sábado, 8 de agosto de 2009

RECOSTADO EN LA VIDRIERA, ESPERÁNDOTE

“El lenguaje sólo es posible porque cada locutor se plantea como sujeto, remitiéndose a sí mismo como “yo” en su discurso. De esta manera, “yo” plantea una persona completamente exterior a “mí”, la que se transforma en mi eco, al cual le digo tú y quien me dice “tú”.

(Emile Benveniste: Problemas de Lingüística General I)
(Cátulo / Troilo)

Aunque parezca extraño desde hace algunos días no he sentido temor alguno al subir al entarimado, aunque tampoco me puede explicar esta aprensión después de tanto tiempo. Debe ser la seguridad que me ha dado desde su llegada el viejo Raimundo, instalado en su bandoneón, cuando apenas se encienden las luces, da la impresión que el espectáculo hubiera comenzado desde hace mucho; es como preparar un bife todas las noches, me dice, vos decidís el término en que hay que dejarlo y seleccionás los ingredientes, el resto se lo deja a gusto del cliente, anque para decir verdad uno es el que decide sobre su gusto y él acepta como si hubiera elegido. Raimundo es un hombre que ha recorrido mucho, se ha paseado por casi toda sudamérica, y viene a apolillar aquí, nos dice una vez que el tango-bar ha cerrado y estamos cenando. Se lo podría llamar un hombre raro: sólo come a las cuatro de la madrugada cuando se levanta el espectáculo, se despierta a las doce del día y se mantiene a base de café hasta la cena de la madrugada.

Muchas veces he pensado que si tuviera diez años menos yo también pudiera emprender un recorrido que me satisfaciera o que por lo menos justifique el esfuerzo que tengo que hacer todas las noches soportando una clientela que si inicialmente es amante de este tipo de música, a partir de cierta hora viene gente a lo que llaman “el aterrizaje”: han cerrado otras barras y peñas y entonces acuden a ésta, y con lo borrachos que están confunden “El día que me quieras” con cualquier bolero de rocola, pero hay que tratarlos como a clientes, dice el propietario, porque son ellos los que tienen la posibilidad de hacer el gasto en un establecimiento como éste. Y es allí donde Raimundo juega un papel importante; instalado de lleno en su bandoneón asimila de manera increíble las peticiones que a esa hora los clientes hacen y cuando se le llena la paciencia a Silvino Rojas, el chileno que deja caer la tapa del piano en señal terminante de que la cosa no anda y entonces el propietario desde su mesa gesticula sin que parezca estar comunicando nada específicamente, pide un whisky doble, pellizca un pedazo de morcilla, los saloneros acuden prestos como si se tratara de una medicina, el propietario sorbe un trago de whisky como si lo hiciera con una taza de café caliente y se restrega los dedos debajo de la mesa; en ese momento, mirando al público de manera distante pero con cierto aire de amistad, Raimundo se yergue sobre su bandoneón y de repente está tocando “La muchacha del circo”, de Magaldi, y los conocedores comienzan a hacer coro, mira fijamente al pianista chileno y éste sin la menor oposición lo sigue, a mí me dice en voz baja cantala petizo que ésto recién a tener sentido, entonces cuando empiezo a articular “colgaba su cuerpo en el aire” y miro a Raimundo, siento como si algo me suspendiera, como si existieran hilos invisibles que me levantaran por sobre ese público que trata de hacer coro, frenético, los unos porque conocen la canción y la hacen suya y proyectan algunas de sus pasiones en ella, y los otros, que sin conocerla, hacen el coro como si fuera un carnaval, en especial en las partes más tristes, porque a esas horas de la madrugada la gente busca el disfrute en la tristeza. A momentos los oigo gritar al unísono cuando digo “yo soy la muchacha del circo”, y de entre las luces negras del salón aparecen rostros de mujeres avejantadas por los trasnoches y arrugas cubiertas con exceso de maquillaje y no sé entonces si me encuentro en un verdadero circo o muy cerca de la eternidad, pero sonríen de manera dubitativa como si se identificaran con la canción y al mismo tiempo se distancian de ella para no asumirla definitivamente. Cuando llego a la parte final y busco la modulación adecuada para decir “una pobre muchacha del circo buscando un aplauso la muerte encontró”, no solamente siento mi descenso a ese mundo terrenal que tengo enfrente sino que entre el público logro captar una exhalación profunda que trasciende una sensación de solidaridad con el personaje que trata la canción, en ese momento Raimundo efectúa un cierre agudo y elegante con su bandoneón, me mira algo sonriente como diciéndome que hemos ganado una importante batalla y el pianista chileno está agradeciendo al público con una prolongada genuflexión que pareciera haberla iniciado con la misma canción.

Podríamos imaginar otra cosa, pero lo que se ha terminado es sólo la actuación de una noche, porque a la siguiente volveremos a estar frente al mismo público y habrá necesidad de una nueva decisión para salir adelante. Pero, y quién tomará esa decisión, volverá a existir ese acuerdo tácito creado por el viejo Raimundo para que a través de una simple seña o acción que él emprenda sea asumida como una orden por quienes integramos el conjunto. Me pregunto también si estos gajes del oficio son los que a la sazón convierten a un hombre en artista: pasar de ser el intérprete o ejecutante de una melodía para transformarse en alguien que pueda controlar a una muchedumbre llamada público y de la que necesita su aceptación para poder vivir y esa posibilidad de control y euforia nos predispone, al mismo tiempo, a imaginar un recuerdo en cada melodía, a hacer nuestra una vida que aparece en el libreto de una canción o asimilar esa letra a algo que estuvo cerca de nosotros o que nunca lo estuvo, pero que nos lo apoderamos en cada momento de la interpretación y entonces es sólo nuestra: tiempo, lugares, personajes, no existen sino por la familiaridad que les hemos otorgado y ese sentimiento que comunicamos al público es el que muchas veces prima sobre cualquier otra cosa, incluida la letra misma, porque entre el público y nosotros se ha establecido una verdadera comunión que logramos controlar, él sigue nuestros movimientos, ríe, llora o se entristece de acuerdo a cómo le transmitamos ese sentimiento.

No podría decir con certeza la importancia que tiene una vida paralela al tango, lo que sí podría estar seguro es respecto al asidero que ha significado para mí la canción, y cuando digo la canción me siento extraviado en un laberitno entre la música y la vida: una mezcla de mujeres, espacios y melodías que ha sido una gran parte de la realidad en que me he podido sustentar. En cada ocasión de mi vida, en cada paso que he dado, en cada dificultad que he enfrentado he logrado salir adelante con la música, un pedazo de tango, algo de un valse o de una milonga han compensado para mí aquello que en lo cotidiano no he podido alcanzar. Sin embargo, sobre esa realidad creada por la música, ha tenido que levantarse o, mejor dicho, no he podido impedir que se levante lo común, entonces he sido también el ser normal, cumplidor de todas las obligaciones a las que se encuentra sometido como cualquiera, pero siempre me he preguntado por qué yo, por qué no he podido realizar mi vida de manera normal como los otros, sin tener que estar anteponiéndole situaciones creadas sobre las que en sí logra apoyarse lo que se llama realidad. Acaso ocurre también esto a otro tipo de cantantes (pasillos, boleros, ritmo) o es que ellos viven la actuación sólo al momento de ejecutar la canción al gusto del cliente y una vez terminada vuelven a ser los de antes o tal vez más, pugnan por terminar la canción para librarse del compromiso adquirido. A lo mejor en este momento estoy fingiendo ser filósofo y ponderando al tango como lo único existente y colocando en un sitial a sus cantores. En general siempre he creído que los cantantes somos como las prostitutas que se alquilan por un momento a los deseos del cliente, pero con la diferencia que luego cada quien regresa a su casa con residuos distintos. Quizás, cuando en una noche de jarana, un músico como una prostituta cuentan la historia que los lleva a realizar esa acción, uno los toma con algo de seriedad y un poco de tragedia por el calor de los tragos y la emoción de lo que relatan, pero luego sabe que sólo se trata de una interpretación, de lo contrario no les quedaría tanto llanto que enjugar ni tanta historia que contar y serían simples presas de su oficio.

En mi caso, siempre que estoy frente al micrófono y cuando los nervios iniciales han sido superados, se me produce una especie de maraña entre la letra de canción y lo que pude o deseé ser, pero es esto lo que me convierte o lo que me hace sentir algo más que el simple ejecutante de una melodía; por ejemplo, siempre que canto “Misa de Once”, me recuerdo de una chica llamada Sarita y la proyecto en mi imaginación como si de veras hubiera existido y la veo de dieciocho años, como dice la letra, con un vestigo blanco largo, y al otro lado estoy yo, con esos veinte años que dice la canción, y a medida que va transcurriendo, que se va agotando el tiempo del tango, siento un alejamiento de ese entonces y no sé si realmente existió o hubo una cosa parecida en mi vida, pero eso no tiene importancia, cierro los ojos para darle mayor énfasis a la parte que dice “yo ya no soy el de entonces”, y en ese momento hago una comparación de esa etapa que canto con mi vida que llamo real y los gestos que produzco son reales, están dentro de mí, forman parte de las relacione que mantuvimos con Sarita en ese tiempo y en ese espacio y cuando bajo los ojos me encuentro aquí, ahora, frente a un micrófono, delante de un público y con cincuenta y ocho años, pero eso no logra molestarme, por el contrario, me mantiene en dos épocas distintas, cosa que creo no le ocurre a muchos, por eso la noche en el café que anteriormente trabajaba, me presentaron a Olivares Mendoza, un veterinario argentino que conocía mucho de tango, yo trataba de hacerlo vivir cada fragmento de canción y quise llegar a Buenos Aires, que me la describiera de manera palpable, tan real como me la había imaginado o tal vez construido a través de las canciones, entonces recuerdo que entrada la madrugada y con algunos tragos en la cabeza, y cuando cantaba el tango “Sur” y él tarareaba o me hacía la segunda, esas segundas que se hacen para sentirse dentro de la cosa y que se interrumpen de pronto a causa de un agudo, le pregunté “Pompeya y más allá”, qué queda más allá de Pompeya, y me contestó con un gesto de resignación, más allá de Pompeya qué puede quedar, “la inundación”, che y regresé de ese largo viaje imaginario que había hecho para instalarme en la mesa de un bar que estaba cerrado y que sólo se mantenía por alguien que cantaba con insinuación, un guitarrista que bosteza y un argentino que se sentía agotado de secundarme y hacer de guía de una ciudad en la que yo había estado instalado durante toda mi presencia en el bar.

Pero no debo quejarme, ya que si la rutina del trabajo envejece a la gente, conmigo sucede lo contrario, a cada paso se lo ve más joven me dice el panadero del barrio cuando en la madrugada o en esos días que me quedo por alguna razón entrada la mañana de paso llevo el pan a la casa. Mi reducto familiar es diferente, mi mujer, la mujer que me acompaña desde hace veinte años en que me tuve que divorciar de la otra, cosa que no quiero recordar, jamás emite un gesto de disgusto aún cuando mi falta haya sido muy notoria, las dos chicas y el chico que ya son adolescentes, asumen a su padre como a un artista y no les molesta si llego tarde o al día siguiente, lo toman como parte de mi profesión, a Karina, la mayor, le apena verme agotado y algo enfermo y trata de mimarme a pesar de sus diecisiete años. En esas ocasiones de fuga que uno tiene, cuado se marcha intempestivametne de gira con sus compañeros artistas por los pueblos, simulando tener un contrato, cosa que ha durado hasta dos semanas, he pensado que lo que deseaba era desligarme de mi familia por lo menos cierto tiempo, pero cuando he estado lejos de ella me doy cuenta que no es ese el problema, que sigo llevando esa dualidad entre quien comparte de manera normal una familia y realiza una vida o, digamos mejor, agrupa una serie de elmentos vivenciales a través de una canción y no sabría cuál sería el resultado si una de las dos cosas dejara de estar con él. Por eso, desde aquella tarde en que las molestias al orinar se me agudizaron y sin embargo yo trataba de restarle importancia, se me insinuóo que fuera al médico y entonces éste me habló de la operación de la próstata y me dijo que sea pronto, mi vida ha dado un vuelco completo, no sólo por el temor a la muerte, ya que considero es algo que puedo asumirlo, sino por el temor a tener que dejar una de las dos cosas que comparto y que para mí conforman una sola: cómo podría imaginarme los recuerdos sin poderlos cantar, sin poder decir aquello que quiero que suceda o que deseo que haya sucedido y que yo lo puedo ordenar en el transcurso de una melodía, por eso he insistido en trabajar hasta el último y en estos tres días que me quedan voy a tratar de recuperar todo lo que a lo mejor pueda perder en esa operación, ahora está casi lleno el salón, pronto se encenderán las luces negras, el viejo Raimundo aparecerá como de costumbre instalado en su bandoneón y el chileno con su traje impacable en su bandoneón y el chileno con su traje impacable comenzará a hacer los primeros acordes, hasta eso yo me habré apurado este whisky que me dan como medicina antes de comenzar la función y empezaré cantando “Sur”, y volveré a sentir esas vivencias de otro espacio que es uno de mis privilegios y cada frase tendrá la interpretación que yo quiera darle, porque a lo mejor como dice el tango “recostado en la vidriera esperándote” sea yo mismo dentro del quirófano entre sábanas blancas, olor a cloroformo, hombres y mujeres que desfilan enmascarados, mientras las luces del salón se oscurecen.

Lee el cuento "Recostado en la vidriera, esperándote" y contesta las siguientes preguntas:

1.- ¿Cuáles son los ejes temáticos sobre los que se sustenta la historia? Explique y justifique con citas textuales.
2.- ¿Qué tipo de narrador tiene el cuento "Recostado en la vidriera esperándote"? Escríbalo y señale el punto de vista del narrador respecto de la historia.
3.- Los cuentos tienen inicio, nudo y desenlace. Indique el nudo o nudos centrales del relato.
4.- Analice el epígrafe introductorio al cuento. ¿Qué relación existe entre el epígrafe y el cuento?
5.- Cuáles son los puntos de vista del narrador respecto al tema de la música.
6.- Escribe 5 figuras literarias con sus correspondientes citas textuales.