domingo, 25 de septiembre de 2011

CRÓNICA

LA ANCIANA DE LA PLACE D’ITALIE



Cuando el reloj marcaba las 10 de la noche yo entraba saludando a madame Le Prevost, le preguntaba cómo había ido el negocio durante el día y la anciana aprovechaba para contarme todo lo que no había podido decir a nadie durante casi dieciocho horas. Su cabello blanco parecía hacer un marco con su tez –blanca pálida-, muchas veces imaginé había sido así siempre, que los setenta años que me decía tener habían nacido con ella, eran de su propiedad así como el hotel, aparentemente desvencijado, pero esa puerta de vidrio a la entrada con ciertos tonos juveniles le quitaba ese sabor a otro tiempo. Así como los dientes de la anciana, blancos, casi perfectos, a no ser por la pequeña incrustación de oro en el incisivo derecho, completaban la apariencia verosímil de la mujer y su espacio, a lo que se añadía su sonrisa afable y sobre todo sus deseos de conversar. Recuerdo la noche que me contó que una pareja de hombres –uno maduro otro adolescente- alquilaron una habitación y luego de algunas horas salió el hombre mayor apresuradamente y más tarde el joven apareció en la recepción preguntando por el otro y llorando le contó al acuerdo que habían llegado: estar juntos por una paga, pero que ahora que el señor había salido fugando él  ni siquiera tenía para el boleto de metro. La anciana le había dado para el transporte y algo para cualquier necesidad no sin antes aconsejarlo que no debía desperdiciar su vida no tomar malos caminos. Pero eso no era todo, a la mañana siguiente, cuando se sorprendió que el  señor mayor estaba en el comedor tomando desayuno tranquilamente, ella lo cuestionó, le reclamó por no haberle pagado a ese pobre joven luego de aprovecharse de su afecto, le inquirió si no sentía cargo de conciencia y el  hombre bastante triste o avergonzado agachó la cabeza y dejó el desayuno, me dijo con cierto tono de autoridad legal.

Todo esto transcurría en mi turno de las 10 de la noche a las 2 de la madrugada, donde debía encargarme de la recepción mientras la anciana dormía, o tal vez simplemente descansaba. Pero su actitud me era beneficiosa en cuanto a que mientras me narraba algún hecho se dedicaba a atender el hotel y, más aún, me impedía de manera expresa si yo intentaba compartir el trabajo mientras transcurría su relato, entonces me dedicaba a estudiar mientras atendía su conversación. Incluso a veces de manera algo impositiva me decía, siga estudiando señor Carlos para eso ha venido hasta aquí; así asumía mi papel principal: el de interlocutor.

Cuando reloj marcaba las 2 de la mañana la anciana se había ido a reposar  completamente agotada, yo apagaba las luces y cerraba el hotel, ya nadie podía entrar ni salir. A media cuadra volteaba para verlo y tenía la impresión que se trataba de una caja de seguridad de la cual la única que tenía las llaves y sus combinaciones era madame Le Prevost. El trayecto hasta mi casa, desde la Place d’Italie hasta la Porte d’Orleans, al sur de París, para luego seguir hasta el suburbio de Montrouge, demoraba hora y media, pero no lo sentía, ni siquiera en invierno, porque iba acompañado o caminaba sobre las palabras que me contaba la anciana.

Creo que recuerdo con bastante exactitud el tiempo que trabajé o, mejor, que le hice compañía a la anciana.

Todo quedaba atrás cuando llegaba al hotel en la noche. Las discusiones en la rue des Ecoles,  las conversaciones acaloradas en el café Oceanic de la  Guy  Lussac, sobre el marco teórico que debía adoptarse para determinado estudio, en la Sorbona, París IV. Las charlas de los miércoles en el Instituto de Semiótica  de  la rue Monsiuer le Prince, donde se ubicaba al fondo el profesor A.J. Greimas,  sobre múltiples cortinas de humo provocadas por él mismo, sobre la utilidad de aplicar el modelo actancial o el modelo actorial en determinados discursos, si las isosemias eran operativas o debía entrarse directamente en las isotopías. Y, como dije, hacia el fondo se divisaba la figura del profesor –amable y brillante- quien entre tosida y tosida hacía su intervención. Yo me sentaba siempre a su derecha en aquella mesa larga y ovalada  no para hacerme presente ante él sino para escuchar mejor y no ahogarme con el humo del cigarrillo y por el contrario ser uno de los fumadores placenteros. Pero no se trata de la semiótica de Greimas ni de la epistemología de la Sorbona, a lo mejor lo haremos en otro momento y en otra parte. Volviendo al Hotel de la Place d’Italie, en el que a la distancia se le divisaba su única estrella, razón por la que funcionaba sólo hasta las 2 de la mañana,  cada noche, diría mejor, cada turno se convertía  para  mí en una  aventura,  en el descubrimiento de  universos que me narraba la anciana. La  noche que me habló de François me trasladó a un espacio desconocido para mí.  François era un joven negro de Costa de Marfil que ella adoptó y crió como a su hijo, ya que nunca los tuvo ni se comprometió con alguien, según me contó. Ella crió a este niño, parece que lo quería mucho porque contaba esa historia con tanta sensación pasional, el muchacho ahora hombre había decidido asirse a la religión y optado por el sacerdocio, eso le otorgaba una suerte de santidad e inteligencia especial. Ahora estaba ejerciendo su vocación al sur de  Francia,  la verdad no recuerdo la ciudad, y cuando tenía tiempo disponible la venía  a visitar, quisiera que usted lo conozca, me dijo, lo que implicaba la simpatía que guardaba para mí. Desde entonces –desde que tuvo a François- había cambiado su forma de pensar, ya no tenía prejuicio con los negros ni guardaba algo de racismo, por eso permitía a los negros alojarse en el hotel, pero sólo a uno, me decía para lo tuviera en cuenta, porque si no pueden creer que es la casa de los negros. La verdad nunca conocí a François, aunque madame Le Prevost siempre me decía que iba a llegar.

La rutina del hotel iba adquiriendo una especie de estatuto, los lunes salía una pareja formada por un hombre  maduro y una mujer joven que se despedían de ella amablemente, una vez pregunté por su parentesco a la anciana y me respondió con mucha soltura es un gerente con su secretaria y asintió con la cabeza. En algunas ocasiones, ya pasada la media noche cuando se suponía yo debía atender la recepción la viejecita –esta palabra le hubiera molestado- sacaba un viejo tocadiscos y comenzaba a poner música de su región. Allí conocí la cabreta, un instrumento de viento parecido de la gaita y emparentado a ella ya que pertenece a la misma cultura celta. La anciana se emocionaba con su desarrollo rítmico y comenzaba a bailar mientras repetía la letra de las canciones en lengua bretona. Esa noche me habló de sus costumbres, me mostró fotos para que conociera la vestimenta: personas blancas, altas y rubias con atuendos que marcaban el horizonte cultural celta.  Me dijo que durante la ocupación nazi al único sitio que no llegaron fue a la bretaña. Supe por boca de ella algunas cosas que no se encuentran  con facilidad en la historia como es la colaboración francesa durante  la ocupación nazi, la persecución despiadada a los miembros de la resistencia y la obligación que les imponían los nazis para que los delataran. Cuando se suponía que algún miembro de la resistencia se había escondido en una casa registraban toda la cuadra, y si era posible más, a la hora que fuese, si era de madrugada no les importaba pasar por encima de niños durmiendo, pero muchos colaboraban por interés, sostenía, cuando los aliados entraron por el sur de París, la Porte d’Orleans, fueron recibidos a bala por la SS integrada por franceses, pero eso no duró  mucho tiempo, me decía tratando se olvidar el asunto y se volvía a  integrar al canto y al baile con su música de cabreta.

Cuando me dijo una noche que estaba en tratativas para vender el hotel porque se iba a jubilar no me causó gran molestia a pesar que en ese momento era mi único ingreso, había tenido tantas vivencias que me saturaban los problemas que más tarde podía tener, sin embargo la anciana se preocupó de relacionarme con otros trabajos. La última madrugada que cerré el hotel, ya me había despedido con mucha tristeza de la anciana, desde la esquina volteé – como se acostumbra en las películas- para ver una vez más aquella especie de caja fuerte con una solitaria estrella resguardada por una anciana de setenta años.

Pasó  mucho tiempo, todos los años que viví en París, y jamás regresé al hotel de la solitaria estrella, tal vez para no actualizar un recuerdo, quizás por la vida apresurada como profesional, pero ahora que me encuentro a tantas horas de distancia  -midiendo la distancia en horas- quisiera saber la impresión que me causaría regresar a esa esquina de la Plaza de Italia, volver a mirar el letrero del hotel a lo mejor desvencijado, o que incluso ya no exista, entrar por la puerta de vidrio amplia, con dibujos que recuerdan la bretaña,  encontrarme una vez más con madame Le Prevost, escuchar su francés con fuerte acento bretón, mientras busca sus antiguos discos para comenzar una melodía al ritmo de la cabreta, su pelo blanco que parece una proyección de su tez casi cristalina, su amplia sonrisa con dientes en apariencia perfectos, danzando por los aires al son del instrumento de viento.

Carlos Rojas G.

martes, 1 de junio de 2010

EL COLOR DE ROSAS

“Con una mujer se pueden hacer
tres cosas... Quererla, sufrir o

hacer literatura”.

                       (Lawrence Durrel: Justine)

Muchas veces al cruzar por esta calle y especialmente al detenerme en esta intersección con el semáforo en rojo, me he preguntado cuántas ocasiones he pasado por aquí en los últimos tiempos y, lo que es más interesante, es que al hacerme la pregunta también se la hago a otros: por ejemplo al señor del Subaru último modelo que lo he observado correr apresuradamente como si estuviera en unapista para encontrarse con un semáforo en rojo; a la señora del Morris, con quien hemos venido corriendo a la misma velocidad y casi juntos y aunque he tratado de mirarla abiertamente para demostrarle cierto interés, ella se ha limitado a mirarme de soslayo en el momento que se detiene frente a un semáforo y hace como si mirara al espejo retrovisor o, mejor dicho, como si el retrovisor fuera un espejo de tocador. Pero lo que más puede interesarme son las experiencias que cada uno de ellos haya tenido en este recorrido o que proyecte tener, ahora que son las cinco y treinta de la tarde y los empleados han comenzado a desocupar las empresas. Así la tarde que conocí a Susana, es decir cuando la vi de pie, delgada y con gestos delicados haciendo señas a los transportes que pasaban y, aunque la parada estaba repleta, ella no desesperaba ni perdía la paciencia como los otros, quizás una de las cosas que me impresionó inicialmente fue su tranquilidad, eso que dejaba trascender mediante la espera del colectivo que la llevara a casa, mientras yo saboreaba desde una mesa ubicada en un buen sitio del bar de Fabricio lo que acontecía; sentí entonces deseos de invitarla a beber algo, un jugo tal vez o un té mientras esperaba que pasara algún colectivo con cupo, pero me pareció algo impertinente, quién iba a creer en las sanas intenciones de un hombre de cuarenta años que, instalado cómodamente en un bar tomándose una cerveza, ofrece comedidamente un refresco a una joven que espera el autobús o algún transporte que la lleve a su casa luego de una jornada de trabajo. Cuando miro por azar, en esas situaciones que uno espera algo y es necesario mirar alrededor, el encuentro con sus ojos me causó más conmoción que a ella, quiero decir que quien se sintió inquieto, algo así como descubierto fui yo, no sabía si cambiar la mirada, encender un cigarrillo, tomar un sorbo de cerveza, pero temí hacer algún movimiento que pudiera delatar mi situación nerviosa y sólo pude intentar una sonrisa algo cándida y no logré soportar el quedarla mirando fijamente.

No sé si el colectivo que la tomó me salvó del ridículo que estaba haciendo, mirándola con ojos de perro faldero y haciéndome el disimulado, o fue a ella que la libró de esa molestia que provoca la espera a lo que se sumaba la presencia de alguien de mirada desconsolada y de gestos inseguros y ambiguos.

Tampoco pensé cuántos días pasé recordando esa situación que me había ocurrido. Hubiera querido podérsela contar a algunos de mis colegas o por lo menos a los más allegados al consultorio jurídico. Una tarde invité a Melgarejo a tomarnos unos tragos y mientras me narraba los aciertos y reveses de su vida profesional, mientras me describía con detalles que lo enorgullecían la forma cómo le había ganado el pleito a la empresa arenera, yo seguía pensando en ella: esbelta aunque menuda, pies pequeños, los dedos largos que se le hacían notorios cuando levantaba las manos para pedir -hacer señas- que el colectivo la llevara, pero de pronto descubrí algo: esos ojos con los que soportó mi intermitente mirada parecían dar la posibilidad de una recepción, una especie de contubernio que habíamos establecido o que yo imaginaba habíamos establecido esa tarde. Cuando regresé a la mesa, Melgarejo me preguntó si estaba pensando en alguna hembra y para secundarlo tuve que decir que sí y que todo marchaba sobre ruedas; la noticia le causó extremada alegría y comenzó a pedir más cervezas y bebimos no sé hasta qué hora ni qué cantidad, conversamos largamente sobre la profesión, la familia, la política, pero yo ya no estaba allí, había regresado a aquella esquina donde la chica delgada y menuda hacía señas a los autobuses para que la tomaran, mientras a escasos metros yo la miraba intensamente sin que nadie, incluso ella, pudiera impedírmelo, de repente descendía la vista hasta el nivel de mi compañero Melgarejo y me encontraba con sus risueños y solidarios ojos, entonces con el gesto convenido levantábamos el vaso balbuciendo salud sin torpezas ni nervios, con absoluta seguridad.
***
Cuando dieron las cinco de la tarde cerré mi escritorio y aunque la secretaria me dijo que había clientes esperándome, le contesté que buscara la manera de deshacerse de ellos por cuanto yo tenía una cita de mucha importancia. Instalado en la misma mesa que por suerte encontré ese día, comencé a preocuparme cuando las campanadas de la catedral marcaban las cinco y cuarenta y cinco minutos y ella no aparecía. Muchas ideas se me cruzaron, pero consideré que no era el momento apropiado para ponerme a hacer disquisiciones sobre su presencia, en estos casos los primeros en aparecer son los celos y entonces uno comienza a verse todos los defectos: los tacos de los zapatos están gastados, la corbata que no es del color adecuado, que nos han comenzado a salir las canas, que se notan ciertas arrugas y siempre hacemos la comparación con alguien tan perfecto a quien ni luego de reconstruirnos podríamos igualar. Cuando retorné de mi disquisición me encontré, como quien despierta de la anestesia, con una figura delgada, menuda, que no alcanzaba a aclarar por lo borroso de mi pensamiento, y de pronto me vi frente a ella, es decir era ella la que estaba frente a mí, lo que me daba la sensación de no ser sólo yo quien insistía. Inclinado hacia la derecha, como si le estuviera dando espacio para entrar en mí, me sonreí y la saludé cortésmente y me pareció que hubo una cierta correspondencia, traté de levantarme para invitarla pero no lo creí conveniente, me vi desde otra mesa a un hombre de cuarenta años tratando de conquistar a una joven que quizás podría ser su hija, sin embargo su sonrisa y la seguridad que imagino logró comunicarme me impulsó a hacerle una seña de invitación, ella volvió a sonreir con agrado y pude darme cuenta de sus dos dientes frontales que con una magnitud especial permitían la caída adecuada del labio superior y me pareció una gracia que ni siquiera necesitaba la palabra, fue entonces cuando me puse de pie y decididamente la invité a la mesa, ella con un gesto muy explícito me dijo que tenía prisa por su colectivo, insistí balbuciendo palabras que no recuerdo y eso la hizo interesarse, por suerte en ese instante pasó una buseta repleta y aproveché con un gesto para decir que tenía razón. Cuando se sentó a la mesa mi inseguridad había desaparecido, pues me pareció no tener otra pretensión que invitarla a la mesa o así lo sentía en ese momento, le pregunté qué se servía y ella ordenó un jugo de duraznos. Sus dedos largos levantaron el vaso y pude advertir un anillo en su mano izquierda, ella sonrió con cierta complicidad y lo enderezó de manera discreta para hacerme entender que no se tratada de un compromiso, recién logré percatarme de la relación que había entablado.
Miró su reloj y viendo que eran las seis y treinta de la tarde apuró lo que le quedaba en el vaso y dijo con cierta elegancia que ya era hora de estar en casa. En el poco tiempo de terturlia habíamos recabado los datos necesarios para establecer una relación, yo le dije cuanto tenía que decirle y pensé que ella hacía lo mismo. La cita fue para el viernes próximo aduciendo compromisos de su parte y yo no traté de forzar algo que tenía visos de importancia. Desde ese viernes en adelante las citas se fueron produciendo de manera continua, nadie sabía, podía decirse, de qué se trataba en sí, a qué se quería llegar pero eso no importaba. Susana -nombre que me reveló en el primer contacto y que me pareció agradable- se iba introduciendo cada vez más en mi vida, no sé si yo constituía algo especial para ella pero tampoco importaba, me bastaba atravesar la ciudad a la hora en que los trabajadores están dejando sus fábricas y sentir su mano, con esos dedos suaves y alargados acariciando mi brazo derecho lo que provocaba una sensación entre erótica y espeluznante y sentía deslizarme sobre una inmensa alfombra a pesar de las sartenejas que golpeaban el carro. Tampoco recuerdo con claridad la primera vez que hicimos el amor, sólo me aparece como entre sombras un motel bastante alejado de la ciudad con un enorme espejo en el cielo raso y el esfuerzo que hacíamos para que en el éxtasis no nos quedara corto el lecho. Susana tiene un hermoso lunar en el pubis y yo me pasaba algún tiempo acariciándoselo, jugando con él como un niño con un juguete raro pero que siempre ha querido tener. Jamás intentamos pensar en una cosa que pudiera considerarse sería en el sentido conversacional que se tiene de eso, pues para nosotros lo que realizábamos lo considerábamos con la suficiente seriedad y sin que intentáramos discutir ni ponernos de acuerdo existía un contrato implícito: aquel que los amantes comienzan y terminan en el acto que efectúan sin preocuparse por lo que vendrá. No sé si ese acuerdo no manifiesto nos unía con mayor fuerza, ya que se trataba de algo que pudiera considerarse desinteresado -aunque esta palabra es de muy difícil utilización- y así transcurríamos. En principio una cita presuponía la otra, pero comencé a apresurarme y empezaron mis llamadas telefónicas a su oficina para adelantar el día de la cita, además porque en estos casos, aunque no se lo acepte, se quiere escuchar la voz de la otra persona y el teléfono nos desinhibe, un mecanismo por el cual poemos decir las cosas que deseemos sin tener que experimentar la molestia de enfrentarnos a los ojos de otra persona y, por otra parte, porque esos espacios de silencio que allí se provocan y que obligan al otro a repetir aló tienen mucha significación. Algo poco explicable es el por qué jamás fuimos a otra parte que no fuera a hacer el amor, bueno algunas veces comimos pequeñas cosas o tomamos un jugo o una soda de paso, pero jamás un cine, un espectáculo, una reunión con amigos, era como si quisiéramos guardar todo el tiempo para nosotros y no compartir con nadie nuestro espacio. A veces he pensado que uno de los acuerdos fue impedir que incluso el recuerdo se mezclara entre nosotros, seguramente éramos un presente perpetuo como de manera tácita habíamos considerado el rol de los amantes. Mi vida se llenaba con las tres citas por semana que tenía con Susana, mi profesión de abogado que jamás he descuidadod y algunas noches que como obligación me reunía con mis amigos a conversar de lo que uno acostumbra en esos casos: de todas las cosas y de nada, esas reuniones en las que en cuanto se empieza a tomar algún tema en serio, otro, o a veces uno mismo, trata de desviar la atención de quienes discuten por temor a que pueda degenerar en una charla poco amistosa y de la que es muy difícil salir sin utilizar en mucho la inteligencia y cuando la reunión tiene carácter de diversión se sostiene que son innecesarios los ejercicios intelectuales. Sin embargo, para mí el disfrute era completo: me sentía parte de quienes conformaban ese grupo unido por la amistad y en otro espacio, que era sólo de mi propiedad, disfrutaba del recuerdo de Susana. Avanzada la noche, o mejor dicho entrada la madrugada, aprovechaba un resquicio del grupo para compartir esa soledad, ese espacio y ese tiempo que nos habíamos comprometido a resguardar, me asomaba en mí mismo y me veía con una cierta aureola de triunfador, a sabiendas que luego de esto vendría una tertulia amatoria con Susana, aunque no sé por qué se me cruzaba siempre una suerte de nebulosa por el pensamiento.
En ocasiones los compromisos profesionales me obligaban, aunque opusiera resistencia, a postergar mis asuntos personales, así fue que durante dos semanas, por un asunto jurídico que tenía pendiente y cuyos interesados me estaban perurgiendo e incluso comenzaban a mostrar preocupación por mis procedimentos, no pude verme con Susana; al principio las llamadas telefónicas a su oficina lograban el efecto de una disculpa por el interés que le demostraba, pero a veces no estaba disponible para atenderme en ese momento y contestaba su jefe o una de sus compañeras y me pedían que volviera a llamar y al insistir el teléfono estaba ocupado. Jamás había llamado a su casa pero un día debido a la ansiedad de no poder comunicarme con ella durante tres días marqué el número de su casa y me respondió su madre, muy amable, diciéndome que había salido a ver a la modista y que le dejara el recado que quisiera, me limité a decirle que la volvería a llamar pero me causó cierta incomodidad el hecho de que se encuentre acudiendo a la modista cuando eran más de las diez de la noche, sin embargo razoné sobre las circunstancias actuales, la dificultad de encontrar un artesano responsable a causa del desarrollo fabril y me tranquilicé escuchando algo de la música de nuestros encuentros y un par de whiskys dobles me transportaron a aquel tiempo y espacio que nos habíamos reservado. A la mañana siguiente y en los días subsiguientes tampoco pude contactarme con ella, traté de llegar al bar para encontrarla en la parada del autobús pero el proceso legal se prolongó por más de dos horas y logré estar allí a las siete de la noche y pude percatarme de que era viernes por la cantidad de gente que se encontraba tomando cerveza, me sentí, a más de incapaz, extraño ante una muchedumbre que consumía cerveza en cantidades, hablaba sobre el posible aumento de salario y del partido de fútbol del próximo domingo, en alta voz, casi al unísono. Me di cuenta entonces que estaban lejos los días en que sentaba para verla tomar el colectivo elevando los dedos largos de sus manos, delicada, menuda, como si intentara ensayar un paso de ballet sin saberlo. En la semana siguiente, apenas terminé el asunto judicial que tenía pendiente y sin preocuparme por el veredicto - aunque me considero un profesional responsable- encomendé a mi colega Melgarejo que averiguara el resultado en el juzgado y atendiera a los clientes y fui en su búsqueda sin acudir a las llamadas telefónicas ni al bar que fue nuestro sitio de encuentro, ahora me encaminé directamente a su oficina, estuve desde las cuatro y treinta y mientras apagaba un cigarrillo y encendía otro pensaba afanosamete en el ansiado reencuentro, qué podríamos decirnos en cuatro semanas de ausencia, habría reclamos de su parte o mejor comenzaría yo por desagraviarla explicándole las razones de mi ausencia y enonces me veía como en las películas de amor: él explicándole las causas de su ausencia, con voz grave, convincente, ella con las manos apretadas sobre las piernas, la cabeza baja y el rostro adusto, y una vez terminado el desagravio, cuando nadie lo esperaba, ella se lanzaría a mis brazos y yo me sentiría otra vez como un niño que cuenta sus canicas, acariciándole con la yema de los dedos ese hermoso lunar sobre el pubis. Eran las cinco y quince cuando ella salió, en principio una amiga venía acompañándola pero se detuvo a pocos metros como si esperara a alguien se despidieron y volví a ver sus manos alargadas en lo alto como hacía señas la primera vez que la ví, no puedo describir la sensación que tuve al volverla a encontrar, pero me sorprendió el hecho de que su mano no descendiera y cuando encendí el motor de mi carro para dirigirme hacia ella vi que alguien se le acercaba, tomaba su mano y la bajaba hasta colocársela en la cintura mientras ella lo bessaba tiernamente, cerrando los ojos, tendría entre treinta y treinta cinco años, era de mi estatura, lucía como el empleado medio de una empresa, por supuesto que no pensé en bajarme y hacerle algún reclamo pero sí me acerqué hasta la vereda para que ella se percatara de mi presencia: venían tomados de la cintura, sonrientes, felices, como si intentaran desafiar la tarde, hasta podría decirse que me enternecieron, toqué algunas veces el claxon y ambos miraron con el interés de que era algún amigo que los saludaba, el más extrañado fue el hombre, que me quedó mirando fijamente, porque ella no me reconoció o simuló no reconocerme. Me detuve en la esquina y por el retrovisor los vi sentados en el banco de la parada del colectivo, cosa que por un momento me hizo sentir culpable al pensar que estaba haciendo algo indebido, separando a los amantes restándoles ese espacio, esa intimidd que nosotros habíamos construido. Luego de reflexionar algunos días probé otra vez el teléfono de su oficina, estoy seguro que fue ella quien me contestó pero la sentí tan distante, tan diferente, que no tuve el valor de articular algo; por algunos días hice lo mismo y cada vez la sentí otra aunque era su voz la que me contestaba. He pasado varias veces por su oficina a la hora indicada y su compañero está esperándola siempre, casi me iba familiarizando a verlos o nos íbamos familiarizándo, tengo la sospecha que ellos comenzaron a pensar que yo iba a ver alguna amiga a esa hora y como que amenazaba producirse entre ellos y yo una especie de complicidad.
Ya no estoy seguro de la relación que existió con Susana, he tratado de encontrar algo que pueda servir de documento para justificar nuestra existencia pero no ha sido posible, pues esa era nustra concepción de los amantes y la que logró mantener ese espacio que nos habíamos delimitado. Por eso ahora que voy cruzando por esta avenida me pregunto cuántas historias similares habrán ocurrido a los que transitaban por las veredas o a quienes van conduciendo carros, que son los que más tengo a mano, y siento entonces que en la caída de la tarde la ciudad se me adentra, el fresco del atardecer me atrae, ya hace algunos meses que terminó el invierno, y mientras corro por estas luces de neón que comienzan a encenderse pienso en Susana, en que tal vez fue cierto lo que tuvimos y que seguramente la encontraré al llegar a casa y estará conmigo al otro lado de la mesa, ordenando ese espacio que nos habíamos propuesto conservar, y sus dedos largos empinarán una copa transparente, delicada, lentamente, mientras yo beberé pensando en el placer de acariciar ese hermoso lunar como mis canicas cuando niño.

EL DISCURSO DE UN POSIBLE RELATO

Desde que estoy frente a este aparato ella se instala junto a mí. Cara sonriente. Ojos coquetones. Quieres un café, me dice; alzo los ojos para mirarla detenidamente, me gusta su delicadeza para ordenar las cosas es como si conocieran lo que ella intenta hacer, como si las cosas adivinaran sus deseos. Me coloca la taza de café, la endulza suavemente, tengo la impresión de que existe una musicalidad en el recorrido que hace con la pequeña cuchara en el fondo de la taza. Por un momento he decidido dejar de enfrentar mi pensamiento a las teclas. Me detengo a mirarla, su cabeza agachada, diría mejor levemente inclinada hacia adelante, como si estuviera husmeándome, mientras de sus labios se escapa una sonrisa ligera, tal vez simplemente un movimiento fácil sin que logren aflorar sus dientes, pero que para mí se transforma en una abierta sonrisa cómplice. Se trata de algo trágico, tienes problemas, me pregunta, y yo guardo las respuestas por temor a perder esa posibilidad de escuchar esa expresión suya, además considero que mi silencio me hace partícipe directo de la complicidad que ella insinúa.

Tomo un sorbo de café e intento volverme a colocar frente a la máquina con quien comparto mis experiencias, y ahora la tengo atrás de mí, leyendo como si se tratara de una computadora o, en ell mejor de los casos, de alquien que ha tomado un buen curso de lectura dinámica; cuando se ha devorado lo que va de la cuartilla me dice que le gusta, cosa que tampoco le contesto porque le mentiría, lo más cercano a la verdad sería decirle que lo me gusta es ella, pero callo y no sé por qué o tal vez sí. Cuando me instalo otra vez la veo dirigirse al baño, trato de mover los dedos con la mayor velocidad posible para no perderme su salida, lenta, con una corta toalla que apenas le cubre una parte de sus largas piernas como si se tratara de una propaganda de cine o televisión. Ahora saca del closet algunas de mis ropas, se las prueba, advierto que sus movimientos son cada vez más lentos, parece que estuviera dándome una exhibición privada, incluso la duración de su guiño la encuentro prolongada. Decido incorporarme y acercarme a ella aunque pierda unos momentos de trabajo, la estoy besando y ella está de puntillas dándome un beso de comedia musical mientras siento que la toalla se resbala de su cuerpo y me cubre los pies.

Por un momento no estoy seguro si soy el personaje de la acción o es una escena que he visto alguna vez en el cine, pero sí estoy seguro de una cosa: me agrada. Vuelvo a la máquina y de soslayo la veo sobre la cama invitándome a hacerle el amor. De pronto se produce en mí una contradicción, mejor sería decir un desacuerdo: aceptar su invitación o continuar la lucha con lo que he planificado por algunas semanas, me decido por ella, quiero ir lentamente hacia su cuerpo para conservar el ritmo que ella ha impuesto y respetar la trascendencia que entiendo ella quiere dar a este acoplamiento. Alguien golpea la puerta, me levanto sobresaltado, es la casera que me trae el recibo de la carta certificada. Tengo que ir al correo, me esperas, le digo, y ella asiente con esa sonrisa picarona mientras se lleva la mano a la frente para arreglarse el cabello que se le ha caído sobre la mejilla.

(No me explico por qué, luego de algunos años aquí, me preocupan de manera exagerada las cartas de casa, a lo mejor el temor al desenlace sorpresivo de algún familiar querido, pero y qué hacer si estoy aquí para algo que me he trazado o que tal vez se programó, tomó forma en el camino. La carta es como de costumbre: recomendaciones, que me cuide, que la soledad; yo creo que la gente cuando escribe a alguien mantiene el tiempo y el espacio que éste dejó o donde se lo quiere conservar, aunque ambas cosas hayan cambiado o se hayan transformado).

Descubrí a mi regreso que la presencia de ella había desaparecido y que la cama estaba impecable como si jamás alguien la hubiera utilizado, incluyéndome a mí. Desde este quinto piso de la rue Jean Maridor me gusta observar, por la única ventana de mi pequeño cuarto, los días viernes cuando la gente sale del metro Convention, a eso de las seis de la tarde, apurada, como si todos tuvieran que cumplir con una cita a la misma hora sin importarles si es invierno o verano; al principio todos los parisinos me parecían estar perseguidos por alguien, tal vez por ellos mismos, luego fui descubriendo su ritmo y la importancia que tiene para ellos, ese ritmo que debo imponerme para reiniciar lo que dejé en la máquina y que a su vez me acerca de inmediato a ella, recorro su cabello largo, lacio, sus movimientos lentos, mientras ella se va instalando tras de mí y hace descender sus dedos suavemente por mi cuello hasta llegar a mi espalda, vuelvo a sentir la fuerza de su respiración retumbando mis oídos lo que me causa una especial sensación, esa que debo, que voy a describir con las limitaciones de mi oficio.

LAS ARTES MENORES

Si Teolinda no le hubiera preguntado cómo andaba el trabajo, Julia, a lo mejor no encontraría la forma de desahogarse de lo acontecido la noche anterior. Ahora, a las ocho y treinta de la noche, tras un montón de exámenes, no sabía si narrar una historia que necesitaba para sí o dedicarse a finalizar una tarea, luego de veinte y cuatro horas sin descansar. Si tuviera alguien que me ayudara -pensó- y volvió a cruzar por su mente la telenovela de la tarde que en los días de asueto o cuando tenía la oportunidad de enfermarse podía verla, de lo contrario se alimentaba con las narraciones de su madre que ya no eran exactas, según Julia, puesto que ella siempre tomaba partido por lo menos afortunado del relato.


Jamás pensé que fueran tan tontos o tan irresponsables -se dijo una vez más- mientras colocaba un catorce sobre un examen de letra incomprensible y no atinó a saber a quién se refería, si al alumno o a ellos. En ese momento Teolinda le dirigió la palabra para recordarle la elaboración de los horarios de la universidad, las casillas correspondientes a los días hábiles, inhábiles, y el peso de la fatiga y la responsabilidad la encaminaron otra vez al suceso. Si no fueran tan tontos o tan irresponsables -se volvió a decir- y arrellanó todo el peso de su cuerpo y sus cincuenta y dos años en la silla. En ese instante toda la gente que transitaba por su delante era su enemiga, los unos llevaban brochas, los otros pinturas, vestimentas manchadas del trabajo y recordó la cara de don Fito, ojillos achinados, trigueño, sonriente, todo quedará bien señorita, basta que doña Blanca la haya enviado, le aseguró, y ella con mirada desconfiada le recordó el color, trató de regatearle algo más sobre el precio y le dio la dirección y la hora de la cita, a las once de la noche porque antes me es imposible, salgo después de las diez y hasta que llego a casa, pero don Fito siempre sonriente le aseguró que allí estaría que no se preocupe.

Cuando eran casi las once de la noche, Julia detuvo su carro frente a su villa esquinera y se sorprendió de la puntualidad de don Fito; éste le presentó a su ayudante, es mi oficial y lo llevo a todos mis trabajos, y el oficial extendió la mano y dijo ee, afasia comentó Julia con tono magisteril, pero el oficial no entendió lo que ella dijo y se limitó a sonreir, mientras ella supuso que había tratado de decir algo así como encantando.

Deseaba terminar la cena, apresuradamente, para instalarse frente al televisor a escuchar el último noticiero, aunque su mdre le iba informando las noticias que ella asimilaba de cucharada en cucharada, la importancia que aquella daba a los acontecimientos no estaba de acuerdo al punto de vista de Julia, en ocasiones un gran acontecimiento de su madre y que lo transmitía con voz estridente era respondido con un ¡oh! Por Julia.

Instalada frente al televisor para escuchar lo que quedaba del informativo le parecieron pequeñas cosas el millón de muertos en la guerra Irán-Irak, los bombardeos de Líbano, pero no fue así cuando escuchó en la sección deportiva que Andrés Gómez había ganado un encuentro importante y que encabeza la copa marlboro, automáticamente encendió un cigarrillo para sentirse de tono y escudriñó por el sitio estratégico que había elegido para controlar a los pintores y alcanzó a ver a uno de ellos que pasaba la brocha de arriba hacia abajo con cierto ritmo, era don Fito, y se sintió segura y pensó en la recomendación que le había hecho su amiga, aspiró el cigarrillo con tanta fuerza que se confundió con el revés conque Gómez derrotaba a su contrincante. Ahora tendría que esperar la finalización de la obra que ella había empezado y elegir, otra vez, entre seguir la corrección de los exámenes del colegio o ver el cine de medianohce que anunciaba la televisión con una película de terror; el terror no era su predilección, prefería las telenovelas, pero a esa hora imposible, además el terror nos hace sentir acompañados de nosotros mismos o por lo menos con la sensación de que alguien nos persigue y eso es bastante, había dicho con aire de complacencia en un instane de descanso en la clase de la universidad, esos instantes en que el profesor aprovecha para contar alguna cosa que no tiene nada que ver con el tema tratado pero que a todo el mundo le interesa por salir del tema.

Entre sobresaltos y bocanadas de humo, Julia controlaba a los pintores que se iban alejando de su vista a pesar del sitio estratégico que había elegido y sólo la suavidad y el ritmo de los brochazos de don Fito la percataban de la continuidad del trabajo. La persecución de Jackeline O’Hara por la secta diabólica se hacía más tensa, miles de gusanillos recorrían el cuerpo de Julia que a veces se incorporaba con intenciones de apagar el televisor, pero eso era la única posibilidad de mantenerse despierta para controlar a los pintores, además el terror era a veces atenuado por alguna cosa de la vida familiar que don Fito preguntaba a su ayudante y éste trataba de responderle apresurado aunque siempre se quedaba con la primera sílaba y don Fito le ayudaba a construir la respuesta sin inmutarse. Julia sonreía suavemente mientras en la pantalla Jackeline O’Hara buscaba un sitio para esconderse de sus perseguidores, la noche oscura se iluminaba a ratos, por las centellas que caían a granel y entonces se podía observar el pelo rubio, largo, de Jackeline que se introducía por sus labios, su vestiod empapado daba cuenta de su esbelta figura, cuando el camarógrafo la tomaba volteándose para ver a sus perseguidores, entre gemidos y continuas caídas, a la distancias una casa blanca de madera que parecía la única alternativa y Julia deseando que haya alguien allí para socorrerla.

La fatiga de la doble jornada, los brochazos de don Fito y las constantes ayudas que se encontraba Jackeline, surtieron un efecto sedante en Julia, que instalando toda su humanidad en el sofá se durmió profundamente, sus lentes que parecían haber nacido con ella se acomodaron a la posición de su rostro y en poco tiempo Julia, el sofá y los lentes roncaban al unísono.

De no ser por la gata, paquita, que maullaba erótica en el tejado, Julia no se hubiera despertado sobresaltada. En el televisor ya no estaba Jackeline O’Hara, sólo una serie de puntitos y el sonido desagradable de la imagen no presente. Restregándose la modorra de los ojos miró el reloj que marcaba las tres y veinticinco y ya no se preocupó por el desenlace que pudo tener Jackeline en la película, no se escuchaba el sonido de las brochas y pensando que habían terminado salió en bata de dormir. En la esquina de la villa don Fito cerraba los ojos y llevándose las manos a la cabeza le decía no así al oficial que ahora tenía mayor dificultad para formular palabras, éstas se le encerraban con egoísmo en la garganta, gesticulaba, movía la cabeza y levantaba el tarro de pintura tratando de explicarse ¡Dios mío!, dijo ella, cómo es posible, y reclamó airada a don Fito, le recordó las indicaciones precisas que le había dado, el color de la villa era blanco hueso y la pintura café debía utilizarse para decorarla con dos franjas en la parte inferior. Don Fito contestaba que sí, que era un hombre competente y que era la primera vez que lo hacía quedar mal, además como cada quien había empezado el trabajo por su lado sólo cuando se encontraron en la intersección advirtieron la falla. El oficial seguía gesticulando, tomando el tarro de pintura para mostrarlo a manera de explicación, a momentos llegó a construir palabras enteras y algo más, hasta pudo decir el error es humano, mientras miraba los protuberantes glúteos de Julia que se dibujaban a través de su camisa de dormir.

Serían las cuatro de la madrugada cuando llegaron al acuerdo de despintar la parte café de la villa que el oficial había efectuado equivocadamente; tendá que ser ahora mismo, aseveró Julia, explicando que en la noche siguiente terminarían la jornada y así ella ahorraría un día ya no que no tenía tiempo. El trabajo de despintar se hizo tedioso, el cansancio de los tres se hacía cada vez más presente; Julia, que se había incorporado al trabajo, susperaba en cada tramo que dejaba en blanco su espátula, don Fito que era más profesional, conservaba la tranquiliidad y trabajaba como si el despintar hubiera siod parte del contrato. Cuando pasaban los estudiantes y el sol se instalaba casi definitivamente el oficial limpiaba el último tramo de pintura, mientras miraba de soslayo los glúteos de Julia que ya no eran los mismos, ahora con un bluyín holgado y manchas de pintura.

La chica regordeta debió estar mucho tiempo frente al escritorio de Julia, pidiéndole le diera una nueva oportunidad para hacer el examnen y explicándole las razones de su baja nota. Los lentes de Julia que habían estado fijos en la chica dieron a ésta una cierta impresión de comprender su problema, pero Julia se limitó a decirle que lo iba a pensar y mientras se alejaba la chica miró sus formas redondas, exageradas, su pantalón azul que lucía relleno, y pensó en la noche que le esperaba: el control de los pintores, las últimas noticias de las once y treinta, pero ya no estaría Jackeline y Julia correría por la noche tempestuosa, a la distancia la casa blanca, última oportunidad de guarecerse de los pantalones machados y los tarros de pintura que llevaban en sus manos los perseguidores.

miércoles, 12 de mayo de 2010

ALREDEDOR DEL CÍRCULO

La calle de los sueños no tiene árboles, ni una mujer
crucificada en una flor, ni un barco pasando las pági
nas del mar”.

(Vicente Huidobro)

Cada vez que pasa esta mujer vestida de blanco con su bonete almidonado cuidadosamente -llamado cofia- me recuerda a no sé quién, siento que hay algo de familiaridad entre ella y yo. A lo mejor su caminar lento y seguro me relaciona o trae a la memoria alguna tía, parienta, alguien que seguramente conocí y se ha quedado vagando en el recuerdo sin presentarse de manera clara y como si temiera desaparecer. Ayer, a la hora de las medicinas, en la tarde, me sonrió y tuve la impresión de haberme ganado algo así como un premio a pesar del tiempo en que nos conocemos en que llevamos compartiendo este espacio. Tal vez lo que más admiro en ella es su seguridad, la decisión de sus acciones que se puede advertir desde el momento en que se la ve caminar. La otra noche que el hombre de la cama 32 se puso muy mal y nadie, incluyendo a los internos, era capaz de atinar qué hacer a esas horas de la madrugada, fue ella quien al primer aviso decidió llamar al residente de turno y sugerirle que le hiciera una traqueotomía porque se estaba asfixiando y claro, el hombre todavía se encuentra en estado de coma, pero lo importante no era eso sino salvarle la vida y para ello hay necesidad de decidir, de tener seguridad, eso que aquí solamente tiene ella. A veces me pregunto, entre tantas cosas, si es a ella que le debo, aunque sea en parte, no la resignación sino la entereza que me permite estar aquí, entrar, salir, volver a entrar sin saber ya dónde se encuentra mi sitio. Si efectuara un balance creo que me debo aquí, además las cosas que he aprendido en este lugar han aumentado mis conocimiento y fortalecido mi experiencia, claro está que por la relación que existe con mi profesión. Las cosas que cotidianamente uno ve cuando se encuentra afuera tienen una óptica diferente cuando nos encontramos aquí adentro, se las analiza, se familiariza con ellas, también es cierto que es cuestión de la capacidad de cada quién, pues hay mucha gente que entra, sale o se muere sin saber lo que ha tenido o tal vez asimilándolo como algo natural de la vida. Ahora que pienso en eso miro el ejemplo del negro Ranulfo de la cama quince, que está frente a mí, su paciencia para aceptar la enfermedad, la tranquilidad con la que espera que cada dos o tres semanas venga su familia a visitarlo y le informen cómo están las cosas por allá, entonces él pregunta, da órdenes, y el griterío que arman se transforma en lo que la gente llama una merienda de negros, pero luego de eso, cuando se queda sólo, parece que la presencia de sus familiares lo acompaña de manera invisible, se pasa mucho tiempo pensando con sus ojos amarillentos clavados en el tumbado y sus enormes pies que casi lo cubren en mi perspectiva, y que con gran esfuerzo logra colocar uno sobre el otro. Más tarde se levanta, come normalmente, camina, y esto sí que le gusta, parece que los médicos le hubieran dicho que caminando va a curarse, a veces se queja por las noches, balbuce palabras que no alcanzo a entender claramente, es el mal de elefancia, dice, y lo mismo repiten casi todos lo de la sala, incluyendo algunas enfermeras y barchilones; para su familia esto es una situación normal, quiero decir que la enfermedad forma parte de la vida de toda familia y a lo mejor sea su única realidad. Los médicos la llaman elefantiasis, ese es su nombre científico y por el que yo me siento más inclinado, debe ser, me digo, a causa de mi oficio.

Hoy es miércoles, el sábado vendrá Emilia, con seguridad y me traerá una de esas sopas, ella tiene la creencia de que las sopas son el único alimento recomendable para todo tipo de enfermedad, esa creencia que se la aprende allá fuera, en cierto nivel, y a veces uno mismo alimenta esa forma de pensar. Por ejemplo, recuerdo cuando llegaba de trabajar, especialmente esos días en que se ha tenido que hablar mucho, tal vez sin pensar en la necesidad de ser efectista en el trabajo, sino por ese afán y deseo de sentirse bien cuando se está diciendo algo a un grueso público y se ve la atención con la que escuchan y la necesidad que tiene de escuchar, de recibir esas palabras y la satisfacción que se siente cuando es uno el que las dice, y entonces una vecina me preguntaba si podía darle un plato de sopa a su hijo que había tenido fiebre alta durante todo el día y yo le daba mi aceptación, y más aún se la daba a manera de recomendación, ya que al decirle sí déle un plato de sopa que le va a hacer bien estaba, además de haciéndole una recomendación, aprobándole en parte su capacidad materna para las dietas.
Volviendo a Emilia, ella nunca ha sido una gran cosa ni una santa, pero sí la mujer que me ha soportado y la que más solidaridad me ha demostrado. Lo del serrano Alberto es cosa que la sabe todo el mundo pero ella jamás ha intentado negarlo ni referirse al tema, por mi parte, nunca le he preguntado ni he hecho alusión alguna sobre su presencia, parece que hubiera un acuerdo tácito entre nosotros para no referirnos a la otra persona a la que sin embargo no le negamos la existencia. Ella cuando se refiere a él lo hace de manera muy impersonal, voy a ver a Alberto o tal vez pase el serrano, dice, y yo jamás he intentado reclamarle no porque no estemos casados sino por la costumbre que tenemos desde hace muchos años -antes de encontrarme aquí- de ser una pareja que convive con la presencia de alguien más y no se inquieta por ello. Ahora, para mí la negra Emilia, además de una compañera, es alguien que me conecta con lo que está afuera, más allá de las camas y paredes blancas de esta sala y de los pasos seguros de esta mujer recién almidonada que nos viene a informar que son las cinco y media de la tarde y es la hora de rezo.

Señoras y Señores, decía yo con acento solemne en tono preciso, mientras comenzaba a dibujar un círculo con tiza blanca en un espacio bien elegido del parque y la gente al escuchar mi tono se iba congregando como quien se ha dado cita a un mitin político; entonces, luego de una bien delimitada pausa, comenzaba diciéndoles que era el enviado de una conocida casa de comercio internacional con sede en la ciudad de Bogotá-Colombia -esto último lo decía por si acaso alguno de los presentes no conociera a qué país pertenecía esa ciudad- para llevar a efecto la propaganda de un nuevo producto cuya salida al mercado dependerá de la efectividad que logre entre ustedes. Hasta eso, el círculo ya estaba terminado y la gente disciplinadamente se había colocado en el lado prudencial para no interrumpir ni arremolinarse sobre mí y yo elegía entonces, de entre la concurrencia, a un chico de diez a doce años a quien nombraba ceremoniosamente mi secretario y cuya aceptación, a más de colocarlo como actor del espectáculo, estaba acordada por unos sucres que le daría al término de la exhibición. 

Pero no todos los allí congregados eran parroquianos ingenuos, gente que tenía obligadamente que tomar esa ruta porque era la llegada y partida de la ciudad de las cooperativas de buses intercantonales, algunos eran curiosos que de paso al mercado central, que todavía está a cuatro cuadras, se detenían un momento en el parque Victoria, y al poco tiempo que éstos podían dispensarme había que saberlo aprovechar y así uno tenía que hacer cerebro para presentar cada vez una cosa nueva o la misma cosa con otras cualidades, aún a sabiendas que una parte de la gente allí presente me conocía desde hace algunos años en mi profesión de propagandista de productos poco comunes y cuyo espectro o radio de acción - estas palabras también eran de necesaria pronunciación para atraer al público- era bastante amplio. Algunos de mis colegas optaban por presentar barajas y ensayar algo de quiromancia, otros se hacían ventrílocuos con el objeto de vender simples tijeras, a mi compadre Pedro Almache le daba buen resultado colocar en una urna a mi comadre Julia, su mujer, que medía menos de metro y medio y con el cuerpecito que se gastaba y la carita de mujer debilucha decía que se encontraba en estado de concentración y de allí su reducción física, que era capaz de adivinar el porvenir, descubrir robos, maridos traidores y toda clase de desventuras. Lo malo era que tenía que ventilarse en público el problema que cada uno de los clientes presentaba, porque, aunque se lo contaran en voz baja o al oído de mi compadre, éste se dirigía en fuerte tono a la señora que estaba en la urna, ya que era la única forma que tenía acordada a manera de clave, el nivel del tono y la rapidez con que pronunciaba lo que se suponía era la pregunta del cliente, a su vez mi comadre Julia hablaba a través de un micrófono instalado en el pequeño baúl y el alto volumen de ambas voces, especialmente la de mi comadre, se escuchaba hasta dentro de la iglesia que se encuentra al frente, de manera que cuando mi comadre hacía alusión a algún marido traidor denunciando sus amoríos con una vecina o el robo de unos aretes por el sobrino desocupado de la señora que había hecho la consulta, interfería la voz del sacerdote que en esos momentos cantaba misa, decían algunos feligreses que el barullo a veces era tal, que el alto parlante con la voz de mi comadre invadía la iglesia y las frases que articulaba el sacerdote quedaban sin sonido y parecía ser él quien estaba descubriendo, adivinado y aconsejando, otros decían que a momentos los cristianos disfrutaban de una especie de espectáculo, ya que el padre parecía un fonomímico del discurso de mi comadre. Esto trajo muchos problemas a mi compadre Paco que, debido a las reiteradas quejas del párroco, tuvo que bajar el volumen de altoparlante y comenzar a dar consultas individuales, cosa que ya no era lo mismo, porque a causa del tiempo que se tomaban resultaban más costosas y porque al levantar la cortina del cajón que pasaba por urna, donde se encontraba mi comadre, las personas no eran tan ingenuas descubrían la verdadera dimensión y las limitadas condiciones de quien se hacía pasar por pitonisa -una mujer inteligente pero que sólo llegó hasta tercer grado- y aquello les restó algo de públco, pero se mantenían.
En mi caso, creo que debe haber sido mi personalidad y la certeza de mi lenguaje que los mantenía siempre a mi alrededor, y sobre todo alerta, luego de dibujar el círculo y designar a mi secretario lo único que acostumbraba antes de anunciarles mi producto era presentarles a Enriqueta mi culebra, una pequeña matacaballo que me acompañaba en toda mi vida profesional, cuando moría me encargaba de reponerla por otra igual, traída de la Bocana, mi pueblo, lo que daba al público una sensación de eternidad a los seres que yo manipulaba, a las cosas que me rodeaban. A Enriqueta yo le daba los calificativos más elocuentes en cuanto a su fiereza y a la acción inmediata de su veneno, se podría decir que entre ella y yo existía también un convenio, ella sentía la presencia del público desde su cajoncito donde yo la mantenía encerrada y apenas la llamaba y hablada de sus condiciones comenzaba a emitir sonidos que alarmaban a sus curiosos, pero que al mismo tiempo producía en ellos una exacerbación de su curiosidad, un interés supremo por saber lo que ese animal era capaz de hacer y cómo era posible que me permitieran exhibirla en una plaza pública. Cuando abría el pequeño hueco del cajón y Enriqueta sacaba la cabeza imitando los movimientos de las bailarinas árabes que aparecían en las películas del teatro Victoria algunas de las amas de casa se persignaban como si estuviera viendo al demonio, proferían expresiones como Jesús, María y José, pero la curiosidad les impedía retirarse y se instalaban de la mejor manera para ver el desarrollo del espectáculo.

Las once campanadas de la iglesia me anunciaban que era tiempo de apurarse, por cuanto el público podía sentirse incómodo, especialmente las amas de casa que habían salido de compras al mercado y estaban allí desde hacía casi media hora. Había llegado el momento de entrar en el asunto, generalmente comenzaba contándoles los síntomas de las enfermedades que creía poder afectar a esa clase de público y ellos fijaban su atención como si no sólo estuvieran escuchando sino que desearan padecer esas dolencias. Claro está que mi producto no era un curalotodo, sino una pomada que tenía un espectro limitado - esta palabra que utilizo frente al público la encontré en las indicaciones de un producto farmacéutico - tal vez era esa una de las buenas razones de la acogida que me daba el público, ya que no me consideraban un charlatán que les quería vender algo para todos los males. Las explicaciones debían ser claras y precisas aunque las palabras debían deslizarse con tal rapidez que los asistentes no logren reponerse del golpe informativo que se les daba ni tengan tiempo de razonar; una técnica parecida utilicé con la serrana Herminia, que trabajaba de cocinera en la casa ploma esquinera de 10 de Agosto y Pío Montúfar, cuando esa noche, luego de unas cervezas que tomamos con mi compadre Paco, escuchando los boleros de Olimpo Cárdenas tarareando los pasillos de los hermanos Montecel, al pasar a media noche por la esquina la vi asomada como esperando a alguien y le hice señas para que bajara, en principio no me entendió o fingió no entenderme, pero luego, sin que nos percatemos o sin que me percate, comenzó la comunicación; yo le hacía señas para que bajara como si estuviera algo importante que decirle y ella me contestaba, también mediante señas, que cuál era la cosa importante que quería decirle, de repente nos encontramos hablando por señas como si nos hubiéramos conocido desde hace mucho tiempo y el asunto que tratábamos era urgente. Cuando bajó la zaguán comencé a acariciarla y ella también como si hubiera estado esperándome, no hubo una sola palabra, me devolvía beso con beso, caricia con caricia, bajé las manos y toqué sus glúteos que parecían de caucho y sentí una profunda exhalación suya a mis oídos como si algo hubiera estado guardado por mucho tiempo y de pronto se lo recuperaba, alguien lo recuperaba, eso vino acompañado por más caricias suyas y mis manos comenzaron a recorrer todo su cuerpo, le saltaban los senos como caballitos de verano y en su éxtasis me susurraba deje don Huayas y aquello me provocaba mayor excitación y la acosaba, era un defensor tratando de cubrir a su atacante, ahora yo también aspiraba y exhalaba fuerte y el olor de la cerveza con el de sus manos, a grasa con detergente, a mantel recién lavado, producían una extraña mezcla; de pronto introduje la mano en la entrepierna y sentí una protuberancia, algo así como un gran atado de cangrejos, traté de penetrar más pero ella dijo no y subió rápidamente la escalera y me miró en el primer descanso con aire de ternura, me di cuenta que ella me conocía por mi nombre profesional -el indio Guayas- y, lo más importante tal vez, que tenía alguien a quien acudir luego de una noche de pasillos y cervezas.
Puedo decir que desde entonces mi vida oscilaba entre los encuentros nocturnos y ese diario enfrentamiento con el público, lo que para mí era no sólo una prueba en la que podía resultar perdedor sino algo de lo cual una vez finalizado el espectáculo me proporcionaba una satisfacción especial, tal vez esa sensación que deben experimentar los boxeadores luego de un combate en el que han resultado vencedores, lo que me impulsaba a un nuevo enfrentamiento con ese mismo público la mañana siguiente. En las noches de bohemia, que por lo menos eran cuatro por semana, cuando con mis colegas en el salón del gordo Gilberto tomábamos cerveza escuchando a los Hermanos Montecel, que nos gustaban por su voz ronca como de mala noche, que se fueron apagando con la aparición de Julio Jaramillo, los boleros de Los Panchos, Daniel, Bienvenido Granda, y sobre todo esa voz cadenciosa, aguda de Celio González, nuestro tema principal era relatar la habilidad que cada quien tenía para convencer al público, a sabiendas que los productos que vendíamos se los podía adquirir a precios irrisorios en cualquier tienda de abastos o botica y que esas mezclas a la que dábamos nombres específicos y generosas funciones sólo eran creídas por los muy incautos e ignorantes, ya que los demás disfrutaban de ese espectáculo que les ofrecíamos, donde lo importante éramos nosotros, actores de las dolencias y beneficios del producto y autores del texto que permitía venderlos. Claro que con los tragos se nos mezclaban el papel de actor de plaza pública con el de protagonista de las historias tristes que narraban las canciones, todo ese heroísmo demostrado o pretendido se derrumbaba en las notas de una rocola, pero para nosotros era normal, una parte de nuestra vida.
Cuando se cerraban los salones de bebidas de la plaza, bastante ebrio pero sin perder la compostura, ensayaba el silbido acordado y la serrana Herminia bajaba hasta el portal como si hubiera estado esperándome; entonces se abría esa gran puerta de metal con que el licor la veía como una muralla y retomábamos la pasión exactamente donde la habíamos dejado la última vez y sin decirnos palabra.

Un poco apresurado por el tiempo continuaba con la explicación de mi producto -la pomada San Guillermo-, considerando que para explicar cada una de sus propiedades curativas era necesario un poco de actuación, así para las almorranas les decía que se la untaran por las noches, tibiándola un poco, y con el dedo meñique porque con cualquier otro se les podía hacer costumbre; esa forma de presentarles el producto, salpicada de una cierta dosis de humor, los atraía, se establecía entre nosotros una cierta familiaridad. De entre ese público asistente conocí a la negra Emilia, una asidua del parque que se deleitaba escuchando a los propagandistas que allí operaban sin otra intención que la de distraerse al escuchar la habilidad conque éstos presentaban los beneficios del producto que querían vender. Me recuerdo bien esa mañana en que estaba algo problematizado por el escaso público que tenía, por lo que tuve que sacar a Enriqueta y hacerme picar el brazo para demostrar las propiedades curativas de mi pomada, sudaba a chorros bajo un terrible sol de invierno cuando al levantar los ojos la vi frente a mí, me pareció bastante alta, a lo mejor por el sopor, esbelta y con una mirada de comprensión que casi llegó a molestarme, sin embargo continué con mi trabajo y una vez finalizado el acto, cuando me encontraba retirando el material para arreglarlo, la ubiqué a mis espaldas, a más de un metro de tiza demarcatoria, como intentando establecer un diálogo conmigo, la verdad yo jamás me imaginé que eso pudiera darse por cuanto ella y yo nos conocíamos lo suficiente, ambos circulábamos por la misma zona, y ese factor del desconocimiento que incita a hacer amigos, a juntar a las personas, que conlleva la sorpresa, no jugaba con nosotros. Pero viéndola sola y como esperando mi abordamiento me le acerqué, como conocía mi comportamiento no le pude preguntar lo que opinaba de mi trabajo y por un momento no supe qué decirle, cosa rara para alguien acostumbrado a hablar, pero se me ocurrió preguntarle sobre el calor que hacía y le propuse tomarnos una cola en el kiosko de enfrente, lo que ella aceptó sin objeción alguna, cosa que me dejó algo sorprendido.


No recuerdo bien cómo se inició nuestra cuestión amorosa. Incluso no recuerdo qué sucedió luego de la invitación a tomar la cola, la verdad es que comenzaron a suscitarse cierto tipo de relaciones que parecían desinteresadas, tal vez esa falta de necesidad de conocernos fue factor determinante, ya que ninguno de los dos tenía algo que el otro no estuviera enterado, así un día sin pensarlo o sin antes que nos diéramos cuenta estábamos en la cama y fue esa una de las pocas ocasiones que no regresé a casa, pues aunque nadie me esperaba la habitación que tenía en la calle Pío Montúfar se había convertido para mí en un verdadero refugio desde que me instalé en esta ciudad. Estar con Emilia era completamente diferente a estar con Herminia, ya que si la serrana era ardiente sus movimientos eran bruscos, torpes, podría decirse, a eso se sumaba lo inapropiado del zaguán, en cambio Emilia, con mucha experiencia, sabía lo que había que hacer con un hombre para complacerlo, se entregaba completamente al placer en ese instante como si después fuera a tomar alguna embarcación para no regresar.

Me pareció, en principio, que iba a dejar mi cuarto y mudarme a casa de Emilia, en la calle Colón, pero decidí conservar la pequeña habitación sin consultárselo, pues con ella siempre ha existido una especie de convenio, donde la única obligación era un acuerdo tácito que impedía meter las narices en la vida del otro. Sin embargo, cuando ella salía de viaje hacia la frontera para traer su mercadería, trabajo que le permitía vivir con cierta holgura, yo me quedaba en casa, es decir alternando con la mía, para poder preparar mis productos. Siempre tuve la sensación que en su vida no estaba sólo yo, pero jamás intenté preguntárselo así como ella tampoco me requirió sobre la serrana Herminia aunque estoy seguro que lo sabía por la gente que lo frecuentaba.
Una vez que les había mostrado lo positivo del producto, efectuando las demostraciones necesarias, pasaba a ofrecerlo a la concurrencia, pero para esto sí había que increparlos, hablarles, de su falta de precaución e higiene, cuestión que ellos aceptaban de manera natural, ya que me colocaba como quien vela por su bienestar, y además porque formaba parte del espectáculo que para verlo tenían que por lo menos aceptar esa actuación, lo más difícil siempre era colocarle el precio, aunque tenía la suficiente experiencia en el trabajo siempre era necesario un poco de psicología para lo que el público que estaba en ese momento podía pagar, aunque de manera general el precio oscilaba de cinco a diez sucres; otra de las cosas importantes era ver quién era el primero que se decidía a comprar, algunas veces utilizaba un ayudante –burropié- quien al ser el primero en solicitarlo inducía al resto de la concurrencia, pero a medida en que se hacía necesario quería mayor participación en las utilidades y no me resultaba conveniente, por el contrario se me transformaba en un problema. Así que opté yo mismo, con un poco más de labia por ir llamándoles la atención de manera personal a quienes consideraba los posibles iniciales compradores, esto lo efectuaba elevando el tono de mi voz hacia quienes había detectado o calificándolos de personas inteligentes y mirándolos fijamente; en algunas ocasiones Emilia, cuando iba de paso, hacía de burropié sin que yo se lo solicitara y con la facilidad de comerciante que se manejaba lograba convencer a la mayoría con sólo hacer un gesto para adquirí la pomada. A Herminia a veces la veía cruzar cerca de la línea demarcada, quedarse un rato, pero su timidez la mantenía distante y sólo se quedaba extasiada con mi verbo que seguramente lo encontraba parecido al de los personajes de películas mejicanas que tanto le gustaban, luego la veía alejarse lentamente, algo desgarbada y con su amplia falda, aparentemente imposible que pudiera esconder allí unos glúteos como de piedra.


La tarde, por lo general, era de descanso a menos que la mañana hubiera sido demasiado mala. Acostumbraba la mayor parte de los días a almorzar en el Rei-Sar, de Luque y Santa Elena, que todavía existe y cuando estoy afuera lo visito, un buen apanado y unas cervezas bien heladas tomadas allí mismo me preparan para lo que pudiera acontecer en la noche. En ocasiones, cuando Emilia me invitaba, iba a almorzar a su casa y me quedaba de una vez a dormir. Como digo, jamás entre Emilia y yo hemos pensado en eso que la gente llama fidelidad, pues el no inmiscuirse en la vida del otro ha sido un convenio tácito; en ocasiones yo tenía ganas de ir a su casa, de estar con ella, pero con un simple gesto me daba a entender que no lo deseaba y detrás de eso dejaba trascender algún compromiso que tenía ese día.


Hubo días malos, especialmente cuando llegaba el invierno, entonces, debido a la lluvia era necesario trabajar por las tardes o esperar a que escampara y en eso se perdía el día de trabajo; muchas veces cuando ya estaba instalado y había dicho las primeras palabras, aparecía la lluvia y los clientes se retiraban en desbandada y yo tenía que levantar el material para lograr salvarlo, me recuerdo que una vez se me iba quedando olvidado el cajoncito con Enriqueta adentro y logré sacarlo de un charco que se había formado en pleno parque, más tarde me distraía secándola como a un niño que le había caído un fuerte aguacero. En los inviernos bastante malos, y cuando a consecuencia de la lluvia no se podía trabajar semanas enteras, terminábamos por buscar como única solución algún soportal, que sólo tenía espacio para un reducido público, pero a más de eso, el principal tema eran los municipales que aunque seguían recibiendo las ayoras que se les daba de costumbre, pedían más y en cuanto aparecía alguno de los superiores lo obligaban a retirarse cuando a veces uno estaba en lo mejor del trabajo, entonces había que buscar otro sitio para comenzar y con los ojos bien pelados controlando la caída de la patrulla, en eso se pasaba el día y no se había hecho ni para la comida. En esas circunstancias la relación con Emilia me fue muy positiva, ya que tenía asegurada por lo menos la comida para los malos tiempos -entraba a comer y salía aunque sea apresuradamente si ella tenía algún compromiso- y cuando la situación apremiaba no me negaba un pequeño préstamo, por supuesto siempre que pudiera vender la mercadería que traía de la frontera, pero en general ella siempre tuvo una vida sin mayores problemas económicos. De tres compromisos estables que había tenido existía hijos que estaban en los diferentes hogares que luego habían formado sus padres y ella se limitaba a hacerles pequeños obsequios o a llevarles implementos de estudio cuando los visitaba, de esta manera, como decía ella, su libertad no estaba amenazada por la presencia de los hijos y podía mantener relaciones libres y sin mayor compromiso como las que tenía conmigo y divertirse un poco más, esta actitud suya al principio llegó a molestarme un poco pero más tarde la comprendí o, mejor dicho, la fui asimilando.
Cuando el reloj de la iglesia marcaba las once y cuarenta y cinco de la mañana y yo había terminado la mayor parte de mi trabajo, el grueso de la concurrencia una vez adquirido el producto se retiraba a sus quehaceres principales, sólo quedaban ciertos molestosos que habían comprado el producto creyendo en lo que constituía una de las partes más importantes de la forma de venta: dejar cierta ambigüedad en los espectadores que pudieran creer que se les iba a devolver el valor dado por el producto y que ellos lo conservarían de manera gratuita, ya que se trataba de una propaganda. Así, en una discusión sin mayor trascendencia, yo les explicaba en voz baja, que era un trabajo como cualquier otro en el que yo me había esforzado durante casi una hora para obtener una pequeña ganancia; la gente se retiraba cabizbaja y aunque muchas veces sentía de veras lástima por ellos no podía echarme atrás ya que esa era una de las reglas de mi trabajo. Sin embargo, cuando alguna anciana de repente se sentía estafada y me rogaba que le devolviera el dinero que lo tenía destinado a unas pequeñas compras en el mercado, me llegaba al corazón y disimuladamente la llevaba al zaguán más próximo para hacerme la devolución no sin antes prometerme no volverse a mezclar en la muchedumbre cuando me viera trabajando.
Muchas veces me he preguntado dónde se quedó ese mundo que imaginariamente, pero de manera absolutamente real, habíamos construido. Si hace menos de diez años deambulábamos llenos de optimismo vendiendo productos y palabras a quienes si no lograban una mejoría con lo que adquirían por lo menos habían pasado un momento agradable, congregados, escuchando a alguien que les traía algo que aceptaban como un bien. Incluso una gran parte de mis colegas, para no decir la mayoría, no eran propagandistas de productos curativos sino de implementos que ellos habían descubierto con su imaginación o que existían y pasaban desapercibidos y a los que ellos les daban mediante su capacidad una nueva utilidad aunque sea duradera por ese momento, pero que ayudaba a despertar la capacidad creativa de la gente y a estimularnos pensando que también ellos podían inventar una cosa parecida; de esa manera se vendían exprimidores de cítricos, tijeras que cortaban desde el rábano hasta las verjas de una casa, por supuesto a veces que cuando se les saturaba el mercado -nosotros siempre tratábamos de utilizar las palabras en su sentido adecuado- tenían que recurrir a productos curativos y entonces su especialidad se tornaba mixta, esto les traía algunos contratiempos por su falta de conocimiento para preparar una pomada o una poción, allí surgían reclamos del público por el efecto negativo del producto y tenía que dársele alguna explicación convincente, utilizando bien el cerebro, o alguna retribución económica, cuando estas cosas fallaban el propagandista tenía que desaparecer por un tiempo hasta que el perjudicado se cansaba de buscarlo.


Existía un aparatito que si no hubiera tenido mi especialidad me hubiera gustado promocionarlo: el pantógrafo, un implemento que no era invención nuestra pero que se lo había popularizado aquí, de aproximadamente veinticinco centímetros, dividido en tres partes, con los goznes de un metro de carpintero y que al colocarlo se abría como una araña, en el centro estaba asegurado por una punta metálica, un simple clavo pequeño, al lado izquierdo un pedazo de lápiz recortado con el que se recorría el dibujo y al lado derecho otro pedazo de lápiz, a veces un repuesto de esferográfica bien asegurado, con el que se iba reproduciendo el dibujo; este implemento permitía reproducir con bastante exactitud cualquier dibujo y ampliarlo, pero era necesario tener alguna habilidad para realizarlo porque no era una fotocopiadora, sin embargo lo importante era el interés que el público daba a ese implemento por las innumerables posibilidades que veían para ellos y sus hijos, algo así como poder transformarse en dibujantes sin tener las condiciones ni el conocimiento suficientes. Hubo algunas órdenes de prisión para algunos propagandistas que cometieron errores en especial los que incursionaban en la medicina por necesidad sin ser su especialidad, pero muy pocos fueron los detenidos, los propagandistas teníamos alguna importancia y nuestra función era reconocida como una labor al servicio de parroquianos y amas de casa, especialmente, aunque no fuera considerada completamente honorable para los ojos de algunos.

Es indudable que el tiempo nos jugó una mala pasada, como dicen los viejos de mi tierra, poco a poco nos fuimos quedando, ya no teníamos la suficiente fortaleza para desafiar los duros inviernos ni los tremendos soles, algunos se retiraron o buscaron otro tipo de trabajo que consideraron más estable, otros enfermaron y murieron como mi comadre Julia, que una mañana comenzó a toser desde la urna y por más que se esforzaba por contestar las preguntas la tuberculosis que le había corroído los pulmones se llevó las respuestas y hubo que trasladarla de urgencia al hospital donde falleció ese mismo día. Yo le decía a mi compadre Paco que la alimentara y no le hiciera tantos hijos que la pobre era tan pequeñita y esmirriada, a lo que él me contestaba que esa era la condición básica para poder realizar el trabajo. Luego de su muerte mi compadre se lanzó a la vida disipada, más tarde intentó volver a probar el número con otras mujeres, ya que era lo único que sabía hacer, pero no resultó, a lo mejor era la voz de la comadre la que surtía el efecto deseado por el público, por otra parte, todo el ambiente creado, el hechizo de alguien que adivinaba el futuro y descubría las cosas ocultas se vino abajo cuando sacaron tosiendo sangre a mi comadre Julia del baúl y observaron su verdadera estatura. Sin embargo, el parque sigue casi idéntico, le han hecho pequeños cambios que no lo han logrado transformar casi nada, sólo que ahora la gente no es la misma que antes, la aparición de los cantantes muchos de los cuales son un poco locos y que la gente los tiene como simples pedigüeños, los nuevos vendedores - ya no ser puede hablar de propagandistas- y que sin tener la facilidad de palabra necesaria ni el conocimiento sólo tratan de estafar al público, al escaso público que se congrega, y terminan perseguidos por los timados y muchas veces por la policía a pedido de los denunciantes. Pero además de la falta de nuestra presencia hay todo un mundo que se ha ido; la música que escuchábamos asiduamente porque tenía algo que decirnos, porque nos identificábamos con la historia allí presentada, se ha ido transformando, diría yo deteriorando, aunque el parque como digo está casi igual, a excepción de los arreglos que le han hecho al teatro, donde ahora sólo exhiben películas pornográficas, todo el ambiente me suena diferente; esa música: una cosa automática y que la gente entona sin conocer el idioma me suena tan postiza. La última vez que estuve en el salón del zambo Lucas con mi compadre Almache, escuchando nuestras canciones al calor de unas cervezas, incluso allí se nos filtraba algún jovenzuelo que interrumpía la comunicación que teníamos para colocar una cosa que decía algo así como físical y las y las contorsiones que hacía frente a la rocola nos parecían tan ridículas en un cholito de patas torcidas como él. Le preguntamos al zambo Lucas por qué había colocado esos discos y nos respondió que era la música de la juventud actual, no replicamos nada, recuerdo que al calor de las cervezas, cuando miré hacia la calle Sucre, pude ver a mi compadre Almache como en sus tiempos: vestido de terno gris, corbata roja y zapatos negros, paseándose imponente con el micrófono en la mano derecha mientras en la otra portaba un naipe cuyas cartas distribuía con habilidad de prestidigitador incitando a la concurrencia a que hiciera la pregunta que creyera conveniente a mi comadre, que se encontraba en la pequeña urna en total concentración, cuando parpadeé lo vi alicaído, flaco y con más de los sesenta años que se gasta, compadre, me decía y extendía su mano derecha sobre mi hombro, entonces pude ver sus manos envejecidas pero aún tersas, suaves, de quien no las ha utilizado para trabajos fuertes y el puño de su camisa guardaba todavía la elegancia que exhibiera un día, yo ya había mis primeros problemas hepáticos y se me prescribió una prolongada dieta blanda, pero hacía tiempo que no los frecuentaba que ese día tuve que ceder a la tentación de tomarme unos tragos; al colorado Aurelio se lo veía mejor, era un poco más joven, había cambiado de trabajo, su pobre muñeco parlanchín que le ayudaba a vender bagatelas lo había regalado a los muchachos del barrio para el año viejo y estaba haciendo viajes a la frontera con el Perú. El disgusto con Emilia fue bastante grave, me inquirió sobre la dieta recomendada por el médico y las consecuencias que me sobrevendrían, por esos tiempos estaba ya viviendo en su casa por lo delicado de mi salud. Desde esa ocasión he estado aquí cinco veces, al principio se me hacía imposible de soportar, cuando me sentía mejor, este espacio y la vecindad y buscaba ponerme bien para salir allá donde podía comunicarme con los demás, con los míos, pasearme de repente por el parque para que alguien se acordara de mí y dijera allí va, pero con tantas idas y regresos, he encontrado ahora mi espacio aquí, cuando no puedo conversar con alguien lo hago conmigo mismo o busco el recuerdo y disfruto de todo lo que se puede disfrutar: el poder ayudar a los que están en peores condiciones que yo; incluso disfruto de las cosas absurdas como el reparto de las medicinas cada cuatro horas que pasa el enfermero, cuando las indicaciones del médico son cada hora o dos, pero ellos lo hacen de acuerdo a un plan de reparto que se han trazado, así que de acuerdo a su rutina reparten los medicamentos en porciones que estén en relación con su horario. Pero es la mujer vestida de blanco, la monja que hace de jefe de sala, la que más me impresiona, por ejemplo hoy es miércoles y vendrá Emilia trayéndome las noticias de allá afuera, cuando se haya ido serán las cinco de la tarde, y a esa hora ella entrará vestida con su uniforme blanco impecable para invitarnos al rezo y cantará el ave maría con esa linda voz que tiene y yo me desplazaré en uno de sus agudos y trazaré un círculo de tiza blanca y nadie podrá pasar una vez que lo haya terminado y comenzaré a explicar con rapidez verbal los beneficios de mi producto, mientras la muchedumbre me escuchará con atención, estupefacta, y en la noche se abrirá esa inmensa puerta de metal y la serrana Herminia descenderá con su bata transparente, lentamente, y recomenzaremos donde lo dejamos guardado la última vez.


TAREA: 
Lea el cuento "Alrededor del círculo" y conteste las siguientes preguntas: 


1.- ¿Cuáles son los ejes temáticos sobre los que se sustenta la historia? Explique y justifique con citas textuales.
2.-  Escriba una reflexión acerca del tema central del relato. 3.-  ¿Explique cómo realizaba el trabajo el vendedor ambulante?
4.- ¿Qué ha sucedido en Guayaquil con la desaparición de los vendedores ambulantes?
5.-¿Qué tipo de narrador tiene la historia? Escríbalo y señale su punto de vista.¿Quién es la mujer vestida de blanco y qué es lo que más admira de ella el protagonista
6.- Identifica 5 figuras literarias con sus correspondientes citas textuales.
7.- ¿Qué técnicas literarias utiliza el escritor para crear la historia "Alrededor del círculo"? 

viernes, 12 de febrero de 2010

HISTORIA DE UNA INMENSA CUERDA


Si no fuera por el carácter de mi mamá no tendría que andar buscando a Juanito, a escondidas, para que me preste la cuerda. Bueno, yo creo que está algo cambiada desde que mi papá se fue con la comadre Sara, la vi llorar mucho y pasarse algunos días sin comer. Que cómo era posible estando yo tan chica, era lo que más le repetía a mi papá, pero él no le hacía caso, ella me comprende le decía y siempre las discusiones en el dormitorio terminaban con un así es la vida que le decía mi papá y mi mamá salía furiosa y como si quisiera desquitárselas conmigo; esta chica que me hace peso me decía avalanzándoseme, y finalizaba diciendo si no fuera por ella. Pero ya no me preocupa mucho eso. Desde que conseguí la cuerda en la tienda de don Jacinto, guardando el dinero que me dieron para el cuaderno de dos líneas para mejorar la letra, porque mi profesora insistía en que mi letra era mala y que se lo iba a decir a mi mamá y mi mamá después no sabía que hacer para que no salte la cuerda, que estudie más y juegue menos me decía, hasta que un día me la arrancó gritándome que era una machona, pero Juanito es diferente, mi mamá sólo le decía ese pecoso porque tiene muchas manchitas en la cara, pero es bueno, yo a veces le hago otras con mi esferográfica y parece entonces a esos muñequitos de la televisión. Su mamá dice que es un sucio porque no se lava las manos antes de comer y que se va a enfermar y le pega y no lo deja salir, pero él es bueno, cuando supo que mi mamá me había quitado la cuerda me consiguió otra yo que sé de donde, pero ahora tengo que saltar a escondidas de mamá. Por eso dice mi prima Julia que la vida tiene sus problemas, desde que su novio se fue a Estados Unidos y no le escribe ni le manda los dólares que le había ofrecido, mi familia dice que eran algo más que enamorados y que la ha dejado burlada, que a lo mejor se ha conseguido otra por allá, yo no entiendo bien eso, pero mi prima siempre está triste y recostada en el sofá le gusta escuchar ese bolero que dice la soledad es pasajera, hasta se me ha quedado de tanto que lo repite, creo que una de las partes que más le gusta es la que dice que alguien vendrá y tú serás feliz, entonces enciendo un cigarrillo y la mirada parece que estuviera fuera del cuarto y una vez terminada la canción enciende la televisión, me ha dicho que le gustaría ver algo en que él regresa a los tiempos y se casa con ella, y a veces que sucede algo parecido en la telenovela mi tía la mira con mala cara y le dice ése es un hombre, pero a mí lo que más me interesa es la cuerda, cuando uno salta es como si el mundo cambiara, como si las cosas y las casas comenzaran a saltar conmigo, por eso quiero a Juanito y el otro día hasta soñé con él y se lo conté a mi mamá y me dijo que no eran sueños para mi edad y me amenazó con castigarme si volvía a soñar algo parecido, ese es el ejemplo de tu prima, gritó, y también le echó la culpa a mi papá, no me gusta que le diga sinvergüenza porque cuando viene es cariñoso conmigo y siempre me deja dinero y mi madrina Sara me da para los caramelos, como dice ella, pero me pide que no se lo diga a mi mamá, porque para ella es sólo esa puta desgraciada. Mejor no le hubiera dicho del sueño a mi mamá ni al padre Fernando porque él siempre tiene una mirada que no me gusta, sino que era obligatorio que todos los niños vayamos a confesarnos cuando termina el año escolar y mi mamá me dijo que no fuera a mentirle al padre y él me dijo que le contara todo y yo le dije el sueño de Juanito y entonces él se interesó mucho y me dijo que yo ya estaba grande, que me estaba haciendo mujercita, pero lo que no me gustó fue que me dijo cosas que yo no había soñado, porque en el sueño Juanito no me besaba ni me tocaba los senos ni las piernas, eso fue cosa del padre Fernando que estaba nervioso y colorado como si le hubiera subido toda la sangre a la cara, además los ojos como que se le iban a caer tratando de mirarme de pie a cabeza por la ventanilla del confesionario hasta que de pronto me pareció que su cabeza se iba a salir por aquella ventanilla y entonces le dije que sólo era un sueño, él volvió en sí, como que se recogió y me dijo que otra vez que tenga un sueño parecido se lo vaya a contar nomás. Creo que no voy a tener problemas en mi casa por esos tiempos, hoy día voy a jugar a la cuerda con Juanita y luego iré a casa de mi prima Irene porque a mi mamá le toca recibir a don Esteban, que dicen que es un buen hombre pero que tiene muchos hijos en algunas mujeres pero mi mamá dice que es para ella como un hermano y a mí me parece que sí porque cuando la visita le da muchos besos y me ha prometido hacer una bonita fiesta el próximo jueves que cumplo diez años.

Lee el cuento "Historia de una inmensa cuerda" y contesta las siguientes preguntas.

1.- ¿Cuál es el eje temático del relato "Historia de una inmensa cuerda". Explique y justifique con citas textuales.
2.- ¿Qué tipo de narrador tiene el relato? Escriba y justifique con un fragmento de la obra. ¿Qué función cumple el narrador en la obra?
3.- ¿Cuáles son los nudos o punto central de la historia?
4.- ¿Qué indicios nos ofrece la historia y hacia dónde apunta esta significación?
5.- Elabore un mapa conceptual con las secuencia de la historia.
6.- Escriba 5 figuras literarias utilizadas por el autor en el relato con su correspondiente cita textual.

Observa el video creado por estudiantes Segundo Bachillerato Sociales Z del IPAC
(Guayaquil - Ecuador)