La calle de los sueños no tiene árboles, ni una mujer
crucificada en una flor, ni un barco pasando las pági
nas del mar”.
(Vicente Huidobro)
Cada vez que pasa esta mujer vestida de blanco con su bonete almidonado cuidadosamente -llamado cofia- me recuerda a no sé quién, siento que hay algo de familiaridad entre ella y yo. A lo mejor su caminar lento y seguro me relaciona o trae a la memoria alguna tía, parienta, alguien que seguramente conocí y se ha quedado vagando en el recuerdo sin presentarse de manera clara y como si temiera desaparecer. Ayer, a la hora de las medicinas, en la tarde, me sonrió y tuve la impresión de haberme ganado algo así como un premio a pesar del tiempo en que nos conocemos en que llevamos compartiendo este espacio. Tal vez lo que más admiro en ella es su seguridad, la decisión de sus acciones que se puede advertir desde el momento en que se la ve caminar. La otra noche que el hombre de la cama 32 se puso muy mal y nadie, incluyendo a los internos, era capaz de atinar qué hacer a esas horas de la madrugada, fue ella quien al primer aviso decidió llamar al residente de turno y sugerirle que le hiciera una traqueotomía porque se estaba asfixiando y claro, el hombre todavía se encuentra en estado de coma, pero lo importante no era eso sino salvarle la vida y para ello hay necesidad de decidir, de tener seguridad, eso que aquí solamente tiene ella. A veces me pregunto, entre tantas cosas, si es a ella que le debo, aunque sea en parte, no la resignación sino la entereza que me permite estar aquí, entrar, salir, volver a entrar sin saber ya dónde se encuentra mi sitio. Si efectuara un balance creo que me debo aquí, además las cosas que he aprendido en este lugar han aumentado mis conocimiento y fortalecido mi experiencia, claro está que por la relación que existe con mi profesión. Las cosas que cotidianamente uno ve cuando se encuentra afuera tienen una óptica diferente cuando nos encontramos aquí adentro, se las analiza, se familiariza con ellas, también es cierto que es cuestión de la capacidad de cada quién, pues hay mucha gente que entra, sale o se muere sin saber lo que ha tenido o tal vez asimilándolo como algo natural de la vida. Ahora que pienso en eso miro el ejemplo del negro Ranulfo de la cama quince, que está frente a mí, su paciencia para aceptar la enfermedad, la tranquilidad con la que espera que cada dos o tres semanas venga su familia a visitarlo y le informen cómo están las cosas por allá, entonces él pregunta, da órdenes, y el griterío que arman se transforma en lo que la gente llama una merienda de negros, pero luego de eso, cuando se queda sólo, parece que la presencia de sus familiares lo acompaña de manera invisible, se pasa mucho tiempo pensando con sus ojos amarillentos clavados en el tumbado y sus enormes pies que casi lo cubren en mi perspectiva, y que con gran esfuerzo logra colocar uno sobre el otro. Más tarde se levanta, come normalmente, camina, y esto sí que le gusta, parece que los médicos le hubieran dicho que caminando va a curarse, a veces se queja por las noches, balbuce palabras que no alcanzo a entender claramente, es el mal de elefancia, dice, y lo mismo repiten casi todos lo de la sala, incluyendo algunas enfermeras y barchilones; para su familia esto es una situación normal, quiero decir que la enfermedad forma parte de la vida de toda familia y a lo mejor sea su única realidad. Los médicos la llaman elefantiasis, ese es su nombre científico y por el que yo me siento más inclinado, debe ser, me digo, a causa de mi oficio.
Hoy es miércoles, el sábado vendrá Emilia, con seguridad y me traerá una de esas sopas, ella tiene la creencia de que las sopas son el único alimento recomendable para todo tipo de enfermedad, esa creencia que se la aprende allá fuera, en cierto nivel, y a veces uno mismo alimenta esa forma de pensar. Por ejemplo, recuerdo cuando llegaba de trabajar, especialmente esos días en que se ha tenido que hablar mucho, tal vez sin pensar en la necesidad de ser efectista en el trabajo, sino por ese afán y deseo de sentirse bien cuando se está diciendo algo a un grueso público y se ve la atención con la que escuchan y la necesidad que tiene de escuchar, de recibir esas palabras y la satisfacción que se siente cuando es uno el que las dice, y entonces una vecina me preguntaba si podía darle un plato de sopa a su hijo que había tenido fiebre alta durante todo el día y yo le daba mi aceptación, y más aún se la daba a manera de recomendación, ya que al decirle sí déle un plato de sopa que le va a hacer bien estaba, además de haciéndole una recomendación, aprobándole en parte su capacidad materna para las dietas.
Volviendo a Emilia, ella nunca ha sido una gran cosa ni una santa, pero sí la mujer que me ha soportado y la que más solidaridad me ha demostrado. Lo del serrano Alberto es cosa que la sabe todo el mundo pero ella jamás ha intentado negarlo ni referirse al tema, por mi parte, nunca le he preguntado ni he hecho alusión alguna sobre su presencia, parece que hubiera un acuerdo tácito entre nosotros para no referirnos a la otra persona a la que sin embargo no le negamos la existencia. Ella cuando se refiere a él lo hace de manera muy impersonal, voy a ver a Alberto o tal vez pase el serrano, dice, y yo jamás he intentado reclamarle no porque no estemos casados sino por la costumbre que tenemos desde hace muchos años -antes de encontrarme aquí- de ser una pareja que convive con la presencia de alguien más y no se inquieta por ello. Ahora, para mí la negra Emilia, además de una compañera, es alguien que me conecta con lo que está afuera, más allá de las camas y paredes blancas de esta sala y de los pasos seguros de esta mujer recién almidonada que nos viene a informar que son las cinco y media de la tarde y es la hora de rezo.
Señoras y Señores, decía yo con acento solemne en tono preciso, mientras comenzaba a dibujar un círculo con tiza blanca en un espacio bien elegido del parque y la gente al escuchar mi tono se iba congregando como quien se ha dado cita a un mitin político; entonces, luego de una bien delimitada pausa, comenzaba diciéndoles que era el enviado de una conocida casa de comercio internacional con sede en la ciudad de Bogotá-Colombia -esto último lo decía por si acaso alguno de los presentes no conociera a qué país pertenecía esa ciudad- para llevar a efecto la propaganda de un nuevo producto cuya salida al mercado dependerá de la efectividad que logre entre ustedes. Hasta eso, el círculo ya estaba terminado y la gente disciplinadamente se había colocado en el lado prudencial para no interrumpir ni arremolinarse sobre mí y yo elegía entonces, de entre la concurrencia, a un chico de diez a doce años a quien nombraba ceremoniosamente mi secretario y cuya aceptación, a más de colocarlo como actor del espectáculo, estaba acordada por unos sucres que le daría al término de la exhibición.
Pero no todos los allí congregados eran parroquianos ingenuos, gente que tenía obligadamente que tomar esa ruta porque era la llegada y partida de la ciudad de las cooperativas de buses intercantonales, algunos eran curiosos que de paso al mercado central, que todavía está a cuatro cuadras, se detenían un momento en el parque Victoria, y al poco tiempo que éstos podían dispensarme había que saberlo aprovechar y así uno tenía que hacer cerebro para presentar cada vez una cosa nueva o la misma cosa con otras cualidades, aún a sabiendas que una parte de la gente allí presente me conocía desde hace algunos años en mi profesión de propagandista de productos poco comunes y cuyo espectro o radio de acción - estas palabras también eran de necesaria pronunciación para atraer al público- era bastante amplio. Algunos de mis colegas optaban por presentar barajas y ensayar algo de quiromancia, otros se hacían ventrílocuos con el objeto de vender simples tijeras, a mi compadre Pedro Almache le daba buen resultado colocar en una urna a mi comadre Julia, su mujer, que medía menos de metro y medio y con el cuerpecito que se gastaba y la carita de mujer debilucha decía que se encontraba en estado de concentración y de allí su reducción física, que era capaz de adivinar el porvenir, descubrir robos, maridos traidores y toda clase de desventuras. Lo malo era que tenía que ventilarse en público el problema que cada uno de los clientes presentaba, porque, aunque se lo contaran en voz baja o al oído de mi compadre, éste se dirigía en fuerte tono a la señora que estaba en la urna, ya que era la única forma que tenía acordada a manera de clave, el nivel del tono y la rapidez con que pronunciaba lo que se suponía era la pregunta del cliente, a su vez mi comadre Julia hablaba a través de un micrófono instalado en el pequeño baúl y el alto volumen de ambas voces, especialmente la de mi comadre, se escuchaba hasta dentro de la iglesia que se encuentra al frente, de manera que cuando mi comadre hacía alusión a algún marido traidor denunciando sus amoríos con una vecina o el robo de unos aretes por el sobrino desocupado de la señora que había hecho la consulta, interfería la voz del sacerdote que en esos momentos cantaba misa, decían algunos feligreses que el barullo a veces era tal, que el alto parlante con la voz de mi comadre invadía la iglesia y las frases que articulaba el sacerdote quedaban sin sonido y parecía ser él quien estaba descubriendo, adivinado y aconsejando, otros decían que a momentos los cristianos disfrutaban de una especie de espectáculo, ya que el padre parecía un fonomímico del discurso de mi comadre. Esto trajo muchos problemas a mi compadre Paco que, debido a las reiteradas quejas del párroco, tuvo que bajar el volumen de altoparlante y comenzar a dar consultas individuales, cosa que ya no era lo mismo, porque a causa del tiempo que se tomaban resultaban más costosas y porque al levantar la cortina del cajón que pasaba por urna, donde se encontraba mi comadre, las personas no eran tan ingenuas descubrían la verdadera dimensión y las limitadas condiciones de quien se hacía pasar por pitonisa -una mujer inteligente pero que sólo llegó hasta tercer grado- y aquello les restó algo de públco, pero se mantenían.
Pero no todos los allí congregados eran parroquianos ingenuos, gente que tenía obligadamente que tomar esa ruta porque era la llegada y partida de la ciudad de las cooperativas de buses intercantonales, algunos eran curiosos que de paso al mercado central, que todavía está a cuatro cuadras, se detenían un momento en el parque Victoria, y al poco tiempo que éstos podían dispensarme había que saberlo aprovechar y así uno tenía que hacer cerebro para presentar cada vez una cosa nueva o la misma cosa con otras cualidades, aún a sabiendas que una parte de la gente allí presente me conocía desde hace algunos años en mi profesión de propagandista de productos poco comunes y cuyo espectro o radio de acción - estas palabras también eran de necesaria pronunciación para atraer al público- era bastante amplio. Algunos de mis colegas optaban por presentar barajas y ensayar algo de quiromancia, otros se hacían ventrílocuos con el objeto de vender simples tijeras, a mi compadre Pedro Almache le daba buen resultado colocar en una urna a mi comadre Julia, su mujer, que medía menos de metro y medio y con el cuerpecito que se gastaba y la carita de mujer debilucha decía que se encontraba en estado de concentración y de allí su reducción física, que era capaz de adivinar el porvenir, descubrir robos, maridos traidores y toda clase de desventuras. Lo malo era que tenía que ventilarse en público el problema que cada uno de los clientes presentaba, porque, aunque se lo contaran en voz baja o al oído de mi compadre, éste se dirigía en fuerte tono a la señora que estaba en la urna, ya que era la única forma que tenía acordada a manera de clave, el nivel del tono y la rapidez con que pronunciaba lo que se suponía era la pregunta del cliente, a su vez mi comadre Julia hablaba a través de un micrófono instalado en el pequeño baúl y el alto volumen de ambas voces, especialmente la de mi comadre, se escuchaba hasta dentro de la iglesia que se encuentra al frente, de manera que cuando mi comadre hacía alusión a algún marido traidor denunciando sus amoríos con una vecina o el robo de unos aretes por el sobrino desocupado de la señora que había hecho la consulta, interfería la voz del sacerdote que en esos momentos cantaba misa, decían algunos feligreses que el barullo a veces era tal, que el alto parlante con la voz de mi comadre invadía la iglesia y las frases que articulaba el sacerdote quedaban sin sonido y parecía ser él quien estaba descubriendo, adivinado y aconsejando, otros decían que a momentos los cristianos disfrutaban de una especie de espectáculo, ya que el padre parecía un fonomímico del discurso de mi comadre. Esto trajo muchos problemas a mi compadre Paco que, debido a las reiteradas quejas del párroco, tuvo que bajar el volumen de altoparlante y comenzar a dar consultas individuales, cosa que ya no era lo mismo, porque a causa del tiempo que se tomaban resultaban más costosas y porque al levantar la cortina del cajón que pasaba por urna, donde se encontraba mi comadre, las personas no eran tan ingenuas descubrían la verdadera dimensión y las limitadas condiciones de quien se hacía pasar por pitonisa -una mujer inteligente pero que sólo llegó hasta tercer grado- y aquello les restó algo de públco, pero se mantenían.
En mi caso, creo que debe haber sido mi personalidad y la certeza de mi lenguaje que los mantenía siempre a mi alrededor, y sobre todo alerta, luego de dibujar el círculo y designar a mi secretario lo único que acostumbraba antes de anunciarles mi producto era presentarles a Enriqueta mi culebra, una pequeña matacaballo que me acompañaba en toda mi vida profesional, cuando moría me encargaba de reponerla por otra igual, traída de la Bocana, mi pueblo, lo que daba al público una sensación de eternidad a los seres que yo manipulaba, a las cosas que me rodeaban. A Enriqueta yo le daba los calificativos más elocuentes en cuanto a su fiereza y a la acción inmediata de su veneno, se podría decir que entre ella y yo existía también un convenio, ella sentía la presencia del público desde su cajoncito donde yo la mantenía encerrada y apenas la llamaba y hablada de sus condiciones comenzaba a emitir sonidos que alarmaban a sus curiosos, pero que al mismo tiempo producía en ellos una exacerbación de su curiosidad, un interés supremo por saber lo que ese animal era capaz de hacer y cómo era posible que me permitieran exhibirla en una plaza pública. Cuando abría el pequeño hueco del cajón y Enriqueta sacaba la cabeza imitando los movimientos de las bailarinas árabes que aparecían en las películas del teatro Victoria algunas de las amas de casa se persignaban como si estuviera viendo al demonio, proferían expresiones como Jesús, María y José, pero la curiosidad les impedía retirarse y se instalaban de la mejor manera para ver el desarrollo del espectáculo.
Las once campanadas de la iglesia me anunciaban que era tiempo de apurarse, por cuanto el público podía sentirse incómodo, especialmente las amas de casa que habían salido de compras al mercado y estaban allí desde hacía casi media hora. Había llegado el momento de entrar en el asunto, generalmente comenzaba contándoles los síntomas de las enfermedades que creía poder afectar a esa clase de público y ellos fijaban su atención como si no sólo estuvieran escuchando sino que desearan padecer esas dolencias. Claro está que mi producto no era un curalotodo, sino una pomada que tenía un espectro limitado - esta palabra que utilizo frente al público la encontré en las indicaciones de un producto farmacéutico - tal vez era esa una de las buenas razones de la acogida que me daba el público, ya que no me consideraban un charlatán que les quería vender algo para todos los males. Las explicaciones debían ser claras y precisas aunque las palabras debían deslizarse con tal rapidez que los asistentes no logren reponerse del golpe informativo que se les daba ni tengan tiempo de razonar; una técnica parecida utilicé con la serrana Herminia, que trabajaba de cocinera en la casa ploma esquinera de 10 de Agosto y Pío Montúfar, cuando esa noche, luego de unas cervezas que tomamos con mi compadre Paco, escuchando los boleros de Olimpo Cárdenas tarareando los pasillos de los hermanos Montecel, al pasar a media noche por la esquina la vi asomada como esperando a alguien y le hice señas para que bajara, en principio no me entendió o fingió no entenderme, pero luego, sin que nos percatemos o sin que me percate, comenzó la comunicación; yo le hacía señas para que bajara como si estuviera algo importante que decirle y ella me contestaba, también mediante señas, que cuál era la cosa importante que quería decirle, de repente nos encontramos hablando por señas como si nos hubiéramos conocido desde hace mucho tiempo y el asunto que tratábamos era urgente. Cuando bajó la zaguán comencé a acariciarla y ella también como si hubiera estado esperándome, no hubo una sola palabra, me devolvía beso con beso, caricia con caricia, bajé las manos y toqué sus glúteos que parecían de caucho y sentí una profunda exhalación suya a mis oídos como si algo hubiera estado guardado por mucho tiempo y de pronto se lo recuperaba, alguien lo recuperaba, eso vino acompañado por más caricias suyas y mis manos comenzaron a recorrer todo su cuerpo, le saltaban los senos como caballitos de verano y en su éxtasis me susurraba deje don Huayas y aquello me provocaba mayor excitación y la acosaba, era un defensor tratando de cubrir a su atacante, ahora yo también aspiraba y exhalaba fuerte y el olor de la cerveza con el de sus manos, a grasa con detergente, a mantel recién lavado, producían una extraña mezcla; de pronto introduje la mano en la entrepierna y sentí una protuberancia, algo así como un gran atado de cangrejos, traté de penetrar más pero ella dijo no y subió rápidamente la escalera y me miró en el primer descanso con aire de ternura, me di cuenta que ella me conocía por mi nombre profesional -el indio Guayas- y, lo más importante tal vez, que tenía alguien a quien acudir luego de una noche de pasillos y cervezas.
Puedo decir que desde entonces mi vida oscilaba entre los encuentros nocturnos y ese diario enfrentamiento con el público, lo que para mí era no sólo una prueba en la que podía resultar perdedor sino algo de lo cual una vez finalizado el espectáculo me proporcionaba una satisfacción especial, tal vez esa sensación que deben experimentar los boxeadores luego de un combate en el que han resultado vencedores, lo que me impulsaba a un nuevo enfrentamiento con ese mismo público la mañana siguiente. En las noches de bohemia, que por lo menos eran cuatro por semana, cuando con mis colegas en el salón del gordo Gilberto tomábamos cerveza escuchando a los Hermanos Montecel, que nos gustaban por su voz ronca como de mala noche, que se fueron apagando con la aparición de Julio Jaramillo, los boleros de Los Panchos, Daniel, Bienvenido Granda, y sobre todo esa voz cadenciosa, aguda de Celio González, nuestro tema principal era relatar la habilidad que cada quien tenía para convencer al público, a sabiendas que los productos que vendíamos se los podía adquirir a precios irrisorios en cualquier tienda de abastos o botica y que esas mezclas a la que dábamos nombres específicos y generosas funciones sólo eran creídas por los muy incautos e ignorantes, ya que los demás disfrutaban de ese espectáculo que les ofrecíamos, donde lo importante éramos nosotros, actores de las dolencias y beneficios del producto y autores del texto que permitía venderlos. Claro que con los tragos se nos mezclaban el papel de actor de plaza pública con el de protagonista de las historias tristes que narraban las canciones, todo ese heroísmo demostrado o pretendido se derrumbaba en las notas de una rocola, pero para nosotros era normal, una parte de nuestra vida.
Cuando se cerraban los salones de bebidas de la plaza, bastante ebrio pero sin perder la compostura, ensayaba el silbido acordado y la serrana Herminia bajaba hasta el portal como si hubiera estado esperándome; entonces se abría esa gran puerta de metal con que el licor la veía como una muralla y retomábamos la pasión exactamente donde la habíamos dejado la última vez y sin decirnos palabra.
Un poco apresurado por el tiempo continuaba con la explicación de mi producto -la pomada San Guillermo-, considerando que para explicar cada una de sus propiedades curativas era necesario un poco de actuación, así para las almorranas les decía que se la untaran por las noches, tibiándola un poco, y con el dedo meñique porque con cualquier otro se les podía hacer costumbre; esa forma de presentarles el producto, salpicada de una cierta dosis de humor, los atraía, se establecía entre nosotros una cierta familiaridad. De entre ese público asistente conocí a la negra Emilia, una asidua del parque que se deleitaba escuchando a los propagandistas que allí operaban sin otra intención que la de distraerse al escuchar la habilidad conque éstos presentaban los beneficios del producto que querían vender. Me recuerdo bien esa mañana en que estaba algo problematizado por el escaso público que tenía, por lo que tuve que sacar a Enriqueta y hacerme picar el brazo para demostrar las propiedades curativas de mi pomada, sudaba a chorros bajo un terrible sol de invierno cuando al levantar los ojos la vi frente a mí, me pareció bastante alta, a lo mejor por el sopor, esbelta y con una mirada de comprensión que casi llegó a molestarme, sin embargo continué con mi trabajo y una vez finalizado el acto, cuando me encontraba retirando el material para arreglarlo, la ubiqué a mis espaldas, a más de un metro de tiza demarcatoria, como intentando establecer un diálogo conmigo, la verdad yo jamás me imaginé que eso pudiera darse por cuanto ella y yo nos conocíamos lo suficiente, ambos circulábamos por la misma zona, y ese factor del desconocimiento que incita a hacer amigos, a juntar a las personas, que conlleva la sorpresa, no jugaba con nosotros. Pero viéndola sola y como esperando mi abordamiento me le acerqué, como conocía mi comportamiento no le pude preguntar lo que opinaba de mi trabajo y por un momento no supe qué decirle, cosa rara para alguien acostumbrado a hablar, pero se me ocurrió preguntarle sobre el calor que hacía y le propuse tomarnos una cola en el kiosko de enfrente, lo que ella aceptó sin objeción alguna, cosa que me dejó algo sorprendido.
No recuerdo bien cómo se inició nuestra cuestión amorosa. Incluso no recuerdo qué sucedió luego de la invitación a tomar la cola, la verdad es que comenzaron a suscitarse cierto tipo de relaciones que parecían desinteresadas, tal vez esa falta de necesidad de conocernos fue factor determinante, ya que ninguno de los dos tenía algo que el otro no estuviera enterado, así un día sin pensarlo o sin antes que nos diéramos cuenta estábamos en la cama y fue esa una de las pocas ocasiones que no regresé a casa, pues aunque nadie me esperaba la habitación que tenía en la calle Pío Montúfar se había convertido para mí en un verdadero refugio desde que me instalé en esta ciudad. Estar con Emilia era completamente diferente a estar con Herminia, ya que si la serrana era ardiente sus movimientos eran bruscos, torpes, podría decirse, a eso se sumaba lo inapropiado del zaguán, en cambio Emilia, con mucha experiencia, sabía lo que había que hacer con un hombre para complacerlo, se entregaba completamente al placer en ese instante como si después fuera a tomar alguna embarcación para no regresar.
Me pareció, en principio, que iba a dejar mi cuarto y mudarme a casa de Emilia, en la calle Colón, pero decidí conservar la pequeña habitación sin consultárselo, pues con ella siempre ha existido una especie de convenio, donde la única obligación era un acuerdo tácito que impedía meter las narices en la vida del otro. Sin embargo, cuando ella salía de viaje hacia la frontera para traer su mercadería, trabajo que le permitía vivir con cierta holgura, yo me quedaba en casa, es decir alternando con la mía, para poder preparar mis productos. Siempre tuve la sensación que en su vida no estaba sólo yo, pero jamás intenté preguntárselo así como ella tampoco me requirió sobre la serrana Herminia aunque estoy seguro que lo sabía por la gente que lo frecuentaba.
Una vez que les había mostrado lo positivo del producto, efectuando las demostraciones necesarias, pasaba a ofrecerlo a la concurrencia, pero para esto sí había que increparlos, hablarles, de su falta de precaución e higiene, cuestión que ellos aceptaban de manera natural, ya que me colocaba como quien vela por su bienestar, y además porque formaba parte del espectáculo que para verlo tenían que por lo menos aceptar esa actuación, lo más difícil siempre era colocarle el precio, aunque tenía la suficiente experiencia en el trabajo siempre era necesario un poco de psicología para lo que el público que estaba en ese momento podía pagar, aunque de manera general el precio oscilaba de cinco a diez sucres; otra de las cosas importantes era ver quién era el primero que se decidía a comprar, algunas veces utilizaba un ayudante –burropié- quien al ser el primero en solicitarlo inducía al resto de la concurrencia, pero a medida en que se hacía necesario quería mayor participación en las utilidades y no me resultaba conveniente, por el contrario se me transformaba en un problema. Así que opté yo mismo, con un poco más de labia por ir llamándoles la atención de manera personal a quienes consideraba los posibles iniciales compradores, esto lo efectuaba elevando el tono de mi voz hacia quienes había detectado o calificándolos de personas inteligentes y mirándolos fijamente; en algunas ocasiones Emilia, cuando iba de paso, hacía de burropié sin que yo se lo solicitara y con la facilidad de comerciante que se manejaba lograba convencer a la mayoría con sólo hacer un gesto para adquirí la pomada. A Herminia a veces la veía cruzar cerca de la línea demarcada, quedarse un rato, pero su timidez la mantenía distante y sólo se quedaba extasiada con mi verbo que seguramente lo encontraba parecido al de los personajes de películas mejicanas que tanto le gustaban, luego la veía alejarse lentamente, algo desgarbada y con su amplia falda, aparentemente imposible que pudiera esconder allí unos glúteos como de piedra.
La tarde, por lo general, era de descanso a menos que la mañana hubiera sido demasiado mala. Acostumbraba la mayor parte de los días a almorzar en el Rei-Sar, de Luque y Santa Elena, que todavía existe y cuando estoy afuera lo visito, un buen apanado y unas cervezas bien heladas tomadas allí mismo me preparan para lo que pudiera acontecer en la noche. En ocasiones, cuando Emilia me invitaba, iba a almorzar a su casa y me quedaba de una vez a dormir. Como digo, jamás entre Emilia y yo hemos pensado en eso que la gente llama fidelidad, pues el no inmiscuirse en la vida del otro ha sido un convenio tácito; en ocasiones yo tenía ganas de ir a su casa, de estar con ella, pero con un simple gesto me daba a entender que no lo deseaba y detrás de eso dejaba trascender algún compromiso que tenía ese día.
Hubo días malos, especialmente cuando llegaba el invierno, entonces, debido a la lluvia era necesario trabajar por las tardes o esperar a que escampara y en eso se perdía el día de trabajo; muchas veces cuando ya estaba instalado y había dicho las primeras palabras, aparecía la lluvia y los clientes se retiraban en desbandada y yo tenía que levantar el material para lograr salvarlo, me recuerdo que una vez se me iba quedando olvidado el cajoncito con Enriqueta adentro y logré sacarlo de un charco que se había formado en pleno parque, más tarde me distraía secándola como a un niño que le había caído un fuerte aguacero. En los inviernos bastante malos, y cuando a consecuencia de la lluvia no se podía trabajar semanas enteras, terminábamos por buscar como única solución algún soportal, que sólo tenía espacio para un reducido público, pero a más de eso, el principal tema eran los municipales que aunque seguían recibiendo las ayoras que se les daba de costumbre, pedían más y en cuanto aparecía alguno de los superiores lo obligaban a retirarse cuando a veces uno estaba en lo mejor del trabajo, entonces había que buscar otro sitio para comenzar y con los ojos bien pelados controlando la caída de la patrulla, en eso se pasaba el día y no se había hecho ni para la comida. En esas circunstancias la relación con Emilia me fue muy positiva, ya que tenía asegurada por lo menos la comida para los malos tiempos -entraba a comer y salía aunque sea apresuradamente si ella tenía algún compromiso- y cuando la situación apremiaba no me negaba un pequeño préstamo, por supuesto siempre que pudiera vender la mercadería que traía de la frontera, pero en general ella siempre tuvo una vida sin mayores problemas económicos. De tres compromisos estables que había tenido existía hijos que estaban en los diferentes hogares que luego habían formado sus padres y ella se limitaba a hacerles pequeños obsequios o a llevarles implementos de estudio cuando los visitaba, de esta manera, como decía ella, su libertad no estaba amenazada por la presencia de los hijos y podía mantener relaciones libres y sin mayor compromiso como las que tenía conmigo y divertirse un poco más, esta actitud suya al principio llegó a molestarme un poco pero más tarde la comprendí o, mejor dicho, la fui asimilando.
Hubo días malos, especialmente cuando llegaba el invierno, entonces, debido a la lluvia era necesario trabajar por las tardes o esperar a que escampara y en eso se perdía el día de trabajo; muchas veces cuando ya estaba instalado y había dicho las primeras palabras, aparecía la lluvia y los clientes se retiraban en desbandada y yo tenía que levantar el material para lograr salvarlo, me recuerdo que una vez se me iba quedando olvidado el cajoncito con Enriqueta adentro y logré sacarlo de un charco que se había formado en pleno parque, más tarde me distraía secándola como a un niño que le había caído un fuerte aguacero. En los inviernos bastante malos, y cuando a consecuencia de la lluvia no se podía trabajar semanas enteras, terminábamos por buscar como única solución algún soportal, que sólo tenía espacio para un reducido público, pero a más de eso, el principal tema eran los municipales que aunque seguían recibiendo las ayoras que se les daba de costumbre, pedían más y en cuanto aparecía alguno de los superiores lo obligaban a retirarse cuando a veces uno estaba en lo mejor del trabajo, entonces había que buscar otro sitio para comenzar y con los ojos bien pelados controlando la caída de la patrulla, en eso se pasaba el día y no se había hecho ni para la comida. En esas circunstancias la relación con Emilia me fue muy positiva, ya que tenía asegurada por lo menos la comida para los malos tiempos -entraba a comer y salía aunque sea apresuradamente si ella tenía algún compromiso- y cuando la situación apremiaba no me negaba un pequeño préstamo, por supuesto siempre que pudiera vender la mercadería que traía de la frontera, pero en general ella siempre tuvo una vida sin mayores problemas económicos. De tres compromisos estables que había tenido existía hijos que estaban en los diferentes hogares que luego habían formado sus padres y ella se limitaba a hacerles pequeños obsequios o a llevarles implementos de estudio cuando los visitaba, de esta manera, como decía ella, su libertad no estaba amenazada por la presencia de los hijos y podía mantener relaciones libres y sin mayor compromiso como las que tenía conmigo y divertirse un poco más, esta actitud suya al principio llegó a molestarme un poco pero más tarde la comprendí o, mejor dicho, la fui asimilando.
Cuando el reloj de la iglesia marcaba las once y cuarenta y cinco de la mañana y yo había terminado la mayor parte de mi trabajo, el grueso de la concurrencia una vez adquirido el producto se retiraba a sus quehaceres principales, sólo quedaban ciertos molestosos que habían comprado el producto creyendo en lo que constituía una de las partes más importantes de la forma de venta: dejar cierta ambigüedad en los espectadores que pudieran creer que se les iba a devolver el valor dado por el producto y que ellos lo conservarían de manera gratuita, ya que se trataba de una propaganda. Así, en una discusión sin mayor trascendencia, yo les explicaba en voz baja, que era un trabajo como cualquier otro en el que yo me había esforzado durante casi una hora para obtener una pequeña ganancia; la gente se retiraba cabizbaja y aunque muchas veces sentía de veras lástima por ellos no podía echarme atrás ya que esa era una de las reglas de mi trabajo. Sin embargo, cuando alguna anciana de repente se sentía estafada y me rogaba que le devolviera el dinero que lo tenía destinado a unas pequeñas compras en el mercado, me llegaba al corazón y disimuladamente la llevaba al zaguán más próximo para hacerme la devolución no sin antes prometerme no volverse a mezclar en la muchedumbre cuando me viera trabajando.
Muchas veces me he preguntado dónde se quedó ese mundo que imaginariamente, pero de manera absolutamente real, habíamos construido. Si hace menos de diez años deambulábamos llenos de optimismo vendiendo productos y palabras a quienes si no lograban una mejoría con lo que adquirían por lo menos habían pasado un momento agradable, congregados, escuchando a alguien que les traía algo que aceptaban como un bien. Incluso una gran parte de mis colegas, para no decir la mayoría, no eran propagandistas de productos curativos sino de implementos que ellos habían descubierto con su imaginación o que existían y pasaban desapercibidos y a los que ellos les daban mediante su capacidad una nueva utilidad aunque sea duradera por ese momento, pero que ayudaba a despertar la capacidad creativa de la gente y a estimularnos pensando que también ellos podían inventar una cosa parecida; de esa manera se vendían exprimidores de cítricos, tijeras que cortaban desde el rábano hasta las verjas de una casa, por supuesto a veces que cuando se les saturaba el mercado -nosotros siempre tratábamos de utilizar las palabras en su sentido adecuado- tenían que recurrir a productos curativos y entonces su especialidad se tornaba mixta, esto les traía algunos contratiempos por su falta de conocimiento para preparar una pomada o una poción, allí surgían reclamos del público por el efecto negativo del producto y tenía que dársele alguna explicación convincente, utilizando bien el cerebro, o alguna retribución económica, cuando estas cosas fallaban el propagandista tenía que desaparecer por un tiempo hasta que el perjudicado se cansaba de buscarlo.
Existía un aparatito que si no hubiera tenido mi especialidad me hubiera gustado promocionarlo: el pantógrafo, un implemento que no era invención nuestra pero que se lo había popularizado aquí, de aproximadamente veinticinco centímetros, dividido en tres partes, con los goznes de un metro de carpintero y que al colocarlo se abría como una araña, en el centro estaba asegurado por una punta metálica, un simple clavo pequeño, al lado izquierdo un pedazo de lápiz recortado con el que se recorría el dibujo y al lado derecho otro pedazo de lápiz, a veces un repuesto de esferográfica bien asegurado, con el que se iba reproduciendo el dibujo; este implemento permitía reproducir con bastante exactitud cualquier dibujo y ampliarlo, pero era necesario tener alguna habilidad para realizarlo porque no era una fotocopiadora, sin embargo lo importante era el interés que el público daba a ese implemento por las innumerables posibilidades que veían para ellos y sus hijos, algo así como poder transformarse en dibujantes sin tener las condiciones ni el conocimiento suficientes. Hubo algunas órdenes de prisión para algunos propagandistas que cometieron errores en especial los que incursionaban en la medicina por necesidad sin ser su especialidad, pero muy pocos fueron los detenidos, los propagandistas teníamos alguna importancia y nuestra función era reconocida como una labor al servicio de parroquianos y amas de casa, especialmente, aunque no fuera considerada completamente honorable para los ojos de algunos.
Existía un aparatito que si no hubiera tenido mi especialidad me hubiera gustado promocionarlo: el pantógrafo, un implemento que no era invención nuestra pero que se lo había popularizado aquí, de aproximadamente veinticinco centímetros, dividido en tres partes, con los goznes de un metro de carpintero y que al colocarlo se abría como una araña, en el centro estaba asegurado por una punta metálica, un simple clavo pequeño, al lado izquierdo un pedazo de lápiz recortado con el que se recorría el dibujo y al lado derecho otro pedazo de lápiz, a veces un repuesto de esferográfica bien asegurado, con el que se iba reproduciendo el dibujo; este implemento permitía reproducir con bastante exactitud cualquier dibujo y ampliarlo, pero era necesario tener alguna habilidad para realizarlo porque no era una fotocopiadora, sin embargo lo importante era el interés que el público daba a ese implemento por las innumerables posibilidades que veían para ellos y sus hijos, algo así como poder transformarse en dibujantes sin tener las condiciones ni el conocimiento suficientes. Hubo algunas órdenes de prisión para algunos propagandistas que cometieron errores en especial los que incursionaban en la medicina por necesidad sin ser su especialidad, pero muy pocos fueron los detenidos, los propagandistas teníamos alguna importancia y nuestra función era reconocida como una labor al servicio de parroquianos y amas de casa, especialmente, aunque no fuera considerada completamente honorable para los ojos de algunos.
Es indudable que el tiempo nos jugó una mala pasada, como dicen los viejos de mi tierra, poco a poco nos fuimos quedando, ya no teníamos la suficiente fortaleza para desafiar los duros inviernos ni los tremendos soles, algunos se retiraron o buscaron otro tipo de trabajo que consideraron más estable, otros enfermaron y murieron como mi comadre Julia, que una mañana comenzó a toser desde la urna y por más que se esforzaba por contestar las preguntas la tuberculosis que le había corroído los pulmones se llevó las respuestas y hubo que trasladarla de urgencia al hospital donde falleció ese mismo día. Yo le decía a mi compadre Paco que la alimentara y no le hiciera tantos hijos que la pobre era tan pequeñita y esmirriada, a lo que él me contestaba que esa era la condición básica para poder realizar el trabajo. Luego de su muerte mi compadre se lanzó a la vida disipada, más tarde intentó volver a probar el número con otras mujeres, ya que era lo único que sabía hacer, pero no resultó, a lo mejor era la voz de la comadre la que surtía el efecto deseado por el público, por otra parte, todo el ambiente creado, el hechizo de alguien que adivinaba el futuro y descubría las cosas ocultas se vino abajo cuando sacaron tosiendo sangre a mi comadre Julia del baúl y observaron su verdadera estatura. Sin embargo, el parque sigue casi idéntico, le han hecho pequeños cambios que no lo han logrado transformar casi nada, sólo que ahora la gente no es la misma que antes, la aparición de los cantantes muchos de los cuales son un poco locos y que la gente los tiene como simples pedigüeños, los nuevos vendedores - ya no ser puede hablar de propagandistas- y que sin tener la facilidad de palabra necesaria ni el conocimiento sólo tratan de estafar al público, al escaso público que se congrega, y terminan perseguidos por los timados y muchas veces por la policía a pedido de los denunciantes. Pero además de la falta de nuestra presencia hay todo un mundo que se ha ido; la música que escuchábamos asiduamente porque tenía algo que decirnos, porque nos identificábamos con la historia allí presentada, se ha ido transformando, diría yo deteriorando, aunque el parque como digo está casi igual, a excepción de los arreglos que le han hecho al teatro, donde ahora sólo exhiben películas pornográficas, todo el ambiente me suena diferente; esa música: una cosa automática y que la gente entona sin conocer el idioma me suena tan postiza. La última vez que estuve en el salón del zambo Lucas con mi compadre Almache, escuchando nuestras canciones al calor de unas cervezas, incluso allí se nos filtraba algún jovenzuelo que interrumpía la comunicación que teníamos para colocar una cosa que decía algo así como físical y las y las contorsiones que hacía frente a la rocola nos parecían tan ridículas en un cholito de patas torcidas como él. Le preguntamos al zambo Lucas por qué había colocado esos discos y nos respondió que era la música de la juventud actual, no replicamos nada, recuerdo que al calor de las cervezas, cuando miré hacia la calle Sucre, pude ver a mi compadre Almache como en sus tiempos: vestido de terno gris, corbata roja y zapatos negros, paseándose imponente con el micrófono en la mano derecha mientras en la otra portaba un naipe cuyas cartas distribuía con habilidad de prestidigitador incitando a la concurrencia a que hiciera la pregunta que creyera conveniente a mi comadre, que se encontraba en la pequeña urna en total concentración, cuando parpadeé lo vi alicaído, flaco y con más de los sesenta años que se gasta, compadre, me decía y extendía su mano derecha sobre mi hombro, entonces pude ver sus manos envejecidas pero aún tersas, suaves, de quien no las ha utilizado para trabajos fuertes y el puño de su camisa guardaba todavía la elegancia que exhibiera un día, yo ya había mis primeros problemas hepáticos y se me prescribió una prolongada dieta blanda, pero hacía tiempo que no los frecuentaba que ese día tuve que ceder a la tentación de tomarme unos tragos; al colorado Aurelio se lo veía mejor, era un poco más joven, había cambiado de trabajo, su pobre muñeco parlanchín que le ayudaba a vender bagatelas lo había regalado a los muchachos del barrio para el año viejo y estaba haciendo viajes a la frontera con el Perú. El disgusto con Emilia fue bastante grave, me inquirió sobre la dieta recomendada por el médico y las consecuencias que me sobrevendrían, por esos tiempos estaba ya viviendo en su casa por lo delicado de mi salud. Desde esa ocasión he estado aquí cinco veces, al principio se me hacía imposible de soportar, cuando me sentía mejor, este espacio y la vecindad y buscaba ponerme bien para salir allá donde podía comunicarme con los demás, con los míos, pasearme de repente por el parque para que alguien se acordara de mí y dijera allí va, pero con tantas idas y regresos, he encontrado ahora mi espacio aquí, cuando no puedo conversar con alguien lo hago conmigo mismo o busco el recuerdo y disfruto de todo lo que se puede disfrutar: el poder ayudar a los que están en peores condiciones que yo; incluso disfruto de las cosas absurdas como el reparto de las medicinas cada cuatro horas que pasa el enfermero, cuando las indicaciones del médico son cada hora o dos, pero ellos lo hacen de acuerdo a un plan de reparto que se han trazado, así que de acuerdo a su rutina reparten los medicamentos en porciones que estén en relación con su horario. Pero es la mujer vestida de blanco, la monja que hace de jefe de sala, la que más me impresiona, por ejemplo hoy es miércoles y vendrá Emilia trayéndome las noticias de allá afuera, cuando se haya ido serán las cinco de la tarde, y a esa hora ella entrará vestida con su uniforme blanco impecable para invitarnos al rezo y cantará el ave maría con esa linda voz que tiene y yo me desplazaré en uno de sus agudos y trazaré un círculo de tiza blanca y nadie podrá pasar una vez que lo haya terminado y comenzaré a explicar con rapidez verbal los beneficios de mi producto, mientras la muchedumbre me escuchará con atención, estupefacta, y en la noche se abrirá esa inmensa puerta de metal y la serrana Herminia descenderá con su bata transparente, lentamente, y recomenzaremos donde lo dejamos guardado la última vez.
1.- ¿Cuáles son los ejes temáticos sobre los que se sustenta la historia? Explique y justifique con citas textuales.
2.- Escriba una reflexión acerca del tema central del relato. 3.- ¿Explique cómo realizaba el trabajo el vendedor ambulante?
4.- ¿Qué ha sucedido en Guayaquil con la desaparición de los vendedores ambulantes?
5.-¿Qué tipo de narrador tiene la historia? Escríbalo y señale su punto de vista.¿Quién es la mujer vestida de blanco y qué es lo que más admira de ella el protagonista
6.- Identifica 5 figuras literarias con sus correspondientes citas textuales.
7.- ¿Qué técnicas literarias utiliza el escritor para crear la historia "Alrededor del círculo"?
TAREA:
Lea el cuento "Alrededor del círculo" y conteste las siguientes preguntas:
1.- ¿Cuáles son los ejes temáticos sobre los que se sustenta la historia? Explique y justifique con citas textuales.
2.- Escriba una reflexión acerca del tema central del relato. 3.- ¿Explique cómo realizaba el trabajo el vendedor ambulante?
4.- ¿Qué ha sucedido en Guayaquil con la desaparición de los vendedores ambulantes?
5.-¿Qué tipo de narrador tiene la historia? Escríbalo y señale su punto de vista.¿Quién es la mujer vestida de blanco y qué es lo que más admira de ella el protagonista
6.- Identifica 5 figuras literarias con sus correspondientes citas textuales.
7.- ¿Qué técnicas literarias utiliza el escritor para crear la historia "Alrededor del círculo"?








