miércoles, 12 de mayo de 2010

ALREDEDOR DEL CÍRCULO

La calle de los sueños no tiene árboles, ni una mujer
crucificada en una flor, ni un barco pasando las pági
nas del mar”.

(Vicente Huidobro)

Cada vez que pasa esta mujer vestida de blanco con su bonete almidonado cuidadosamente -llamado cofia- me recuerda a no sé quién, siento que hay algo de familiaridad entre ella y yo. A lo mejor su caminar lento y seguro me relaciona o trae a la memoria alguna tía, parienta, alguien que seguramente conocí y se ha quedado vagando en el recuerdo sin presentarse de manera clara y como si temiera desaparecer. Ayer, a la hora de las medicinas, en la tarde, me sonrió y tuve la impresión de haberme ganado algo así como un premio a pesar del tiempo en que nos conocemos en que llevamos compartiendo este espacio. Tal vez lo que más admiro en ella es su seguridad, la decisión de sus acciones que se puede advertir desde el momento en que se la ve caminar. La otra noche que el hombre de la cama 32 se puso muy mal y nadie, incluyendo a los internos, era capaz de atinar qué hacer a esas horas de la madrugada, fue ella quien al primer aviso decidió llamar al residente de turno y sugerirle que le hiciera una traqueotomía porque se estaba asfixiando y claro, el hombre todavía se encuentra en estado de coma, pero lo importante no era eso sino salvarle la vida y para ello hay necesidad de decidir, de tener seguridad, eso que aquí solamente tiene ella. A veces me pregunto, entre tantas cosas, si es a ella que le debo, aunque sea en parte, no la resignación sino la entereza que me permite estar aquí, entrar, salir, volver a entrar sin saber ya dónde se encuentra mi sitio. Si efectuara un balance creo que me debo aquí, además las cosas que he aprendido en este lugar han aumentado mis conocimiento y fortalecido mi experiencia, claro está que por la relación que existe con mi profesión. Las cosas que cotidianamente uno ve cuando se encuentra afuera tienen una óptica diferente cuando nos encontramos aquí adentro, se las analiza, se familiariza con ellas, también es cierto que es cuestión de la capacidad de cada quién, pues hay mucha gente que entra, sale o se muere sin saber lo que ha tenido o tal vez asimilándolo como algo natural de la vida. Ahora que pienso en eso miro el ejemplo del negro Ranulfo de la cama quince, que está frente a mí, su paciencia para aceptar la enfermedad, la tranquilidad con la que espera que cada dos o tres semanas venga su familia a visitarlo y le informen cómo están las cosas por allá, entonces él pregunta, da órdenes, y el griterío que arman se transforma en lo que la gente llama una merienda de negros, pero luego de eso, cuando se queda sólo, parece que la presencia de sus familiares lo acompaña de manera invisible, se pasa mucho tiempo pensando con sus ojos amarillentos clavados en el tumbado y sus enormes pies que casi lo cubren en mi perspectiva, y que con gran esfuerzo logra colocar uno sobre el otro. Más tarde se levanta, come normalmente, camina, y esto sí que le gusta, parece que los médicos le hubieran dicho que caminando va a curarse, a veces se queja por las noches, balbuce palabras que no alcanzo a entender claramente, es el mal de elefancia, dice, y lo mismo repiten casi todos lo de la sala, incluyendo algunas enfermeras y barchilones; para su familia esto es una situación normal, quiero decir que la enfermedad forma parte de la vida de toda familia y a lo mejor sea su única realidad. Los médicos la llaman elefantiasis, ese es su nombre científico y por el que yo me siento más inclinado, debe ser, me digo, a causa de mi oficio.

Hoy es miércoles, el sábado vendrá Emilia, con seguridad y me traerá una de esas sopas, ella tiene la creencia de que las sopas son el único alimento recomendable para todo tipo de enfermedad, esa creencia que se la aprende allá fuera, en cierto nivel, y a veces uno mismo alimenta esa forma de pensar. Por ejemplo, recuerdo cuando llegaba de trabajar, especialmente esos días en que se ha tenido que hablar mucho, tal vez sin pensar en la necesidad de ser efectista en el trabajo, sino por ese afán y deseo de sentirse bien cuando se está diciendo algo a un grueso público y se ve la atención con la que escuchan y la necesidad que tiene de escuchar, de recibir esas palabras y la satisfacción que se siente cuando es uno el que las dice, y entonces una vecina me preguntaba si podía darle un plato de sopa a su hijo que había tenido fiebre alta durante todo el día y yo le daba mi aceptación, y más aún se la daba a manera de recomendación, ya que al decirle sí déle un plato de sopa que le va a hacer bien estaba, además de haciéndole una recomendación, aprobándole en parte su capacidad materna para las dietas.
Volviendo a Emilia, ella nunca ha sido una gran cosa ni una santa, pero sí la mujer que me ha soportado y la que más solidaridad me ha demostrado. Lo del serrano Alberto es cosa que la sabe todo el mundo pero ella jamás ha intentado negarlo ni referirse al tema, por mi parte, nunca le he preguntado ni he hecho alusión alguna sobre su presencia, parece que hubiera un acuerdo tácito entre nosotros para no referirnos a la otra persona a la que sin embargo no le negamos la existencia. Ella cuando se refiere a él lo hace de manera muy impersonal, voy a ver a Alberto o tal vez pase el serrano, dice, y yo jamás he intentado reclamarle no porque no estemos casados sino por la costumbre que tenemos desde hace muchos años -antes de encontrarme aquí- de ser una pareja que convive con la presencia de alguien más y no se inquieta por ello. Ahora, para mí la negra Emilia, además de una compañera, es alguien que me conecta con lo que está afuera, más allá de las camas y paredes blancas de esta sala y de los pasos seguros de esta mujer recién almidonada que nos viene a informar que son las cinco y media de la tarde y es la hora de rezo.

Señoras y Señores, decía yo con acento solemne en tono preciso, mientras comenzaba a dibujar un círculo con tiza blanca en un espacio bien elegido del parque y la gente al escuchar mi tono se iba congregando como quien se ha dado cita a un mitin político; entonces, luego de una bien delimitada pausa, comenzaba diciéndoles que era el enviado de una conocida casa de comercio internacional con sede en la ciudad de Bogotá-Colombia -esto último lo decía por si acaso alguno de los presentes no conociera a qué país pertenecía esa ciudad- para llevar a efecto la propaganda de un nuevo producto cuya salida al mercado dependerá de la efectividad que logre entre ustedes. Hasta eso, el círculo ya estaba terminado y la gente disciplinadamente se había colocado en el lado prudencial para no interrumpir ni arremolinarse sobre mí y yo elegía entonces, de entre la concurrencia, a un chico de diez a doce años a quien nombraba ceremoniosamente mi secretario y cuya aceptación, a más de colocarlo como actor del espectáculo, estaba acordada por unos sucres que le daría al término de la exhibición. 

Pero no todos los allí congregados eran parroquianos ingenuos, gente que tenía obligadamente que tomar esa ruta porque era la llegada y partida de la ciudad de las cooperativas de buses intercantonales, algunos eran curiosos que de paso al mercado central, que todavía está a cuatro cuadras, se detenían un momento en el parque Victoria, y al poco tiempo que éstos podían dispensarme había que saberlo aprovechar y así uno tenía que hacer cerebro para presentar cada vez una cosa nueva o la misma cosa con otras cualidades, aún a sabiendas que una parte de la gente allí presente me conocía desde hace algunos años en mi profesión de propagandista de productos poco comunes y cuyo espectro o radio de acción - estas palabras también eran de necesaria pronunciación para atraer al público- era bastante amplio. Algunos de mis colegas optaban por presentar barajas y ensayar algo de quiromancia, otros se hacían ventrílocuos con el objeto de vender simples tijeras, a mi compadre Pedro Almache le daba buen resultado colocar en una urna a mi comadre Julia, su mujer, que medía menos de metro y medio y con el cuerpecito que se gastaba y la carita de mujer debilucha decía que se encontraba en estado de concentración y de allí su reducción física, que era capaz de adivinar el porvenir, descubrir robos, maridos traidores y toda clase de desventuras. Lo malo era que tenía que ventilarse en público el problema que cada uno de los clientes presentaba, porque, aunque se lo contaran en voz baja o al oído de mi compadre, éste se dirigía en fuerte tono a la señora que estaba en la urna, ya que era la única forma que tenía acordada a manera de clave, el nivel del tono y la rapidez con que pronunciaba lo que se suponía era la pregunta del cliente, a su vez mi comadre Julia hablaba a través de un micrófono instalado en el pequeño baúl y el alto volumen de ambas voces, especialmente la de mi comadre, se escuchaba hasta dentro de la iglesia que se encuentra al frente, de manera que cuando mi comadre hacía alusión a algún marido traidor denunciando sus amoríos con una vecina o el robo de unos aretes por el sobrino desocupado de la señora que había hecho la consulta, interfería la voz del sacerdote que en esos momentos cantaba misa, decían algunos feligreses que el barullo a veces era tal, que el alto parlante con la voz de mi comadre invadía la iglesia y las frases que articulaba el sacerdote quedaban sin sonido y parecía ser él quien estaba descubriendo, adivinado y aconsejando, otros decían que a momentos los cristianos disfrutaban de una especie de espectáculo, ya que el padre parecía un fonomímico del discurso de mi comadre. Esto trajo muchos problemas a mi compadre Paco que, debido a las reiteradas quejas del párroco, tuvo que bajar el volumen de altoparlante y comenzar a dar consultas individuales, cosa que ya no era lo mismo, porque a causa del tiempo que se tomaban resultaban más costosas y porque al levantar la cortina del cajón que pasaba por urna, donde se encontraba mi comadre, las personas no eran tan ingenuas descubrían la verdadera dimensión y las limitadas condiciones de quien se hacía pasar por pitonisa -una mujer inteligente pero que sólo llegó hasta tercer grado- y aquello les restó algo de públco, pero se mantenían.
En mi caso, creo que debe haber sido mi personalidad y la certeza de mi lenguaje que los mantenía siempre a mi alrededor, y sobre todo alerta, luego de dibujar el círculo y designar a mi secretario lo único que acostumbraba antes de anunciarles mi producto era presentarles a Enriqueta mi culebra, una pequeña matacaballo que me acompañaba en toda mi vida profesional, cuando moría me encargaba de reponerla por otra igual, traída de la Bocana, mi pueblo, lo que daba al público una sensación de eternidad a los seres que yo manipulaba, a las cosas que me rodeaban. A Enriqueta yo le daba los calificativos más elocuentes en cuanto a su fiereza y a la acción inmediata de su veneno, se podría decir que entre ella y yo existía también un convenio, ella sentía la presencia del público desde su cajoncito donde yo la mantenía encerrada y apenas la llamaba y hablada de sus condiciones comenzaba a emitir sonidos que alarmaban a sus curiosos, pero que al mismo tiempo producía en ellos una exacerbación de su curiosidad, un interés supremo por saber lo que ese animal era capaz de hacer y cómo era posible que me permitieran exhibirla en una plaza pública. Cuando abría el pequeño hueco del cajón y Enriqueta sacaba la cabeza imitando los movimientos de las bailarinas árabes que aparecían en las películas del teatro Victoria algunas de las amas de casa se persignaban como si estuviera viendo al demonio, proferían expresiones como Jesús, María y José, pero la curiosidad les impedía retirarse y se instalaban de la mejor manera para ver el desarrollo del espectáculo.

Las once campanadas de la iglesia me anunciaban que era tiempo de apurarse, por cuanto el público podía sentirse incómodo, especialmente las amas de casa que habían salido de compras al mercado y estaban allí desde hacía casi media hora. Había llegado el momento de entrar en el asunto, generalmente comenzaba contándoles los síntomas de las enfermedades que creía poder afectar a esa clase de público y ellos fijaban su atención como si no sólo estuvieran escuchando sino que desearan padecer esas dolencias. Claro está que mi producto no era un curalotodo, sino una pomada que tenía un espectro limitado - esta palabra que utilizo frente al público la encontré en las indicaciones de un producto farmacéutico - tal vez era esa una de las buenas razones de la acogida que me daba el público, ya que no me consideraban un charlatán que les quería vender algo para todos los males. Las explicaciones debían ser claras y precisas aunque las palabras debían deslizarse con tal rapidez que los asistentes no logren reponerse del golpe informativo que se les daba ni tengan tiempo de razonar; una técnica parecida utilicé con la serrana Herminia, que trabajaba de cocinera en la casa ploma esquinera de 10 de Agosto y Pío Montúfar, cuando esa noche, luego de unas cervezas que tomamos con mi compadre Paco, escuchando los boleros de Olimpo Cárdenas tarareando los pasillos de los hermanos Montecel, al pasar a media noche por la esquina la vi asomada como esperando a alguien y le hice señas para que bajara, en principio no me entendió o fingió no entenderme, pero luego, sin que nos percatemos o sin que me percate, comenzó la comunicación; yo le hacía señas para que bajara como si estuviera algo importante que decirle y ella me contestaba, también mediante señas, que cuál era la cosa importante que quería decirle, de repente nos encontramos hablando por señas como si nos hubiéramos conocido desde hace mucho tiempo y el asunto que tratábamos era urgente. Cuando bajó la zaguán comencé a acariciarla y ella también como si hubiera estado esperándome, no hubo una sola palabra, me devolvía beso con beso, caricia con caricia, bajé las manos y toqué sus glúteos que parecían de caucho y sentí una profunda exhalación suya a mis oídos como si algo hubiera estado guardado por mucho tiempo y de pronto se lo recuperaba, alguien lo recuperaba, eso vino acompañado por más caricias suyas y mis manos comenzaron a recorrer todo su cuerpo, le saltaban los senos como caballitos de verano y en su éxtasis me susurraba deje don Huayas y aquello me provocaba mayor excitación y la acosaba, era un defensor tratando de cubrir a su atacante, ahora yo también aspiraba y exhalaba fuerte y el olor de la cerveza con el de sus manos, a grasa con detergente, a mantel recién lavado, producían una extraña mezcla; de pronto introduje la mano en la entrepierna y sentí una protuberancia, algo así como un gran atado de cangrejos, traté de penetrar más pero ella dijo no y subió rápidamente la escalera y me miró en el primer descanso con aire de ternura, me di cuenta que ella me conocía por mi nombre profesional -el indio Guayas- y, lo más importante tal vez, que tenía alguien a quien acudir luego de una noche de pasillos y cervezas.
Puedo decir que desde entonces mi vida oscilaba entre los encuentros nocturnos y ese diario enfrentamiento con el público, lo que para mí era no sólo una prueba en la que podía resultar perdedor sino algo de lo cual una vez finalizado el espectáculo me proporcionaba una satisfacción especial, tal vez esa sensación que deben experimentar los boxeadores luego de un combate en el que han resultado vencedores, lo que me impulsaba a un nuevo enfrentamiento con ese mismo público la mañana siguiente. En las noches de bohemia, que por lo menos eran cuatro por semana, cuando con mis colegas en el salón del gordo Gilberto tomábamos cerveza escuchando a los Hermanos Montecel, que nos gustaban por su voz ronca como de mala noche, que se fueron apagando con la aparición de Julio Jaramillo, los boleros de Los Panchos, Daniel, Bienvenido Granda, y sobre todo esa voz cadenciosa, aguda de Celio González, nuestro tema principal era relatar la habilidad que cada quien tenía para convencer al público, a sabiendas que los productos que vendíamos se los podía adquirir a precios irrisorios en cualquier tienda de abastos o botica y que esas mezclas a la que dábamos nombres específicos y generosas funciones sólo eran creídas por los muy incautos e ignorantes, ya que los demás disfrutaban de ese espectáculo que les ofrecíamos, donde lo importante éramos nosotros, actores de las dolencias y beneficios del producto y autores del texto que permitía venderlos. Claro que con los tragos se nos mezclaban el papel de actor de plaza pública con el de protagonista de las historias tristes que narraban las canciones, todo ese heroísmo demostrado o pretendido se derrumbaba en las notas de una rocola, pero para nosotros era normal, una parte de nuestra vida.
Cuando se cerraban los salones de bebidas de la plaza, bastante ebrio pero sin perder la compostura, ensayaba el silbido acordado y la serrana Herminia bajaba hasta el portal como si hubiera estado esperándome; entonces se abría esa gran puerta de metal con que el licor la veía como una muralla y retomábamos la pasión exactamente donde la habíamos dejado la última vez y sin decirnos palabra.

Un poco apresurado por el tiempo continuaba con la explicación de mi producto -la pomada San Guillermo-, considerando que para explicar cada una de sus propiedades curativas era necesario un poco de actuación, así para las almorranas les decía que se la untaran por las noches, tibiándola un poco, y con el dedo meñique porque con cualquier otro se les podía hacer costumbre; esa forma de presentarles el producto, salpicada de una cierta dosis de humor, los atraía, se establecía entre nosotros una cierta familiaridad. De entre ese público asistente conocí a la negra Emilia, una asidua del parque que se deleitaba escuchando a los propagandistas que allí operaban sin otra intención que la de distraerse al escuchar la habilidad conque éstos presentaban los beneficios del producto que querían vender. Me recuerdo bien esa mañana en que estaba algo problematizado por el escaso público que tenía, por lo que tuve que sacar a Enriqueta y hacerme picar el brazo para demostrar las propiedades curativas de mi pomada, sudaba a chorros bajo un terrible sol de invierno cuando al levantar los ojos la vi frente a mí, me pareció bastante alta, a lo mejor por el sopor, esbelta y con una mirada de comprensión que casi llegó a molestarme, sin embargo continué con mi trabajo y una vez finalizado el acto, cuando me encontraba retirando el material para arreglarlo, la ubiqué a mis espaldas, a más de un metro de tiza demarcatoria, como intentando establecer un diálogo conmigo, la verdad yo jamás me imaginé que eso pudiera darse por cuanto ella y yo nos conocíamos lo suficiente, ambos circulábamos por la misma zona, y ese factor del desconocimiento que incita a hacer amigos, a juntar a las personas, que conlleva la sorpresa, no jugaba con nosotros. Pero viéndola sola y como esperando mi abordamiento me le acerqué, como conocía mi comportamiento no le pude preguntar lo que opinaba de mi trabajo y por un momento no supe qué decirle, cosa rara para alguien acostumbrado a hablar, pero se me ocurrió preguntarle sobre el calor que hacía y le propuse tomarnos una cola en el kiosko de enfrente, lo que ella aceptó sin objeción alguna, cosa que me dejó algo sorprendido.


No recuerdo bien cómo se inició nuestra cuestión amorosa. Incluso no recuerdo qué sucedió luego de la invitación a tomar la cola, la verdad es que comenzaron a suscitarse cierto tipo de relaciones que parecían desinteresadas, tal vez esa falta de necesidad de conocernos fue factor determinante, ya que ninguno de los dos tenía algo que el otro no estuviera enterado, así un día sin pensarlo o sin antes que nos diéramos cuenta estábamos en la cama y fue esa una de las pocas ocasiones que no regresé a casa, pues aunque nadie me esperaba la habitación que tenía en la calle Pío Montúfar se había convertido para mí en un verdadero refugio desde que me instalé en esta ciudad. Estar con Emilia era completamente diferente a estar con Herminia, ya que si la serrana era ardiente sus movimientos eran bruscos, torpes, podría decirse, a eso se sumaba lo inapropiado del zaguán, en cambio Emilia, con mucha experiencia, sabía lo que había que hacer con un hombre para complacerlo, se entregaba completamente al placer en ese instante como si después fuera a tomar alguna embarcación para no regresar.

Me pareció, en principio, que iba a dejar mi cuarto y mudarme a casa de Emilia, en la calle Colón, pero decidí conservar la pequeña habitación sin consultárselo, pues con ella siempre ha existido una especie de convenio, donde la única obligación era un acuerdo tácito que impedía meter las narices en la vida del otro. Sin embargo, cuando ella salía de viaje hacia la frontera para traer su mercadería, trabajo que le permitía vivir con cierta holgura, yo me quedaba en casa, es decir alternando con la mía, para poder preparar mis productos. Siempre tuve la sensación que en su vida no estaba sólo yo, pero jamás intenté preguntárselo así como ella tampoco me requirió sobre la serrana Herminia aunque estoy seguro que lo sabía por la gente que lo frecuentaba.
Una vez que les había mostrado lo positivo del producto, efectuando las demostraciones necesarias, pasaba a ofrecerlo a la concurrencia, pero para esto sí había que increparlos, hablarles, de su falta de precaución e higiene, cuestión que ellos aceptaban de manera natural, ya que me colocaba como quien vela por su bienestar, y además porque formaba parte del espectáculo que para verlo tenían que por lo menos aceptar esa actuación, lo más difícil siempre era colocarle el precio, aunque tenía la suficiente experiencia en el trabajo siempre era necesario un poco de psicología para lo que el público que estaba en ese momento podía pagar, aunque de manera general el precio oscilaba de cinco a diez sucres; otra de las cosas importantes era ver quién era el primero que se decidía a comprar, algunas veces utilizaba un ayudante –burropié- quien al ser el primero en solicitarlo inducía al resto de la concurrencia, pero a medida en que se hacía necesario quería mayor participación en las utilidades y no me resultaba conveniente, por el contrario se me transformaba en un problema. Así que opté yo mismo, con un poco más de labia por ir llamándoles la atención de manera personal a quienes consideraba los posibles iniciales compradores, esto lo efectuaba elevando el tono de mi voz hacia quienes había detectado o calificándolos de personas inteligentes y mirándolos fijamente; en algunas ocasiones Emilia, cuando iba de paso, hacía de burropié sin que yo se lo solicitara y con la facilidad de comerciante que se manejaba lograba convencer a la mayoría con sólo hacer un gesto para adquirí la pomada. A Herminia a veces la veía cruzar cerca de la línea demarcada, quedarse un rato, pero su timidez la mantenía distante y sólo se quedaba extasiada con mi verbo que seguramente lo encontraba parecido al de los personajes de películas mejicanas que tanto le gustaban, luego la veía alejarse lentamente, algo desgarbada y con su amplia falda, aparentemente imposible que pudiera esconder allí unos glúteos como de piedra.


La tarde, por lo general, era de descanso a menos que la mañana hubiera sido demasiado mala. Acostumbraba la mayor parte de los días a almorzar en el Rei-Sar, de Luque y Santa Elena, que todavía existe y cuando estoy afuera lo visito, un buen apanado y unas cervezas bien heladas tomadas allí mismo me preparan para lo que pudiera acontecer en la noche. En ocasiones, cuando Emilia me invitaba, iba a almorzar a su casa y me quedaba de una vez a dormir. Como digo, jamás entre Emilia y yo hemos pensado en eso que la gente llama fidelidad, pues el no inmiscuirse en la vida del otro ha sido un convenio tácito; en ocasiones yo tenía ganas de ir a su casa, de estar con ella, pero con un simple gesto me daba a entender que no lo deseaba y detrás de eso dejaba trascender algún compromiso que tenía ese día.


Hubo días malos, especialmente cuando llegaba el invierno, entonces, debido a la lluvia era necesario trabajar por las tardes o esperar a que escampara y en eso se perdía el día de trabajo; muchas veces cuando ya estaba instalado y había dicho las primeras palabras, aparecía la lluvia y los clientes se retiraban en desbandada y yo tenía que levantar el material para lograr salvarlo, me recuerdo que una vez se me iba quedando olvidado el cajoncito con Enriqueta adentro y logré sacarlo de un charco que se había formado en pleno parque, más tarde me distraía secándola como a un niño que le había caído un fuerte aguacero. En los inviernos bastante malos, y cuando a consecuencia de la lluvia no se podía trabajar semanas enteras, terminábamos por buscar como única solución algún soportal, que sólo tenía espacio para un reducido público, pero a más de eso, el principal tema eran los municipales que aunque seguían recibiendo las ayoras que se les daba de costumbre, pedían más y en cuanto aparecía alguno de los superiores lo obligaban a retirarse cuando a veces uno estaba en lo mejor del trabajo, entonces había que buscar otro sitio para comenzar y con los ojos bien pelados controlando la caída de la patrulla, en eso se pasaba el día y no se había hecho ni para la comida. En esas circunstancias la relación con Emilia me fue muy positiva, ya que tenía asegurada por lo menos la comida para los malos tiempos -entraba a comer y salía aunque sea apresuradamente si ella tenía algún compromiso- y cuando la situación apremiaba no me negaba un pequeño préstamo, por supuesto siempre que pudiera vender la mercadería que traía de la frontera, pero en general ella siempre tuvo una vida sin mayores problemas económicos. De tres compromisos estables que había tenido existía hijos que estaban en los diferentes hogares que luego habían formado sus padres y ella se limitaba a hacerles pequeños obsequios o a llevarles implementos de estudio cuando los visitaba, de esta manera, como decía ella, su libertad no estaba amenazada por la presencia de los hijos y podía mantener relaciones libres y sin mayor compromiso como las que tenía conmigo y divertirse un poco más, esta actitud suya al principio llegó a molestarme un poco pero más tarde la comprendí o, mejor dicho, la fui asimilando.
Cuando el reloj de la iglesia marcaba las once y cuarenta y cinco de la mañana y yo había terminado la mayor parte de mi trabajo, el grueso de la concurrencia una vez adquirido el producto se retiraba a sus quehaceres principales, sólo quedaban ciertos molestosos que habían comprado el producto creyendo en lo que constituía una de las partes más importantes de la forma de venta: dejar cierta ambigüedad en los espectadores que pudieran creer que se les iba a devolver el valor dado por el producto y que ellos lo conservarían de manera gratuita, ya que se trataba de una propaganda. Así, en una discusión sin mayor trascendencia, yo les explicaba en voz baja, que era un trabajo como cualquier otro en el que yo me había esforzado durante casi una hora para obtener una pequeña ganancia; la gente se retiraba cabizbaja y aunque muchas veces sentía de veras lástima por ellos no podía echarme atrás ya que esa era una de las reglas de mi trabajo. Sin embargo, cuando alguna anciana de repente se sentía estafada y me rogaba que le devolviera el dinero que lo tenía destinado a unas pequeñas compras en el mercado, me llegaba al corazón y disimuladamente la llevaba al zaguán más próximo para hacerme la devolución no sin antes prometerme no volverse a mezclar en la muchedumbre cuando me viera trabajando.
Muchas veces me he preguntado dónde se quedó ese mundo que imaginariamente, pero de manera absolutamente real, habíamos construido. Si hace menos de diez años deambulábamos llenos de optimismo vendiendo productos y palabras a quienes si no lograban una mejoría con lo que adquirían por lo menos habían pasado un momento agradable, congregados, escuchando a alguien que les traía algo que aceptaban como un bien. Incluso una gran parte de mis colegas, para no decir la mayoría, no eran propagandistas de productos curativos sino de implementos que ellos habían descubierto con su imaginación o que existían y pasaban desapercibidos y a los que ellos les daban mediante su capacidad una nueva utilidad aunque sea duradera por ese momento, pero que ayudaba a despertar la capacidad creativa de la gente y a estimularnos pensando que también ellos podían inventar una cosa parecida; de esa manera se vendían exprimidores de cítricos, tijeras que cortaban desde el rábano hasta las verjas de una casa, por supuesto a veces que cuando se les saturaba el mercado -nosotros siempre tratábamos de utilizar las palabras en su sentido adecuado- tenían que recurrir a productos curativos y entonces su especialidad se tornaba mixta, esto les traía algunos contratiempos por su falta de conocimiento para preparar una pomada o una poción, allí surgían reclamos del público por el efecto negativo del producto y tenía que dársele alguna explicación convincente, utilizando bien el cerebro, o alguna retribución económica, cuando estas cosas fallaban el propagandista tenía que desaparecer por un tiempo hasta que el perjudicado se cansaba de buscarlo.


Existía un aparatito que si no hubiera tenido mi especialidad me hubiera gustado promocionarlo: el pantógrafo, un implemento que no era invención nuestra pero que se lo había popularizado aquí, de aproximadamente veinticinco centímetros, dividido en tres partes, con los goznes de un metro de carpintero y que al colocarlo se abría como una araña, en el centro estaba asegurado por una punta metálica, un simple clavo pequeño, al lado izquierdo un pedazo de lápiz recortado con el que se recorría el dibujo y al lado derecho otro pedazo de lápiz, a veces un repuesto de esferográfica bien asegurado, con el que se iba reproduciendo el dibujo; este implemento permitía reproducir con bastante exactitud cualquier dibujo y ampliarlo, pero era necesario tener alguna habilidad para realizarlo porque no era una fotocopiadora, sin embargo lo importante era el interés que el público daba a ese implemento por las innumerables posibilidades que veían para ellos y sus hijos, algo así como poder transformarse en dibujantes sin tener las condiciones ni el conocimiento suficientes. Hubo algunas órdenes de prisión para algunos propagandistas que cometieron errores en especial los que incursionaban en la medicina por necesidad sin ser su especialidad, pero muy pocos fueron los detenidos, los propagandistas teníamos alguna importancia y nuestra función era reconocida como una labor al servicio de parroquianos y amas de casa, especialmente, aunque no fuera considerada completamente honorable para los ojos de algunos.

Es indudable que el tiempo nos jugó una mala pasada, como dicen los viejos de mi tierra, poco a poco nos fuimos quedando, ya no teníamos la suficiente fortaleza para desafiar los duros inviernos ni los tremendos soles, algunos se retiraron o buscaron otro tipo de trabajo que consideraron más estable, otros enfermaron y murieron como mi comadre Julia, que una mañana comenzó a toser desde la urna y por más que se esforzaba por contestar las preguntas la tuberculosis que le había corroído los pulmones se llevó las respuestas y hubo que trasladarla de urgencia al hospital donde falleció ese mismo día. Yo le decía a mi compadre Paco que la alimentara y no le hiciera tantos hijos que la pobre era tan pequeñita y esmirriada, a lo que él me contestaba que esa era la condición básica para poder realizar el trabajo. Luego de su muerte mi compadre se lanzó a la vida disipada, más tarde intentó volver a probar el número con otras mujeres, ya que era lo único que sabía hacer, pero no resultó, a lo mejor era la voz de la comadre la que surtía el efecto deseado por el público, por otra parte, todo el ambiente creado, el hechizo de alguien que adivinaba el futuro y descubría las cosas ocultas se vino abajo cuando sacaron tosiendo sangre a mi comadre Julia del baúl y observaron su verdadera estatura. Sin embargo, el parque sigue casi idéntico, le han hecho pequeños cambios que no lo han logrado transformar casi nada, sólo que ahora la gente no es la misma que antes, la aparición de los cantantes muchos de los cuales son un poco locos y que la gente los tiene como simples pedigüeños, los nuevos vendedores - ya no ser puede hablar de propagandistas- y que sin tener la facilidad de palabra necesaria ni el conocimiento sólo tratan de estafar al público, al escaso público que se congrega, y terminan perseguidos por los timados y muchas veces por la policía a pedido de los denunciantes. Pero además de la falta de nuestra presencia hay todo un mundo que se ha ido; la música que escuchábamos asiduamente porque tenía algo que decirnos, porque nos identificábamos con la historia allí presentada, se ha ido transformando, diría yo deteriorando, aunque el parque como digo está casi igual, a excepción de los arreglos que le han hecho al teatro, donde ahora sólo exhiben películas pornográficas, todo el ambiente me suena diferente; esa música: una cosa automática y que la gente entona sin conocer el idioma me suena tan postiza. La última vez que estuve en el salón del zambo Lucas con mi compadre Almache, escuchando nuestras canciones al calor de unas cervezas, incluso allí se nos filtraba algún jovenzuelo que interrumpía la comunicación que teníamos para colocar una cosa que decía algo así como físical y las y las contorsiones que hacía frente a la rocola nos parecían tan ridículas en un cholito de patas torcidas como él. Le preguntamos al zambo Lucas por qué había colocado esos discos y nos respondió que era la música de la juventud actual, no replicamos nada, recuerdo que al calor de las cervezas, cuando miré hacia la calle Sucre, pude ver a mi compadre Almache como en sus tiempos: vestido de terno gris, corbata roja y zapatos negros, paseándose imponente con el micrófono en la mano derecha mientras en la otra portaba un naipe cuyas cartas distribuía con habilidad de prestidigitador incitando a la concurrencia a que hiciera la pregunta que creyera conveniente a mi comadre, que se encontraba en la pequeña urna en total concentración, cuando parpadeé lo vi alicaído, flaco y con más de los sesenta años que se gasta, compadre, me decía y extendía su mano derecha sobre mi hombro, entonces pude ver sus manos envejecidas pero aún tersas, suaves, de quien no las ha utilizado para trabajos fuertes y el puño de su camisa guardaba todavía la elegancia que exhibiera un día, yo ya había mis primeros problemas hepáticos y se me prescribió una prolongada dieta blanda, pero hacía tiempo que no los frecuentaba que ese día tuve que ceder a la tentación de tomarme unos tragos; al colorado Aurelio se lo veía mejor, era un poco más joven, había cambiado de trabajo, su pobre muñeco parlanchín que le ayudaba a vender bagatelas lo había regalado a los muchachos del barrio para el año viejo y estaba haciendo viajes a la frontera con el Perú. El disgusto con Emilia fue bastante grave, me inquirió sobre la dieta recomendada por el médico y las consecuencias que me sobrevendrían, por esos tiempos estaba ya viviendo en su casa por lo delicado de mi salud. Desde esa ocasión he estado aquí cinco veces, al principio se me hacía imposible de soportar, cuando me sentía mejor, este espacio y la vecindad y buscaba ponerme bien para salir allá donde podía comunicarme con los demás, con los míos, pasearme de repente por el parque para que alguien se acordara de mí y dijera allí va, pero con tantas idas y regresos, he encontrado ahora mi espacio aquí, cuando no puedo conversar con alguien lo hago conmigo mismo o busco el recuerdo y disfruto de todo lo que se puede disfrutar: el poder ayudar a los que están en peores condiciones que yo; incluso disfruto de las cosas absurdas como el reparto de las medicinas cada cuatro horas que pasa el enfermero, cuando las indicaciones del médico son cada hora o dos, pero ellos lo hacen de acuerdo a un plan de reparto que se han trazado, así que de acuerdo a su rutina reparten los medicamentos en porciones que estén en relación con su horario. Pero es la mujer vestida de blanco, la monja que hace de jefe de sala, la que más me impresiona, por ejemplo hoy es miércoles y vendrá Emilia trayéndome las noticias de allá afuera, cuando se haya ido serán las cinco de la tarde, y a esa hora ella entrará vestida con su uniforme blanco impecable para invitarnos al rezo y cantará el ave maría con esa linda voz que tiene y yo me desplazaré en uno de sus agudos y trazaré un círculo de tiza blanca y nadie podrá pasar una vez que lo haya terminado y comenzaré a explicar con rapidez verbal los beneficios de mi producto, mientras la muchedumbre me escuchará con atención, estupefacta, y en la noche se abrirá esa inmensa puerta de metal y la serrana Herminia descenderá con su bata transparente, lentamente, y recomenzaremos donde lo dejamos guardado la última vez.


TAREA: 
Lea el cuento "Alrededor del círculo" y conteste las siguientes preguntas: 


1.- ¿Cuáles son los ejes temáticos sobre los que se sustenta la historia? Explique y justifique con citas textuales.
2.-  Escriba una reflexión acerca del tema central del relato. 3.-  ¿Explique cómo realizaba el trabajo el vendedor ambulante?
4.- ¿Qué ha sucedido en Guayaquil con la desaparición de los vendedores ambulantes?
5.-¿Qué tipo de narrador tiene la historia? Escríbalo y señale su punto de vista.¿Quién es la mujer vestida de blanco y qué es lo que más admira de ella el protagonista
6.- Identifica 5 figuras literarias con sus correspondientes citas textuales.
7.- ¿Qué técnicas literarias utiliza el escritor para crear la historia "Alrededor del círculo"? 

viernes, 12 de febrero de 2010

HISTORIA DE UNA INMENSA CUERDA


Si no fuera por el carácter de mi mamá no tendría que andar buscando a Juanito, a escondidas, para que me preste la cuerda. Bueno, yo creo que está algo cambiada desde que mi papá se fue con la comadre Sara, la vi llorar mucho y pasarse algunos días sin comer. Que cómo era posible estando yo tan chica, era lo que más le repetía a mi papá, pero él no le hacía caso, ella me comprende le decía y siempre las discusiones en el dormitorio terminaban con un así es la vida que le decía mi papá y mi mamá salía furiosa y como si quisiera desquitárselas conmigo; esta chica que me hace peso me decía avalanzándoseme, y finalizaba diciendo si no fuera por ella. Pero ya no me preocupa mucho eso. Desde que conseguí la cuerda en la tienda de don Jacinto, guardando el dinero que me dieron para el cuaderno de dos líneas para mejorar la letra, porque mi profesora insistía en que mi letra era mala y que se lo iba a decir a mi mamá y mi mamá después no sabía que hacer para que no salte la cuerda, que estudie más y juegue menos me decía, hasta que un día me la arrancó gritándome que era una machona, pero Juanito es diferente, mi mamá sólo le decía ese pecoso porque tiene muchas manchitas en la cara, pero es bueno, yo a veces le hago otras con mi esferográfica y parece entonces a esos muñequitos de la televisión. Su mamá dice que es un sucio porque no se lava las manos antes de comer y que se va a enfermar y le pega y no lo deja salir, pero él es bueno, cuando supo que mi mamá me había quitado la cuerda me consiguió otra yo que sé de donde, pero ahora tengo que saltar a escondidas de mamá. Por eso dice mi prima Julia que la vida tiene sus problemas, desde que su novio se fue a Estados Unidos y no le escribe ni le manda los dólares que le había ofrecido, mi familia dice que eran algo más que enamorados y que la ha dejado burlada, que a lo mejor se ha conseguido otra por allá, yo no entiendo bien eso, pero mi prima siempre está triste y recostada en el sofá le gusta escuchar ese bolero que dice la soledad es pasajera, hasta se me ha quedado de tanto que lo repite, creo que una de las partes que más le gusta es la que dice que alguien vendrá y tú serás feliz, entonces enciendo un cigarrillo y la mirada parece que estuviera fuera del cuarto y una vez terminada la canción enciende la televisión, me ha dicho que le gustaría ver algo en que él regresa a los tiempos y se casa con ella, y a veces que sucede algo parecido en la telenovela mi tía la mira con mala cara y le dice ése es un hombre, pero a mí lo que más me interesa es la cuerda, cuando uno salta es como si el mundo cambiara, como si las cosas y las casas comenzaran a saltar conmigo, por eso quiero a Juanito y el otro día hasta soñé con él y se lo conté a mi mamá y me dijo que no eran sueños para mi edad y me amenazó con castigarme si volvía a soñar algo parecido, ese es el ejemplo de tu prima, gritó, y también le echó la culpa a mi papá, no me gusta que le diga sinvergüenza porque cuando viene es cariñoso conmigo y siempre me deja dinero y mi madrina Sara me da para los caramelos, como dice ella, pero me pide que no se lo diga a mi mamá, porque para ella es sólo esa puta desgraciada. Mejor no le hubiera dicho del sueño a mi mamá ni al padre Fernando porque él siempre tiene una mirada que no me gusta, sino que era obligatorio que todos los niños vayamos a confesarnos cuando termina el año escolar y mi mamá me dijo que no fuera a mentirle al padre y él me dijo que le contara todo y yo le dije el sueño de Juanito y entonces él se interesó mucho y me dijo que yo ya estaba grande, que me estaba haciendo mujercita, pero lo que no me gustó fue que me dijo cosas que yo no había soñado, porque en el sueño Juanito no me besaba ni me tocaba los senos ni las piernas, eso fue cosa del padre Fernando que estaba nervioso y colorado como si le hubiera subido toda la sangre a la cara, además los ojos como que se le iban a caer tratando de mirarme de pie a cabeza por la ventanilla del confesionario hasta que de pronto me pareció que su cabeza se iba a salir por aquella ventanilla y entonces le dije que sólo era un sueño, él volvió en sí, como que se recogió y me dijo que otra vez que tenga un sueño parecido se lo vaya a contar nomás. Creo que no voy a tener problemas en mi casa por esos tiempos, hoy día voy a jugar a la cuerda con Juanita y luego iré a casa de mi prima Irene porque a mi mamá le toca recibir a don Esteban, que dicen que es un buen hombre pero que tiene muchos hijos en algunas mujeres pero mi mamá dice que es para ella como un hermano y a mí me parece que sí porque cuando la visita le da muchos besos y me ha prometido hacer una bonita fiesta el próximo jueves que cumplo diez años.

Lee el cuento "Historia de una inmensa cuerda" y contesta las siguientes preguntas.

1.- ¿Cuál es el eje temático del relato "Historia de una inmensa cuerda". Explique y justifique con citas textuales.
2.- ¿Qué tipo de narrador tiene el relato? Escriba y justifique con un fragmento de la obra. ¿Qué función cumple el narrador en la obra?
3.- ¿Cuáles son los nudos o punto central de la historia?
4.- ¿Qué indicios nos ofrece la historia y hacia dónde apunta esta significación?
5.- Elabore un mapa conceptual con las secuencia de la historia.
6.- Escriba 5 figuras literarias utilizadas por el autor en el relato con su correspondiente cita textual.

Observa el video creado por estudiantes Segundo Bachillerato Sociales Z del IPAC
(Guayaquil - Ecuador)


sábado, 8 de agosto de 2009

RECOSTADO EN LA VIDRIERA, ESPERÁNDOTE

“El lenguaje sólo es posible porque cada locutor se plantea como sujeto, remitiéndose a sí mismo como “yo” en su discurso. De esta manera, “yo” plantea una persona completamente exterior a “mí”, la que se transforma en mi eco, al cual le digo tú y quien me dice “tú”.

(Emile Benveniste: Problemas de Lingüística General I)
(Cátulo / Troilo)

Aunque parezca extraño desde hace algunos días no he sentido temor alguno al subir al entarimado, aunque tampoco me puede explicar esta aprensión después de tanto tiempo. Debe ser la seguridad que me ha dado desde su llegada el viejo Raimundo, instalado en su bandoneón, cuando apenas se encienden las luces, da la impresión que el espectáculo hubiera comenzado desde hace mucho; es como preparar un bife todas las noches, me dice, vos decidís el término en que hay que dejarlo y seleccionás los ingredientes, el resto se lo deja a gusto del cliente, anque para decir verdad uno es el que decide sobre su gusto y él acepta como si hubiera elegido. Raimundo es un hombre que ha recorrido mucho, se ha paseado por casi toda sudamérica, y viene a apolillar aquí, nos dice una vez que el tango-bar ha cerrado y estamos cenando. Se lo podría llamar un hombre raro: sólo come a las cuatro de la madrugada cuando se levanta el espectáculo, se despierta a las doce del día y se mantiene a base de café hasta la cena de la madrugada.

Muchas veces he pensado que si tuviera diez años menos yo también pudiera emprender un recorrido que me satisfaciera o que por lo menos justifique el esfuerzo que tengo que hacer todas las noches soportando una clientela que si inicialmente es amante de este tipo de música, a partir de cierta hora viene gente a lo que llaman “el aterrizaje”: han cerrado otras barras y peñas y entonces acuden a ésta, y con lo borrachos que están confunden “El día que me quieras” con cualquier bolero de rocola, pero hay que tratarlos como a clientes, dice el propietario, porque son ellos los que tienen la posibilidad de hacer el gasto en un establecimiento como éste. Y es allí donde Raimundo juega un papel importante; instalado de lleno en su bandoneón asimila de manera increíble las peticiones que a esa hora los clientes hacen y cuando se le llena la paciencia a Silvino Rojas, el chileno que deja caer la tapa del piano en señal terminante de que la cosa no anda y entonces el propietario desde su mesa gesticula sin que parezca estar comunicando nada específicamente, pide un whisky doble, pellizca un pedazo de morcilla, los saloneros acuden prestos como si se tratara de una medicina, el propietario sorbe un trago de whisky como si lo hiciera con una taza de café caliente y se restrega los dedos debajo de la mesa; en ese momento, mirando al público de manera distante pero con cierto aire de amistad, Raimundo se yergue sobre su bandoneón y de repente está tocando “La muchacha del circo”, de Magaldi, y los conocedores comienzan a hacer coro, mira fijamente al pianista chileno y éste sin la menor oposición lo sigue, a mí me dice en voz baja cantala petizo que ésto recién a tener sentido, entonces cuando empiezo a articular “colgaba su cuerpo en el aire” y miro a Raimundo, siento como si algo me suspendiera, como si existieran hilos invisibles que me levantaran por sobre ese público que trata de hacer coro, frenético, los unos porque conocen la canción y la hacen suya y proyectan algunas de sus pasiones en ella, y los otros, que sin conocerla, hacen el coro como si fuera un carnaval, en especial en las partes más tristes, porque a esas horas de la madrugada la gente busca el disfrute en la tristeza. A momentos los oigo gritar al unísono cuando digo “yo soy la muchacha del circo”, y de entre las luces negras del salón aparecen rostros de mujeres avejantadas por los trasnoches y arrugas cubiertas con exceso de maquillaje y no sé entonces si me encuentro en un verdadero circo o muy cerca de la eternidad, pero sonríen de manera dubitativa como si se identificaran con la canción y al mismo tiempo se distancian de ella para no asumirla definitivamente. Cuando llego a la parte final y busco la modulación adecuada para decir “una pobre muchacha del circo buscando un aplauso la muerte encontró”, no solamente siento mi descenso a ese mundo terrenal que tengo enfrente sino que entre el público logro captar una exhalación profunda que trasciende una sensación de solidaridad con el personaje que trata la canción, en ese momento Raimundo efectúa un cierre agudo y elegante con su bandoneón, me mira algo sonriente como diciéndome que hemos ganado una importante batalla y el pianista chileno está agradeciendo al público con una prolongada genuflexión que pareciera haberla iniciado con la misma canción.

Podríamos imaginar otra cosa, pero lo que se ha terminado es sólo la actuación de una noche, porque a la siguiente volveremos a estar frente al mismo público y habrá necesidad de una nueva decisión para salir adelante. Pero, y quién tomará esa decisión, volverá a existir ese acuerdo tácito creado por el viejo Raimundo para que a través de una simple seña o acción que él emprenda sea asumida como una orden por quienes integramos el conjunto. Me pregunto también si estos gajes del oficio son los que a la sazón convierten a un hombre en artista: pasar de ser el intérprete o ejecutante de una melodía para transformarse en alguien que pueda controlar a una muchedumbre llamada público y de la que necesita su aceptación para poder vivir y esa posibilidad de control y euforia nos predispone, al mismo tiempo, a imaginar un recuerdo en cada melodía, a hacer nuestra una vida que aparece en el libreto de una canción o asimilar esa letra a algo que estuvo cerca de nosotros o que nunca lo estuvo, pero que nos lo apoderamos en cada momento de la interpretación y entonces es sólo nuestra: tiempo, lugares, personajes, no existen sino por la familiaridad que les hemos otorgado y ese sentimiento que comunicamos al público es el que muchas veces prima sobre cualquier otra cosa, incluida la letra misma, porque entre el público y nosotros se ha establecido una verdadera comunión que logramos controlar, él sigue nuestros movimientos, ríe, llora o se entristece de acuerdo a cómo le transmitamos ese sentimiento.

No podría decir con certeza la importancia que tiene una vida paralela al tango, lo que sí podría estar seguro es respecto al asidero que ha significado para mí la canción, y cuando digo la canción me siento extraviado en un laberitno entre la música y la vida: una mezcla de mujeres, espacios y melodías que ha sido una gran parte de la realidad en que me he podido sustentar. En cada ocasión de mi vida, en cada paso que he dado, en cada dificultad que he enfrentado he logrado salir adelante con la música, un pedazo de tango, algo de un valse o de una milonga han compensado para mí aquello que en lo cotidiano no he podido alcanzar. Sin embargo, sobre esa realidad creada por la música, ha tenido que levantarse o, mejor dicho, no he podido impedir que se levante lo común, entonces he sido también el ser normal, cumplidor de todas las obligaciones a las que se encuentra sometido como cualquiera, pero siempre me he preguntado por qué yo, por qué no he podido realizar mi vida de manera normal como los otros, sin tener que estar anteponiéndole situaciones creadas sobre las que en sí logra apoyarse lo que se llama realidad. Acaso ocurre también esto a otro tipo de cantantes (pasillos, boleros, ritmo) o es que ellos viven la actuación sólo al momento de ejecutar la canción al gusto del cliente y una vez terminada vuelven a ser los de antes o tal vez más, pugnan por terminar la canción para librarse del compromiso adquirido. A lo mejor en este momento estoy fingiendo ser filósofo y ponderando al tango como lo único existente y colocando en un sitial a sus cantores. En general siempre he creído que los cantantes somos como las prostitutas que se alquilan por un momento a los deseos del cliente, pero con la diferencia que luego cada quien regresa a su casa con residuos distintos. Quizás, cuando en una noche de jarana, un músico como una prostituta cuentan la historia que los lleva a realizar esa acción, uno los toma con algo de seriedad y un poco de tragedia por el calor de los tragos y la emoción de lo que relatan, pero luego sabe que sólo se trata de una interpretación, de lo contrario no les quedaría tanto llanto que enjugar ni tanta historia que contar y serían simples presas de su oficio.

En mi caso, siempre que estoy frente al micrófono y cuando los nervios iniciales han sido superados, se me produce una especie de maraña entre la letra de canción y lo que pude o deseé ser, pero es esto lo que me convierte o lo que me hace sentir algo más que el simple ejecutante de una melodía; por ejemplo, siempre que canto “Misa de Once”, me recuerdo de una chica llamada Sarita y la proyecto en mi imaginación como si de veras hubiera existido y la veo de dieciocho años, como dice la letra, con un vestigo blanco largo, y al otro lado estoy yo, con esos veinte años que dice la canción, y a medida que va transcurriendo, que se va agotando el tiempo del tango, siento un alejamiento de ese entonces y no sé si realmente existió o hubo una cosa parecida en mi vida, pero eso no tiene importancia, cierro los ojos para darle mayor énfasis a la parte que dice “yo ya no soy el de entonces”, y en ese momento hago una comparación de esa etapa que canto con mi vida que llamo real y los gestos que produzco son reales, están dentro de mí, forman parte de las relacione que mantuvimos con Sarita en ese tiempo y en ese espacio y cuando bajo los ojos me encuentro aquí, ahora, frente a un micrófono, delante de un público y con cincuenta y ocho años, pero eso no logra molestarme, por el contrario, me mantiene en dos épocas distintas, cosa que creo no le ocurre a muchos, por eso la noche en el café que anteriormente trabajaba, me presentaron a Olivares Mendoza, un veterinario argentino que conocía mucho de tango, yo trataba de hacerlo vivir cada fragmento de canción y quise llegar a Buenos Aires, que me la describiera de manera palpable, tan real como me la había imaginado o tal vez construido a través de las canciones, entonces recuerdo que entrada la madrugada y con algunos tragos en la cabeza, y cuando cantaba el tango “Sur” y él tarareaba o me hacía la segunda, esas segundas que se hacen para sentirse dentro de la cosa y que se interrumpen de pronto a causa de un agudo, le pregunté “Pompeya y más allá”, qué queda más allá de Pompeya, y me contestó con un gesto de resignación, más allá de Pompeya qué puede quedar, “la inundación”, che y regresé de ese largo viaje imaginario que había hecho para instalarme en la mesa de un bar que estaba cerrado y que sólo se mantenía por alguien que cantaba con insinuación, un guitarrista que bosteza y un argentino que se sentía agotado de secundarme y hacer de guía de una ciudad en la que yo había estado instalado durante toda mi presencia en el bar.

Pero no debo quejarme, ya que si la rutina del trabajo envejece a la gente, conmigo sucede lo contrario, a cada paso se lo ve más joven me dice el panadero del barrio cuando en la madrugada o en esos días que me quedo por alguna razón entrada la mañana de paso llevo el pan a la casa. Mi reducto familiar es diferente, mi mujer, la mujer que me acompaña desde hace veinte años en que me tuve que divorciar de la otra, cosa que no quiero recordar, jamás emite un gesto de disgusto aún cuando mi falta haya sido muy notoria, las dos chicas y el chico que ya son adolescentes, asumen a su padre como a un artista y no les molesta si llego tarde o al día siguiente, lo toman como parte de mi profesión, a Karina, la mayor, le apena verme agotado y algo enfermo y trata de mimarme a pesar de sus diecisiete años. En esas ocasiones de fuga que uno tiene, cuado se marcha intempestivametne de gira con sus compañeros artistas por los pueblos, simulando tener un contrato, cosa que ha durado hasta dos semanas, he pensado que lo que deseaba era desligarme de mi familia por lo menos cierto tiempo, pero cuando he estado lejos de ella me doy cuenta que no es ese el problema, que sigo llevando esa dualidad entre quien comparte de manera normal una familia y realiza una vida o, digamos mejor, agrupa una serie de elmentos vivenciales a través de una canción y no sabría cuál sería el resultado si una de las dos cosas dejara de estar con él. Por eso, desde aquella tarde en que las molestias al orinar se me agudizaron y sin embargo yo trataba de restarle importancia, se me insinuóo que fuera al médico y entonces éste me habló de la operación de la próstata y me dijo que sea pronto, mi vida ha dado un vuelco completo, no sólo por el temor a la muerte, ya que considero es algo que puedo asumirlo, sino por el temor a tener que dejar una de las dos cosas que comparto y que para mí conforman una sola: cómo podría imaginarme los recuerdos sin poderlos cantar, sin poder decir aquello que quiero que suceda o que deseo que haya sucedido y que yo lo puedo ordenar en el transcurso de una melodía, por eso he insistido en trabajar hasta el último y en estos tres días que me quedan voy a tratar de recuperar todo lo que a lo mejor pueda perder en esa operación, ahora está casi lleno el salón, pronto se encenderán las luces negras, el viejo Raimundo aparecerá como de costumbre instalado en su bandoneón y el chileno con su traje impacable en su bandoneón y el chileno con su traje impacable comenzará a hacer los primeros acordes, hasta eso yo me habré apurado este whisky que me dan como medicina antes de comenzar la función y empezaré cantando “Sur”, y volveré a sentir esas vivencias de otro espacio que es uno de mis privilegios y cada frase tendrá la interpretación que yo quiera darle, porque a lo mejor como dice el tango “recostado en la vidriera esperándote” sea yo mismo dentro del quirófano entre sábanas blancas, olor a cloroformo, hombres y mujeres que desfilan enmascarados, mientras las luces del salón se oscurecen.

Lee el cuento "Recostado en la vidriera, esperándote" y contesta las siguientes preguntas:

1.- ¿Cuáles son los ejes temáticos sobre los que se sustenta la historia? Explique y justifique con citas textuales.
2.- ¿Qué tipo de narrador tiene el cuento "Recostado en la vidriera esperándote"? Escríbalo y señale el punto de vista del narrador respecto de la historia.
3.- Los cuentos tienen inicio, nudo y desenlace. Indique el nudo o nudos centrales del relato.
4.- Analice el epígrafe introductorio al cuento. ¿Qué relación existe entre el epígrafe y el cuento?
5.- Cuáles son los puntos de vista del narrador respecto al tema de la música.
6.- Escribe 5 figuras literarias con sus correspondientes citas textuales.