martes, 1 de junio de 2010

EL COLOR DE ROSAS

“Con una mujer se pueden hacer
tres cosas... Quererla, sufrir o

hacer literatura”.

                       (Lawrence Durrel: Justine)

Muchas veces al cruzar por esta calle y especialmente al detenerme en esta intersección con el semáforo en rojo, me he preguntado cuántas ocasiones he pasado por aquí en los últimos tiempos y, lo que es más interesante, es que al hacerme la pregunta también se la hago a otros: por ejemplo al señor del Subaru último modelo que lo he observado correr apresuradamente como si estuviera en unapista para encontrarse con un semáforo en rojo; a la señora del Morris, con quien hemos venido corriendo a la misma velocidad y casi juntos y aunque he tratado de mirarla abiertamente para demostrarle cierto interés, ella se ha limitado a mirarme de soslayo en el momento que se detiene frente a un semáforo y hace como si mirara al espejo retrovisor o, mejor dicho, como si el retrovisor fuera un espejo de tocador. Pero lo que más puede interesarme son las experiencias que cada uno de ellos haya tenido en este recorrido o que proyecte tener, ahora que son las cinco y treinta de la tarde y los empleados han comenzado a desocupar las empresas. Así la tarde que conocí a Susana, es decir cuando la vi de pie, delgada y con gestos delicados haciendo señas a los transportes que pasaban y, aunque la parada estaba repleta, ella no desesperaba ni perdía la paciencia como los otros, quizás una de las cosas que me impresionó inicialmente fue su tranquilidad, eso que dejaba trascender mediante la espera del colectivo que la llevara a casa, mientras yo saboreaba desde una mesa ubicada en un buen sitio del bar de Fabricio lo que acontecía; sentí entonces deseos de invitarla a beber algo, un jugo tal vez o un té mientras esperaba que pasara algún colectivo con cupo, pero me pareció algo impertinente, quién iba a creer en las sanas intenciones de un hombre de cuarenta años que, instalado cómodamente en un bar tomándose una cerveza, ofrece comedidamente un refresco a una joven que espera el autobús o algún transporte que la lleve a su casa luego de una jornada de trabajo. Cuando miro por azar, en esas situaciones que uno espera algo y es necesario mirar alrededor, el encuentro con sus ojos me causó más conmoción que a ella, quiero decir que quien se sintió inquieto, algo así como descubierto fui yo, no sabía si cambiar la mirada, encender un cigarrillo, tomar un sorbo de cerveza, pero temí hacer algún movimiento que pudiera delatar mi situación nerviosa y sólo pude intentar una sonrisa algo cándida y no logré soportar el quedarla mirando fijamente.

No sé si el colectivo que la tomó me salvó del ridículo que estaba haciendo, mirándola con ojos de perro faldero y haciéndome el disimulado, o fue a ella que la libró de esa molestia que provoca la espera a lo que se sumaba la presencia de alguien de mirada desconsolada y de gestos inseguros y ambiguos.

Tampoco pensé cuántos días pasé recordando esa situación que me había ocurrido. Hubiera querido podérsela contar a algunos de mis colegas o por lo menos a los más allegados al consultorio jurídico. Una tarde invité a Melgarejo a tomarnos unos tragos y mientras me narraba los aciertos y reveses de su vida profesional, mientras me describía con detalles que lo enorgullecían la forma cómo le había ganado el pleito a la empresa arenera, yo seguía pensando en ella: esbelta aunque menuda, pies pequeños, los dedos largos que se le hacían notorios cuando levantaba las manos para pedir -hacer señas- que el colectivo la llevara, pero de pronto descubrí algo: esos ojos con los que soportó mi intermitente mirada parecían dar la posibilidad de una recepción, una especie de contubernio que habíamos establecido o que yo imaginaba habíamos establecido esa tarde. Cuando regresé a la mesa, Melgarejo me preguntó si estaba pensando en alguna hembra y para secundarlo tuve que decir que sí y que todo marchaba sobre ruedas; la noticia le causó extremada alegría y comenzó a pedir más cervezas y bebimos no sé hasta qué hora ni qué cantidad, conversamos largamente sobre la profesión, la familia, la política, pero yo ya no estaba allí, había regresado a aquella esquina donde la chica delgada y menuda hacía señas a los autobuses para que la tomaran, mientras a escasos metros yo la miraba intensamente sin que nadie, incluso ella, pudiera impedírmelo, de repente descendía la vista hasta el nivel de mi compañero Melgarejo y me encontraba con sus risueños y solidarios ojos, entonces con el gesto convenido levantábamos el vaso balbuciendo salud sin torpezas ni nervios, con absoluta seguridad.
***
Cuando dieron las cinco de la tarde cerré mi escritorio y aunque la secretaria me dijo que había clientes esperándome, le contesté que buscara la manera de deshacerse de ellos por cuanto yo tenía una cita de mucha importancia. Instalado en la misma mesa que por suerte encontré ese día, comencé a preocuparme cuando las campanadas de la catedral marcaban las cinco y cuarenta y cinco minutos y ella no aparecía. Muchas ideas se me cruzaron, pero consideré que no era el momento apropiado para ponerme a hacer disquisiciones sobre su presencia, en estos casos los primeros en aparecer son los celos y entonces uno comienza a verse todos los defectos: los tacos de los zapatos están gastados, la corbata que no es del color adecuado, que nos han comenzado a salir las canas, que se notan ciertas arrugas y siempre hacemos la comparación con alguien tan perfecto a quien ni luego de reconstruirnos podríamos igualar. Cuando retorné de mi disquisición me encontré, como quien despierta de la anestesia, con una figura delgada, menuda, que no alcanzaba a aclarar por lo borroso de mi pensamiento, y de pronto me vi frente a ella, es decir era ella la que estaba frente a mí, lo que me daba la sensación de no ser sólo yo quien insistía. Inclinado hacia la derecha, como si le estuviera dando espacio para entrar en mí, me sonreí y la saludé cortésmente y me pareció que hubo una cierta correspondencia, traté de levantarme para invitarla pero no lo creí conveniente, me vi desde otra mesa a un hombre de cuarenta años tratando de conquistar a una joven que quizás podría ser su hija, sin embargo su sonrisa y la seguridad que imagino logró comunicarme me impulsó a hacerle una seña de invitación, ella volvió a sonreir con agrado y pude darme cuenta de sus dos dientes frontales que con una magnitud especial permitían la caída adecuada del labio superior y me pareció una gracia que ni siquiera necesitaba la palabra, fue entonces cuando me puse de pie y decididamente la invité a la mesa, ella con un gesto muy explícito me dijo que tenía prisa por su colectivo, insistí balbuciendo palabras que no recuerdo y eso la hizo interesarse, por suerte en ese instante pasó una buseta repleta y aproveché con un gesto para decir que tenía razón. Cuando se sentó a la mesa mi inseguridad había desaparecido, pues me pareció no tener otra pretensión que invitarla a la mesa o así lo sentía en ese momento, le pregunté qué se servía y ella ordenó un jugo de duraznos. Sus dedos largos levantaron el vaso y pude advertir un anillo en su mano izquierda, ella sonrió con cierta complicidad y lo enderezó de manera discreta para hacerme entender que no se tratada de un compromiso, recién logré percatarme de la relación que había entablado.
Miró su reloj y viendo que eran las seis y treinta de la tarde apuró lo que le quedaba en el vaso y dijo con cierta elegancia que ya era hora de estar en casa. En el poco tiempo de terturlia habíamos recabado los datos necesarios para establecer una relación, yo le dije cuanto tenía que decirle y pensé que ella hacía lo mismo. La cita fue para el viernes próximo aduciendo compromisos de su parte y yo no traté de forzar algo que tenía visos de importancia. Desde ese viernes en adelante las citas se fueron produciendo de manera continua, nadie sabía, podía decirse, de qué se trataba en sí, a qué se quería llegar pero eso no importaba. Susana -nombre que me reveló en el primer contacto y que me pareció agradable- se iba introduciendo cada vez más en mi vida, no sé si yo constituía algo especial para ella pero tampoco importaba, me bastaba atravesar la ciudad a la hora en que los trabajadores están dejando sus fábricas y sentir su mano, con esos dedos suaves y alargados acariciando mi brazo derecho lo que provocaba una sensación entre erótica y espeluznante y sentía deslizarme sobre una inmensa alfombra a pesar de las sartenejas que golpeaban el carro. Tampoco recuerdo con claridad la primera vez que hicimos el amor, sólo me aparece como entre sombras un motel bastante alejado de la ciudad con un enorme espejo en el cielo raso y el esfuerzo que hacíamos para que en el éxtasis no nos quedara corto el lecho. Susana tiene un hermoso lunar en el pubis y yo me pasaba algún tiempo acariciándoselo, jugando con él como un niño con un juguete raro pero que siempre ha querido tener. Jamás intentamos pensar en una cosa que pudiera considerarse sería en el sentido conversacional que se tiene de eso, pues para nosotros lo que realizábamos lo considerábamos con la suficiente seriedad y sin que intentáramos discutir ni ponernos de acuerdo existía un contrato implícito: aquel que los amantes comienzan y terminan en el acto que efectúan sin preocuparse por lo que vendrá. No sé si ese acuerdo no manifiesto nos unía con mayor fuerza, ya que se trataba de algo que pudiera considerarse desinteresado -aunque esta palabra es de muy difícil utilización- y así transcurríamos. En principio una cita presuponía la otra, pero comencé a apresurarme y empezaron mis llamadas telefónicas a su oficina para adelantar el día de la cita, además porque en estos casos, aunque no se lo acepte, se quiere escuchar la voz de la otra persona y el teléfono nos desinhibe, un mecanismo por el cual poemos decir las cosas que deseemos sin tener que experimentar la molestia de enfrentarnos a los ojos de otra persona y, por otra parte, porque esos espacios de silencio que allí se provocan y que obligan al otro a repetir aló tienen mucha significación. Algo poco explicable es el por qué jamás fuimos a otra parte que no fuera a hacer el amor, bueno algunas veces comimos pequeñas cosas o tomamos un jugo o una soda de paso, pero jamás un cine, un espectáculo, una reunión con amigos, era como si quisiéramos guardar todo el tiempo para nosotros y no compartir con nadie nuestro espacio. A veces he pensado que uno de los acuerdos fue impedir que incluso el recuerdo se mezclara entre nosotros, seguramente éramos un presente perpetuo como de manera tácita habíamos considerado el rol de los amantes. Mi vida se llenaba con las tres citas por semana que tenía con Susana, mi profesión de abogado que jamás he descuidadod y algunas noches que como obligación me reunía con mis amigos a conversar de lo que uno acostumbra en esos casos: de todas las cosas y de nada, esas reuniones en las que en cuanto se empieza a tomar algún tema en serio, otro, o a veces uno mismo, trata de desviar la atención de quienes discuten por temor a que pueda degenerar en una charla poco amistosa y de la que es muy difícil salir sin utilizar en mucho la inteligencia y cuando la reunión tiene carácter de diversión se sostiene que son innecesarios los ejercicios intelectuales. Sin embargo, para mí el disfrute era completo: me sentía parte de quienes conformaban ese grupo unido por la amistad y en otro espacio, que era sólo de mi propiedad, disfrutaba del recuerdo de Susana. Avanzada la noche, o mejor dicho entrada la madrugada, aprovechaba un resquicio del grupo para compartir esa soledad, ese espacio y ese tiempo que nos habíamos comprometido a resguardar, me asomaba en mí mismo y me veía con una cierta aureola de triunfador, a sabiendas que luego de esto vendría una tertulia amatoria con Susana, aunque no sé por qué se me cruzaba siempre una suerte de nebulosa por el pensamiento.
En ocasiones los compromisos profesionales me obligaban, aunque opusiera resistencia, a postergar mis asuntos personales, así fue que durante dos semanas, por un asunto jurídico que tenía pendiente y cuyos interesados me estaban perurgiendo e incluso comenzaban a mostrar preocupación por mis procedimentos, no pude verme con Susana; al principio las llamadas telefónicas a su oficina lograban el efecto de una disculpa por el interés que le demostraba, pero a veces no estaba disponible para atenderme en ese momento y contestaba su jefe o una de sus compañeras y me pedían que volviera a llamar y al insistir el teléfono estaba ocupado. Jamás había llamado a su casa pero un día debido a la ansiedad de no poder comunicarme con ella durante tres días marqué el número de su casa y me respondió su madre, muy amable, diciéndome que había salido a ver a la modista y que le dejara el recado que quisiera, me limité a decirle que la volvería a llamar pero me causó cierta incomodidad el hecho de que se encuentre acudiendo a la modista cuando eran más de las diez de la noche, sin embargo razoné sobre las circunstancias actuales, la dificultad de encontrar un artesano responsable a causa del desarrollo fabril y me tranquilicé escuchando algo de la música de nuestros encuentros y un par de whiskys dobles me transportaron a aquel tiempo y espacio que nos habíamos reservado. A la mañana siguiente y en los días subsiguientes tampoco pude contactarme con ella, traté de llegar al bar para encontrarla en la parada del autobús pero el proceso legal se prolongó por más de dos horas y logré estar allí a las siete de la noche y pude percatarme de que era viernes por la cantidad de gente que se encontraba tomando cerveza, me sentí, a más de incapaz, extraño ante una muchedumbre que consumía cerveza en cantidades, hablaba sobre el posible aumento de salario y del partido de fútbol del próximo domingo, en alta voz, casi al unísono. Me di cuenta entonces que estaban lejos los días en que sentaba para verla tomar el colectivo elevando los dedos largos de sus manos, delicada, menuda, como si intentara ensayar un paso de ballet sin saberlo. En la semana siguiente, apenas terminé el asunto judicial que tenía pendiente y sin preocuparme por el veredicto - aunque me considero un profesional responsable- encomendé a mi colega Melgarejo que averiguara el resultado en el juzgado y atendiera a los clientes y fui en su búsqueda sin acudir a las llamadas telefónicas ni al bar que fue nuestro sitio de encuentro, ahora me encaminé directamente a su oficina, estuve desde las cuatro y treinta y mientras apagaba un cigarrillo y encendía otro pensaba afanosamete en el ansiado reencuentro, qué podríamos decirnos en cuatro semanas de ausencia, habría reclamos de su parte o mejor comenzaría yo por desagraviarla explicándole las razones de mi ausencia y enonces me veía como en las películas de amor: él explicándole las causas de su ausencia, con voz grave, convincente, ella con las manos apretadas sobre las piernas, la cabeza baja y el rostro adusto, y una vez terminado el desagravio, cuando nadie lo esperaba, ella se lanzaría a mis brazos y yo me sentiría otra vez como un niño que cuenta sus canicas, acariciándole con la yema de los dedos ese hermoso lunar sobre el pubis. Eran las cinco y quince cuando ella salió, en principio una amiga venía acompañándola pero se detuvo a pocos metros como si esperara a alguien se despidieron y volví a ver sus manos alargadas en lo alto como hacía señas la primera vez que la ví, no puedo describir la sensación que tuve al volverla a encontrar, pero me sorprendió el hecho de que su mano no descendiera y cuando encendí el motor de mi carro para dirigirme hacia ella vi que alguien se le acercaba, tomaba su mano y la bajaba hasta colocársela en la cintura mientras ella lo bessaba tiernamente, cerrando los ojos, tendría entre treinta y treinta cinco años, era de mi estatura, lucía como el empleado medio de una empresa, por supuesto que no pensé en bajarme y hacerle algún reclamo pero sí me acerqué hasta la vereda para que ella se percatara de mi presencia: venían tomados de la cintura, sonrientes, felices, como si intentaran desafiar la tarde, hasta podría decirse que me enternecieron, toqué algunas veces el claxon y ambos miraron con el interés de que era algún amigo que los saludaba, el más extrañado fue el hombre, que me quedó mirando fijamente, porque ella no me reconoció o simuló no reconocerme. Me detuve en la esquina y por el retrovisor los vi sentados en el banco de la parada del colectivo, cosa que por un momento me hizo sentir culpable al pensar que estaba haciendo algo indebido, separando a los amantes restándoles ese espacio, esa intimidd que nosotros habíamos construido. Luego de reflexionar algunos días probé otra vez el teléfono de su oficina, estoy seguro que fue ella quien me contestó pero la sentí tan distante, tan diferente, que no tuve el valor de articular algo; por algunos días hice lo mismo y cada vez la sentí otra aunque era su voz la que me contestaba. He pasado varias veces por su oficina a la hora indicada y su compañero está esperándola siempre, casi me iba familiarizando a verlos o nos íbamos familiarizándo, tengo la sospecha que ellos comenzaron a pensar que yo iba a ver alguna amiga a esa hora y como que amenazaba producirse entre ellos y yo una especie de complicidad.
Ya no estoy seguro de la relación que existió con Susana, he tratado de encontrar algo que pueda servir de documento para justificar nuestra existencia pero no ha sido posible, pues esa era nustra concepción de los amantes y la que logró mantener ese espacio que nos habíamos delimitado. Por eso ahora que voy cruzando por esta avenida me pregunto cuántas historias similares habrán ocurrido a los que transitaban por las veredas o a quienes van conduciendo carros, que son los que más tengo a mano, y siento entonces que en la caída de la tarde la ciudad se me adentra, el fresco del atardecer me atrae, ya hace algunos meses que terminó el invierno, y mientras corro por estas luces de neón que comienzan a encenderse pienso en Susana, en que tal vez fue cierto lo que tuvimos y que seguramente la encontraré al llegar a casa y estará conmigo al otro lado de la mesa, ordenando ese espacio que nos habíamos propuesto conservar, y sus dedos largos empinarán una copa transparente, delicada, lentamente, mientras yo beberé pensando en el placer de acariciar ese hermoso lunar como mis canicas cuando niño.

EL DISCURSO DE UN POSIBLE RELATO

Desde que estoy frente a este aparato ella se instala junto a mí. Cara sonriente. Ojos coquetones. Quieres un café, me dice; alzo los ojos para mirarla detenidamente, me gusta su delicadeza para ordenar las cosas es como si conocieran lo que ella intenta hacer, como si las cosas adivinaran sus deseos. Me coloca la taza de café, la endulza suavemente, tengo la impresión de que existe una musicalidad en el recorrido que hace con la pequeña cuchara en el fondo de la taza. Por un momento he decidido dejar de enfrentar mi pensamiento a las teclas. Me detengo a mirarla, su cabeza agachada, diría mejor levemente inclinada hacia adelante, como si estuviera husmeándome, mientras de sus labios se escapa una sonrisa ligera, tal vez simplemente un movimiento fácil sin que logren aflorar sus dientes, pero que para mí se transforma en una abierta sonrisa cómplice. Se trata de algo trágico, tienes problemas, me pregunta, y yo guardo las respuestas por temor a perder esa posibilidad de escuchar esa expresión suya, además considero que mi silencio me hace partícipe directo de la complicidad que ella insinúa.

Tomo un sorbo de café e intento volverme a colocar frente a la máquina con quien comparto mis experiencias, y ahora la tengo atrás de mí, leyendo como si se tratara de una computadora o, en ell mejor de los casos, de alquien que ha tomado un buen curso de lectura dinámica; cuando se ha devorado lo que va de la cuartilla me dice que le gusta, cosa que tampoco le contesto porque le mentiría, lo más cercano a la verdad sería decirle que lo me gusta es ella, pero callo y no sé por qué o tal vez sí. Cuando me instalo otra vez la veo dirigirse al baño, trato de mover los dedos con la mayor velocidad posible para no perderme su salida, lenta, con una corta toalla que apenas le cubre una parte de sus largas piernas como si se tratara de una propaganda de cine o televisión. Ahora saca del closet algunas de mis ropas, se las prueba, advierto que sus movimientos son cada vez más lentos, parece que estuviera dándome una exhibición privada, incluso la duración de su guiño la encuentro prolongada. Decido incorporarme y acercarme a ella aunque pierda unos momentos de trabajo, la estoy besando y ella está de puntillas dándome un beso de comedia musical mientras siento que la toalla se resbala de su cuerpo y me cubre los pies.

Por un momento no estoy seguro si soy el personaje de la acción o es una escena que he visto alguna vez en el cine, pero sí estoy seguro de una cosa: me agrada. Vuelvo a la máquina y de soslayo la veo sobre la cama invitándome a hacerle el amor. De pronto se produce en mí una contradicción, mejor sería decir un desacuerdo: aceptar su invitación o continuar la lucha con lo que he planificado por algunas semanas, me decido por ella, quiero ir lentamente hacia su cuerpo para conservar el ritmo que ella ha impuesto y respetar la trascendencia que entiendo ella quiere dar a este acoplamiento. Alguien golpea la puerta, me levanto sobresaltado, es la casera que me trae el recibo de la carta certificada. Tengo que ir al correo, me esperas, le digo, y ella asiente con esa sonrisa picarona mientras se lleva la mano a la frente para arreglarse el cabello que se le ha caído sobre la mejilla.

(No me explico por qué, luego de algunos años aquí, me preocupan de manera exagerada las cartas de casa, a lo mejor el temor al desenlace sorpresivo de algún familiar querido, pero y qué hacer si estoy aquí para algo que me he trazado o que tal vez se programó, tomó forma en el camino. La carta es como de costumbre: recomendaciones, que me cuide, que la soledad; yo creo que la gente cuando escribe a alguien mantiene el tiempo y el espacio que éste dejó o donde se lo quiere conservar, aunque ambas cosas hayan cambiado o se hayan transformado).

Descubrí a mi regreso que la presencia de ella había desaparecido y que la cama estaba impecable como si jamás alguien la hubiera utilizado, incluyéndome a mí. Desde este quinto piso de la rue Jean Maridor me gusta observar, por la única ventana de mi pequeño cuarto, los días viernes cuando la gente sale del metro Convention, a eso de las seis de la tarde, apurada, como si todos tuvieran que cumplir con una cita a la misma hora sin importarles si es invierno o verano; al principio todos los parisinos me parecían estar perseguidos por alguien, tal vez por ellos mismos, luego fui descubriendo su ritmo y la importancia que tiene para ellos, ese ritmo que debo imponerme para reiniciar lo que dejé en la máquina y que a su vez me acerca de inmediato a ella, recorro su cabello largo, lacio, sus movimientos lentos, mientras ella se va instalando tras de mí y hace descender sus dedos suavemente por mi cuello hasta llegar a mi espalda, vuelvo a sentir la fuerza de su respiración retumbando mis oídos lo que me causa una especial sensación, esa que debo, que voy a describir con las limitaciones de mi oficio.

LAS ARTES MENORES

Si Teolinda no le hubiera preguntado cómo andaba el trabajo, Julia, a lo mejor no encontraría la forma de desahogarse de lo acontecido la noche anterior. Ahora, a las ocho y treinta de la noche, tras un montón de exámenes, no sabía si narrar una historia que necesitaba para sí o dedicarse a finalizar una tarea, luego de veinte y cuatro horas sin descansar. Si tuviera alguien que me ayudara -pensó- y volvió a cruzar por su mente la telenovela de la tarde que en los días de asueto o cuando tenía la oportunidad de enfermarse podía verla, de lo contrario se alimentaba con las narraciones de su madre que ya no eran exactas, según Julia, puesto que ella siempre tomaba partido por lo menos afortunado del relato.


Jamás pensé que fueran tan tontos o tan irresponsables -se dijo una vez más- mientras colocaba un catorce sobre un examen de letra incomprensible y no atinó a saber a quién se refería, si al alumno o a ellos. En ese momento Teolinda le dirigió la palabra para recordarle la elaboración de los horarios de la universidad, las casillas correspondientes a los días hábiles, inhábiles, y el peso de la fatiga y la responsabilidad la encaminaron otra vez al suceso. Si no fueran tan tontos o tan irresponsables -se volvió a decir- y arrellanó todo el peso de su cuerpo y sus cincuenta y dos años en la silla. En ese instante toda la gente que transitaba por su delante era su enemiga, los unos llevaban brochas, los otros pinturas, vestimentas manchadas del trabajo y recordó la cara de don Fito, ojillos achinados, trigueño, sonriente, todo quedará bien señorita, basta que doña Blanca la haya enviado, le aseguró, y ella con mirada desconfiada le recordó el color, trató de regatearle algo más sobre el precio y le dio la dirección y la hora de la cita, a las once de la noche porque antes me es imposible, salgo después de las diez y hasta que llego a casa, pero don Fito siempre sonriente le aseguró que allí estaría que no se preocupe.

Cuando eran casi las once de la noche, Julia detuvo su carro frente a su villa esquinera y se sorprendió de la puntualidad de don Fito; éste le presentó a su ayudante, es mi oficial y lo llevo a todos mis trabajos, y el oficial extendió la mano y dijo ee, afasia comentó Julia con tono magisteril, pero el oficial no entendió lo que ella dijo y se limitó a sonreir, mientras ella supuso que había tratado de decir algo así como encantando.

Deseaba terminar la cena, apresuradamente, para instalarse frente al televisor a escuchar el último noticiero, aunque su mdre le iba informando las noticias que ella asimilaba de cucharada en cucharada, la importancia que aquella daba a los acontecimientos no estaba de acuerdo al punto de vista de Julia, en ocasiones un gran acontecimiento de su madre y que lo transmitía con voz estridente era respondido con un ¡oh! Por Julia.

Instalada frente al televisor para escuchar lo que quedaba del informativo le parecieron pequeñas cosas el millón de muertos en la guerra Irán-Irak, los bombardeos de Líbano, pero no fue así cuando escuchó en la sección deportiva que Andrés Gómez había ganado un encuentro importante y que encabeza la copa marlboro, automáticamente encendió un cigarrillo para sentirse de tono y escudriñó por el sitio estratégico que había elegido para controlar a los pintores y alcanzó a ver a uno de ellos que pasaba la brocha de arriba hacia abajo con cierto ritmo, era don Fito, y se sintió segura y pensó en la recomendación que le había hecho su amiga, aspiró el cigarrillo con tanta fuerza que se confundió con el revés conque Gómez derrotaba a su contrincante. Ahora tendría que esperar la finalización de la obra que ella había empezado y elegir, otra vez, entre seguir la corrección de los exámenes del colegio o ver el cine de medianohce que anunciaba la televisión con una película de terror; el terror no era su predilección, prefería las telenovelas, pero a esa hora imposible, además el terror nos hace sentir acompañados de nosotros mismos o por lo menos con la sensación de que alguien nos persigue y eso es bastante, había dicho con aire de complacencia en un instane de descanso en la clase de la universidad, esos instantes en que el profesor aprovecha para contar alguna cosa que no tiene nada que ver con el tema tratado pero que a todo el mundo le interesa por salir del tema.

Entre sobresaltos y bocanadas de humo, Julia controlaba a los pintores que se iban alejando de su vista a pesar del sitio estratégico que había elegido y sólo la suavidad y el ritmo de los brochazos de don Fito la percataban de la continuidad del trabajo. La persecución de Jackeline O’Hara por la secta diabólica se hacía más tensa, miles de gusanillos recorrían el cuerpo de Julia que a veces se incorporaba con intenciones de apagar el televisor, pero eso era la única posibilidad de mantenerse despierta para controlar a los pintores, además el terror era a veces atenuado por alguna cosa de la vida familiar que don Fito preguntaba a su ayudante y éste trataba de responderle apresurado aunque siempre se quedaba con la primera sílaba y don Fito le ayudaba a construir la respuesta sin inmutarse. Julia sonreía suavemente mientras en la pantalla Jackeline O’Hara buscaba un sitio para esconderse de sus perseguidores, la noche oscura se iluminaba a ratos, por las centellas que caían a granel y entonces se podía observar el pelo rubio, largo, de Jackeline que se introducía por sus labios, su vestiod empapado daba cuenta de su esbelta figura, cuando el camarógrafo la tomaba volteándose para ver a sus perseguidores, entre gemidos y continuas caídas, a la distancias una casa blanca de madera que parecía la única alternativa y Julia deseando que haya alguien allí para socorrerla.

La fatiga de la doble jornada, los brochazos de don Fito y las constantes ayudas que se encontraba Jackeline, surtieron un efecto sedante en Julia, que instalando toda su humanidad en el sofá se durmió profundamente, sus lentes que parecían haber nacido con ella se acomodaron a la posición de su rostro y en poco tiempo Julia, el sofá y los lentes roncaban al unísono.

De no ser por la gata, paquita, que maullaba erótica en el tejado, Julia no se hubiera despertado sobresaltada. En el televisor ya no estaba Jackeline O’Hara, sólo una serie de puntitos y el sonido desagradable de la imagen no presente. Restregándose la modorra de los ojos miró el reloj que marcaba las tres y veinticinco y ya no se preocupó por el desenlace que pudo tener Jackeline en la película, no se escuchaba el sonido de las brochas y pensando que habían terminado salió en bata de dormir. En la esquina de la villa don Fito cerraba los ojos y llevándose las manos a la cabeza le decía no así al oficial que ahora tenía mayor dificultad para formular palabras, éstas se le encerraban con egoísmo en la garganta, gesticulaba, movía la cabeza y levantaba el tarro de pintura tratando de explicarse ¡Dios mío!, dijo ella, cómo es posible, y reclamó airada a don Fito, le recordó las indicaciones precisas que le había dado, el color de la villa era blanco hueso y la pintura café debía utilizarse para decorarla con dos franjas en la parte inferior. Don Fito contestaba que sí, que era un hombre competente y que era la primera vez que lo hacía quedar mal, además como cada quien había empezado el trabajo por su lado sólo cuando se encontraron en la intersección advirtieron la falla. El oficial seguía gesticulando, tomando el tarro de pintura para mostrarlo a manera de explicación, a momentos llegó a construir palabras enteras y algo más, hasta pudo decir el error es humano, mientras miraba los protuberantes glúteos de Julia que se dibujaban a través de su camisa de dormir.

Serían las cuatro de la madrugada cuando llegaron al acuerdo de despintar la parte café de la villa que el oficial había efectuado equivocadamente; tendá que ser ahora mismo, aseveró Julia, explicando que en la noche siguiente terminarían la jornada y así ella ahorraría un día ya no que no tenía tiempo. El trabajo de despintar se hizo tedioso, el cansancio de los tres se hacía cada vez más presente; Julia, que se había incorporado al trabajo, susperaba en cada tramo que dejaba en blanco su espátula, don Fito que era más profesional, conservaba la tranquiliidad y trabajaba como si el despintar hubiera siod parte del contrato. Cuando pasaban los estudiantes y el sol se instalaba casi definitivamente el oficial limpiaba el último tramo de pintura, mientras miraba de soslayo los glúteos de Julia que ya no eran los mismos, ahora con un bluyín holgado y manchas de pintura.

La chica regordeta debió estar mucho tiempo frente al escritorio de Julia, pidiéndole le diera una nueva oportunidad para hacer el examnen y explicándole las razones de su baja nota. Los lentes de Julia que habían estado fijos en la chica dieron a ésta una cierta impresión de comprender su problema, pero Julia se limitó a decirle que lo iba a pensar y mientras se alejaba la chica miró sus formas redondas, exageradas, su pantalón azul que lucía relleno, y pensó en la noche que le esperaba: el control de los pintores, las últimas noticias de las once y treinta, pero ya no estaría Jackeline y Julia correría por la noche tempestuosa, a la distancia la casa blanca, última oportunidad de guarecerse de los pantalones machados y los tarros de pintura que llevaban en sus manos los perseguidores.