martes, 1 de junio de 2010

EL DISCURSO DE UN POSIBLE RELATO

Desde que estoy frente a este aparato ella se instala junto a mí. Cara sonriente. Ojos coquetones. Quieres un café, me dice; alzo los ojos para mirarla detenidamente, me gusta su delicadeza para ordenar las cosas es como si conocieran lo que ella intenta hacer, como si las cosas adivinaran sus deseos. Me coloca la taza de café, la endulza suavemente, tengo la impresión de que existe una musicalidad en el recorrido que hace con la pequeña cuchara en el fondo de la taza. Por un momento he decidido dejar de enfrentar mi pensamiento a las teclas. Me detengo a mirarla, su cabeza agachada, diría mejor levemente inclinada hacia adelante, como si estuviera husmeándome, mientras de sus labios se escapa una sonrisa ligera, tal vez simplemente un movimiento fácil sin que logren aflorar sus dientes, pero que para mí se transforma en una abierta sonrisa cómplice. Se trata de algo trágico, tienes problemas, me pregunta, y yo guardo las respuestas por temor a perder esa posibilidad de escuchar esa expresión suya, además considero que mi silencio me hace partícipe directo de la complicidad que ella insinúa.

Tomo un sorbo de café e intento volverme a colocar frente a la máquina con quien comparto mis experiencias, y ahora la tengo atrás de mí, leyendo como si se tratara de una computadora o, en ell mejor de los casos, de alquien que ha tomado un buen curso de lectura dinámica; cuando se ha devorado lo que va de la cuartilla me dice que le gusta, cosa que tampoco le contesto porque le mentiría, lo más cercano a la verdad sería decirle que lo me gusta es ella, pero callo y no sé por qué o tal vez sí. Cuando me instalo otra vez la veo dirigirse al baño, trato de mover los dedos con la mayor velocidad posible para no perderme su salida, lenta, con una corta toalla que apenas le cubre una parte de sus largas piernas como si se tratara de una propaganda de cine o televisión. Ahora saca del closet algunas de mis ropas, se las prueba, advierto que sus movimientos son cada vez más lentos, parece que estuviera dándome una exhibición privada, incluso la duración de su guiño la encuentro prolongada. Decido incorporarme y acercarme a ella aunque pierda unos momentos de trabajo, la estoy besando y ella está de puntillas dándome un beso de comedia musical mientras siento que la toalla se resbala de su cuerpo y me cubre los pies.

Por un momento no estoy seguro si soy el personaje de la acción o es una escena que he visto alguna vez en el cine, pero sí estoy seguro de una cosa: me agrada. Vuelvo a la máquina y de soslayo la veo sobre la cama invitándome a hacerle el amor. De pronto se produce en mí una contradicción, mejor sería decir un desacuerdo: aceptar su invitación o continuar la lucha con lo que he planificado por algunas semanas, me decido por ella, quiero ir lentamente hacia su cuerpo para conservar el ritmo que ella ha impuesto y respetar la trascendencia que entiendo ella quiere dar a este acoplamiento. Alguien golpea la puerta, me levanto sobresaltado, es la casera que me trae el recibo de la carta certificada. Tengo que ir al correo, me esperas, le digo, y ella asiente con esa sonrisa picarona mientras se lleva la mano a la frente para arreglarse el cabello que se le ha caído sobre la mejilla.

(No me explico por qué, luego de algunos años aquí, me preocupan de manera exagerada las cartas de casa, a lo mejor el temor al desenlace sorpresivo de algún familiar querido, pero y qué hacer si estoy aquí para algo que me he trazado o que tal vez se programó, tomó forma en el camino. La carta es como de costumbre: recomendaciones, que me cuide, que la soledad; yo creo que la gente cuando escribe a alguien mantiene el tiempo y el espacio que éste dejó o donde se lo quiere conservar, aunque ambas cosas hayan cambiado o se hayan transformado).

Descubrí a mi regreso que la presencia de ella había desaparecido y que la cama estaba impecable como si jamás alguien la hubiera utilizado, incluyéndome a mí. Desde este quinto piso de la rue Jean Maridor me gusta observar, por la única ventana de mi pequeño cuarto, los días viernes cuando la gente sale del metro Convention, a eso de las seis de la tarde, apurada, como si todos tuvieran que cumplir con una cita a la misma hora sin importarles si es invierno o verano; al principio todos los parisinos me parecían estar perseguidos por alguien, tal vez por ellos mismos, luego fui descubriendo su ritmo y la importancia que tiene para ellos, ese ritmo que debo imponerme para reiniciar lo que dejé en la máquina y que a su vez me acerca de inmediato a ella, recorro su cabello largo, lacio, sus movimientos lentos, mientras ella se va instalando tras de mí y hace descender sus dedos suavemente por mi cuello hasta llegar a mi espalda, vuelvo a sentir la fuerza de su respiración retumbando mis oídos lo que me causa una especial sensación, esa que debo, que voy a describir con las limitaciones de mi oficio.

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