domingo, 25 de septiembre de 2011

CRÓNICA

LA ANCIANA DE LA PLACE D’ITALIE



Cuando el reloj marcaba las 10 de la noche yo entraba saludando a madame Le Prevost, le preguntaba cómo había ido el negocio durante el día y la anciana aprovechaba para contarme todo lo que no había podido decir a nadie durante casi dieciocho horas. Su cabello blanco parecía hacer un marco con su tez –blanca pálida-, muchas veces imaginé había sido así siempre, que los setenta años que me decía tener habían nacido con ella, eran de su propiedad así como el hotel, aparentemente desvencijado, pero esa puerta de vidrio a la entrada con ciertos tonos juveniles le quitaba ese sabor a otro tiempo. Así como los dientes de la anciana, blancos, casi perfectos, a no ser por la pequeña incrustación de oro en el incisivo derecho, completaban la apariencia verosímil de la mujer y su espacio, a lo que se añadía su sonrisa afable y sobre todo sus deseos de conversar. Recuerdo la noche que me contó que una pareja de hombres –uno maduro otro adolescente- alquilaron una habitación y luego de algunas horas salió el hombre mayor apresuradamente y más tarde el joven apareció en la recepción preguntando por el otro y llorando le contó al acuerdo que habían llegado: estar juntos por una paga, pero que ahora que el señor había salido fugando él  ni siquiera tenía para el boleto de metro. La anciana le había dado para el transporte y algo para cualquier necesidad no sin antes aconsejarlo que no debía desperdiciar su vida no tomar malos caminos. Pero eso no era todo, a la mañana siguiente, cuando se sorprendió que el  señor mayor estaba en el comedor tomando desayuno tranquilamente, ella lo cuestionó, le reclamó por no haberle pagado a ese pobre joven luego de aprovecharse de su afecto, le inquirió si no sentía cargo de conciencia y el  hombre bastante triste o avergonzado agachó la cabeza y dejó el desayuno, me dijo con cierto tono de autoridad legal.

Todo esto transcurría en mi turno de las 10 de la noche a las 2 de la madrugada, donde debía encargarme de la recepción mientras la anciana dormía, o tal vez simplemente descansaba. Pero su actitud me era beneficiosa en cuanto a que mientras me narraba algún hecho se dedicaba a atender el hotel y, más aún, me impedía de manera expresa si yo intentaba compartir el trabajo mientras transcurría su relato, entonces me dedicaba a estudiar mientras atendía su conversación. Incluso a veces de manera algo impositiva me decía, siga estudiando señor Carlos para eso ha venido hasta aquí; así asumía mi papel principal: el de interlocutor.

Cuando reloj marcaba las 2 de la mañana la anciana se había ido a reposar  completamente agotada, yo apagaba las luces y cerraba el hotel, ya nadie podía entrar ni salir. A media cuadra volteaba para verlo y tenía la impresión que se trataba de una caja de seguridad de la cual la única que tenía las llaves y sus combinaciones era madame Le Prevost. El trayecto hasta mi casa, desde la Place d’Italie hasta la Porte d’Orleans, al sur de París, para luego seguir hasta el suburbio de Montrouge, demoraba hora y media, pero no lo sentía, ni siquiera en invierno, porque iba acompañado o caminaba sobre las palabras que me contaba la anciana.

Creo que recuerdo con bastante exactitud el tiempo que trabajé o, mejor, que le hice compañía a la anciana.

Todo quedaba atrás cuando llegaba al hotel en la noche. Las discusiones en la rue des Ecoles,  las conversaciones acaloradas en el café Oceanic de la  Guy  Lussac, sobre el marco teórico que debía adoptarse para determinado estudio, en la Sorbona, París IV. Las charlas de los miércoles en el Instituto de Semiótica  de  la rue Monsiuer le Prince, donde se ubicaba al fondo el profesor A.J. Greimas,  sobre múltiples cortinas de humo provocadas por él mismo, sobre la utilidad de aplicar el modelo actancial o el modelo actorial en determinados discursos, si las isosemias eran operativas o debía entrarse directamente en las isotopías. Y, como dije, hacia el fondo se divisaba la figura del profesor –amable y brillante- quien entre tosida y tosida hacía su intervención. Yo me sentaba siempre a su derecha en aquella mesa larga y ovalada  no para hacerme presente ante él sino para escuchar mejor y no ahogarme con el humo del cigarrillo y por el contrario ser uno de los fumadores placenteros. Pero no se trata de la semiótica de Greimas ni de la epistemología de la Sorbona, a lo mejor lo haremos en otro momento y en otra parte. Volviendo al Hotel de la Place d’Italie, en el que a la distancia se le divisaba su única estrella, razón por la que funcionaba sólo hasta las 2 de la mañana,  cada noche, diría mejor, cada turno se convertía  para  mí en una  aventura,  en el descubrimiento de  universos que me narraba la anciana. La  noche que me habló de François me trasladó a un espacio desconocido para mí.  François era un joven negro de Costa de Marfil que ella adoptó y crió como a su hijo, ya que nunca los tuvo ni se comprometió con alguien, según me contó. Ella crió a este niño, parece que lo quería mucho porque contaba esa historia con tanta sensación pasional, el muchacho ahora hombre había decidido asirse a la religión y optado por el sacerdocio, eso le otorgaba una suerte de santidad e inteligencia especial. Ahora estaba ejerciendo su vocación al sur de  Francia,  la verdad no recuerdo la ciudad, y cuando tenía tiempo disponible la venía  a visitar, quisiera que usted lo conozca, me dijo, lo que implicaba la simpatía que guardaba para mí. Desde entonces –desde que tuvo a François- había cambiado su forma de pensar, ya no tenía prejuicio con los negros ni guardaba algo de racismo, por eso permitía a los negros alojarse en el hotel, pero sólo a uno, me decía para lo tuviera en cuenta, porque si no pueden creer que es la casa de los negros. La verdad nunca conocí a François, aunque madame Le Prevost siempre me decía que iba a llegar.

La rutina del hotel iba adquiriendo una especie de estatuto, los lunes salía una pareja formada por un hombre  maduro y una mujer joven que se despedían de ella amablemente, una vez pregunté por su parentesco a la anciana y me respondió con mucha soltura es un gerente con su secretaria y asintió con la cabeza. En algunas ocasiones, ya pasada la media noche cuando se suponía yo debía atender la recepción la viejecita –esta palabra le hubiera molestado- sacaba un viejo tocadiscos y comenzaba a poner música de su región. Allí conocí la cabreta, un instrumento de viento parecido de la gaita y emparentado a ella ya que pertenece a la misma cultura celta. La anciana se emocionaba con su desarrollo rítmico y comenzaba a bailar mientras repetía la letra de las canciones en lengua bretona. Esa noche me habló de sus costumbres, me mostró fotos para que conociera la vestimenta: personas blancas, altas y rubias con atuendos que marcaban el horizonte cultural celta.  Me dijo que durante la ocupación nazi al único sitio que no llegaron fue a la bretaña. Supe por boca de ella algunas cosas que no se encuentran  con facilidad en la historia como es la colaboración francesa durante  la ocupación nazi, la persecución despiadada a los miembros de la resistencia y la obligación que les imponían los nazis para que los delataran. Cuando se suponía que algún miembro de la resistencia se había escondido en una casa registraban toda la cuadra, y si era posible más, a la hora que fuese, si era de madrugada no les importaba pasar por encima de niños durmiendo, pero muchos colaboraban por interés, sostenía, cuando los aliados entraron por el sur de París, la Porte d’Orleans, fueron recibidos a bala por la SS integrada por franceses, pero eso no duró  mucho tiempo, me decía tratando se olvidar el asunto y se volvía a  integrar al canto y al baile con su música de cabreta.

Cuando me dijo una noche que estaba en tratativas para vender el hotel porque se iba a jubilar no me causó gran molestia a pesar que en ese momento era mi único ingreso, había tenido tantas vivencias que me saturaban los problemas que más tarde podía tener, sin embargo la anciana se preocupó de relacionarme con otros trabajos. La última madrugada que cerré el hotel, ya me había despedido con mucha tristeza de la anciana, desde la esquina volteé – como se acostumbra en las películas- para ver una vez más aquella especie de caja fuerte con una solitaria estrella resguardada por una anciana de setenta años.

Pasó  mucho tiempo, todos los años que viví en París, y jamás regresé al hotel de la solitaria estrella, tal vez para no actualizar un recuerdo, quizás por la vida apresurada como profesional, pero ahora que me encuentro a tantas horas de distancia  -midiendo la distancia en horas- quisiera saber la impresión que me causaría regresar a esa esquina de la Plaza de Italia, volver a mirar el letrero del hotel a lo mejor desvencijado, o que incluso ya no exista, entrar por la puerta de vidrio amplia, con dibujos que recuerdan la bretaña,  encontrarme una vez más con madame Le Prevost, escuchar su francés con fuerte acento bretón, mientras busca sus antiguos discos para comenzar una melodía al ritmo de la cabreta, su pelo blanco que parece una proyección de su tez casi cristalina, su amplia sonrisa con dientes en apariencia perfectos, danzando por los aires al son del instrumento de viento.

Carlos Rojas G.