta una cierta impresión de comprender su problema, pero Julia se limitó a decirle que lo iba a pensar y mientras se alejaba la chica miró sus formas redondas, exageradas, su pantalón azul que lucía relleno, y pensó en la noche que le esperaba: el control de los pintores, las últimas noticias de las once y treinta, pero ya no estaría Jackeline y Julia correría por la noche tempestuosa, a la distancia la casa blanca, última oportunidad de guarecerse de los pantalones machados y los tarros de pintura que llevaban en sus manos los perseguidores.

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